Entre nosotros, (cuando digo nosotros me refiero a los forzudos de mi pueblo natal, Juan de Acosta), Vicente “el Boquín”, quien se ordeñaba cuarenta vacas sin ayuda de nadie; compae Chicho; Álvaro Pacheco; el Negro Elías; Cayetano Hernández; Martín Yuca Asá; Manuel Jiménez; “Royete”, “Chanato”; Miguel Esquea; Polo Rocha; “el Negro Valiente”; José Santos; “Mogolla”; “el Varón de las Flores”; Siméon Molina… es posible haya otros, tienen a su nombre comentarios e historias referentes… Por igual, entre forzudos que subían y bajaban pesados bultos y cajas de gran tamaño en los camiones de carga, también tuvimos, entre otros, a “José Carracho”; Diego; Luis Vicente; Geño el de Concha Luca; Wilfrido, el saquero; Facundito…y que disculpen los no recordados… En los pupitres de estudios primarios que me tocara vivir, pulseaban por su parte, terminando en pelea segura todas las apuestas, Chema Pérez (+) contra el hijo de “el Negro Pérez”; Lucas Coronell, contra Mariano Molinares; Luis Arévalo (+) “Mojoncito”, contra Carlos Barraza, uno de los Barraza que cuidaban la finca de don Hernando por los lados de El Vivero; Oscar Viloria contra Vicente de la Torre (+) “Burroe’plomo”…, recuerdo así también que en una escuela de alfabetización nocturna que dirigía Marceliano el de “la Niña Ramona”, en el garaje de la casa cural, pulseaban los mellos de Joselito; Napoléon y Belisario, contra Eduardo “el Merocho” Echeverría; “ Chanato”contra Virgilio, el hermano de “Mamonazo”, y el árbitro de todas estas competencias era el Viejo Rome (Romelio Padilla +), todo esto a espaldas del profesor y mientras él le echaba aire a una lámpara de gasolina marca “Optimus” que siempre tenía la caperuza rota, a la que le adaptaron un tubo que no era un tubo sino un cilindro de angeo algo roto y por donde Romelio, soplando la caperuza, la tumbaba para que esa noche no hubiera clase…Y de entre ellos, se decía que, apretándola contra los dedos, “Chanato” salvajemente doblaba una moneda de diez centavos sacándole la lengua al indio Calarcá que en una de las caras de la metálica pieza venía grabado… Para esa misma época, la de los pulseadores y forzudos, un día cualquiera de mayo, portando una pequeña maleta de cuero de babilla, al restaurante de Josefa, ubicado en la Calle del Repaso, sin camisa, con un pantalón negro ceñido al cuerpo y ajustado con una correa de cuatro dedos de ancho y una hebilla de bronce en forma de herradura; calzando botas de tacón tejano, luciendo gruesas manillas en las muñecas y un cordón negro con un filoso colmillo de fiera antigua colgado al cuello; de larga cabellera rubia amarrada con una cinta a la manera de una cola de caballo y con un rostro de gitano vagabundo y de ojos verdes, entró el “León Americano”; traía hambre, era un león con hambre que traía un hambre vieja de viajero de largo camino que, por la sapiencia de su nariz, sabía dónde vendían comida bien hecha y barata. El visitante tenía en la cuadrada espalda y en sus gruesos y potentes brazos unas tremendas cicatrices que le relumbraban. Los asistentes le miraban asombrados y fue por ello que sin preguntarle nada nadie, para satisfacer la curiosidad de todos, con voz fuerte el visitante dijo: -No crean que son de gatos. Son zarpazos de tigres, de leones y osos. Bestias poderosas. Soy “el León Americano”, hombre de circo, luchador y pulsador profesional por más de cuarenta años. Ahora tengo mi espectáculo propio y actúo solo. Voy de pueblo en pueblo y hoy me presentó aquí. Por favor, que me sirvan ya cinco platos de mondongo antes de que en verdad ruja y me coma a alguno de ustedes vivo. Frente a nosotros estaba el famoso “León Americano”, de él se oía hablar porque salía en la prensa retratado promocionado épicos combates de leyenda y de farándula contra su eterno rival el negro chocoano “Sansón Murillo” y contra “el Profesor Nakayoma” -He viajado por todo el mundo- continuó diciendo- doblo cualquier objeto de metal templado, y he cargado peñones de cualquier tamaño. Al borde de este monólogo, servidos por Josefa los cinco platos de humeante mondongo, el “León Americano” había devorado ya tres sin parar e iba para el cuarto y al parecer pediría dos más. -Crecí en el circo- continuó- a los 12 años y medio, siendo yo la figura del espectáculo, le fracturé una pata a un oso de la carpa cuando entre los dos nos dimos un abrazo de muerte…La verdad, crecí entre aceradas garras, no conozco el dolor, domino el cansancio y llevo en mis narices el vaho de la tragedia.
Al terminar de engullirse el último plato de mondongo, el “León Americano” se puso de pie. Ahora le conocíamos de cuerpo entero; era alto, fornido, extraordinariamente corpulento y macizo. Un hombre a quien, seguro, la mamá le crió con dos lecheras tetas más alquiladas cuando niño. Para mí era como uno de esos personajes salidos de las radionovelas de aventuras que daban en Emisoras Riomar del Circuito Todelar de Colombia, pero de viaje corto entre nosotros y sin rival posible que le buscara reyerta. Con cara de regocijo, luego de eructar tres veces y beberse sin respirar seis vasos de agua de panela con hielo como sobremesa, el “León Americano” dijo a los concurrentes en el sitio: -Quiero hacerles una pública demostración de mis fuerzas. - y preguntó: ¿Dónde hay aquí alguien que quiera pulsear conmigo? La gente pensó en cualquiera de los pulsadores locales; pero ante aquel hombre revestido de gigante, con el rabo entre las piernas, nadie dijo nada. -Si no hay ninguno, llévenme donde exista una piedra gigante, la cargo y la llevo hasta donde ustedes quieran y la vuelvo a colocar donde estaba- propuso el forzudo. Seguido ahora de una desconfiada multitud, minutos después, el “León Americano” fue llevado hasta la esquina de la casa del viejo Santos Tusa, allí , en efecto, semienterrada había una roca grande de los tiempos de la colonia, era alargada y, según los conocedores, tenía algo así como 17 arrobas de peso. El “León Americano”, miró la piedra de lado a lado. Era una gigante peña que la naturaleza, por esas cosas inexplicables de ella misma, dejó allí hacía ya siglos, y era también, la misma, lugar y referencia para encuentro de amigos que, de tarde, sentados encima de ella, sobre cualquier cosa conversaban para no aburrirse cubiertos de muerte… Y he aquí que, de pronto, tuvo lugar la pavorosa realidad. El musculoso tipo la agarró por un lado, luego por el otro, se agachó un poco y contra el pecho, luego de tres sonoros peos, se la llevó de un jalón. La realidad era más grande que la evidencia. Aferrado a la roca, aquel hombre, paso a paso, sobreviviendo al recorrido entre pujidos, sin un hueso roto colocó la inmensa piedra en mitad de la plaza. Se sacudió las manos. Entró como si nada a la cantina de “la Niña Sara” y se bebió cuatro Coca Colas seguidas para el sofoco. Y sin olvidar la tarea, dando media vuelta, de repetición y con la multitud detrás, llevo la piedra a su lugar. -Eso no es na. Eso también lo hace Compa Chicho-consideró incrédulo “el Churre, ante la mirada de reproche de los presentes. El “León Americano”, deshumanizado por lo que oyó, respondió. -Tráiganlo y que yo lo vea. Y el corto rato de consustancial discusión terminó cuando “Carlos Chillo”, uno de los presentes, asomado a la realidad de las cosas, entendiendo que lo hecho por el gigante forastero estaba fuera de todo ámbito, dijo: -Sí, cómo no. Espéralo. Será marica compae Chicho de vení a cargá esa piedra pa’ herniase una tripa”…
Debo decir que en verdad, Chicho, ni por allí se asomó. Enviado por Walter Pimienta |