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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Elogio a la troja o troje

Cuentos y relatos globales. 30.09.18 
*¡Paciencia! La troja aguarda la presencia del grano que vendrá extraviado por el viento…
Escribe; Walter E.  Pimienta Jiménez..-
En  mi  pueblo  decimos  troja a ese ¡pequeño granero” construido en  los  campos o  patios,  cerca  de  las casas o  ranchos de  habitación y que  se  utiliza  para entrojar o   guardar allí  las  cosechas y  otras cosas (¿?)…
No  se  concibe la  vida de  la  gente  de  campo sin la  necesaria  y  útil  existencia  de  la  troja, depósito de productos  agrícolas donde, por  lo  regular,  en  un  mullido nido de  cascarones,  tusas, mazorcas de  maíz  y  millo, cerrando  y  abriendo los ojos y  empojando un  poco  su  plumaje, las  tiernas gallinas ponen sus  huevos.
La troja nuestra es lo que en las granjas de los gringos de campo se llama granero.
Nuestra  troja es un  rincón de  riqueza cuando las  cosechas han  sido benignas y  generosas… y  especie  de  hangar de extrema pobreza en el  extremo  en  que la  producción  y  el  rendimiento  del campo no  alberga  en ellas ni  un  grano en el  asombro de  convertirse  más  bien en “hogar de  ratones” que abren  allí  “una  ciudadela” sin  importarles la  existencia del  gato que  contra  ellos, aburrido, agotó sus  juegos  de  muerte en el salto desagradable de que el último que se  comió, por  problemas  digestivos, le  cayó  mal y  lo  vomitó vivo para gloria de   la  ratonera que “aplaudiendo alegre”,  entre virutas, picaduras de  trapo  y  de  papel,  olvido de semillas, plumas  de  gallina e  hilos increíbles,  en  gavilla o barra se  burlan  de  él  y  le  corean: ¡Qué  se  joda! ¡Qué se joda! ¡Qué se joda!...
La  puerta  de  la  troja  es  una semi puerta, especie de escotilla por  donde caben, al  entrar  y  al  salir, los enormes sacos de  la  abundancia vueltos  “granos  de  oro,  de plata,  de níquel,  de cobre”…y  estos, a su  vez también,   vueltos moneda  acuñada  y troquelada en  el  yunque del  trabajo honesto,  medidos en las  bolsas del  mercado  bursátil,  se  convierten en  billetes de  diferente valor,  con  olor  a nuevo;   de  distintos  colores: verdes, azules, anaranjados y  violetas, impresos con los sellos de  todos los bancos y  gobiernos y que, como  imprimidos  por  Dios en el cielo, ordenados  de  mayor  a  menor,  son  la paga del  sudor por  los desvelos de una cosecha que  resistió a  los  gusanos,  al  severo  verano, al  implacable  invierno y a  los  ladrones… dinero que  toca guardar con  celo en  lugar fiable y   seguro porque, o se lo llevan  los  maleantes o los ratones se  lo comen…
La  troja es  sitio de  asombro por lo  mucho  o poco que  almacena; recoveco  y  cobijo de lo que  rentan  las  manos  trabajadoras,  lugar  fresco donde los  alegres cucaracheros  conciben estratégicos nidos de armonía  afinando cantos  de  calma  y  paz…
A veces he  ido a ranchos donde echando  una desconsolada mirada a  lo que  fuera riqueza  y  abundancia,  observo que la  troja  está caída de medio lado o  se  ha  venido  por  completo  al  suelo pues  su  dueño,  golpeado por  los  malos  vientos  del  infortunio,  como  un  mal  recuerdo,  la dejó  allí  abandonada… En  otros, en  cambio,  he  visto  trojas poderosas, a las  que  no  cabe más  una mazorca y  en  las  cuales   su  dueño,  con  esfuerzo, atollado hasta  la  cintura en la  recolección,  sube  a  la  cima y  allí se sienta como si fuesen  las  mazorcas  de maíz  su trono dorado,  silla de  su  permanencia,  estrado de  su  mandar,  asiento de ministro al  que las gallinas hambrientas  acuden y hacen su reverencia para, imperturbables y  cortesanas,  dejarle allí,  al  anuncio escandaloso de  sus  cacareos, un  huevo  de  oro…
…Pero  conozco asimismo  de  trojas  vacías,  esperando cosechas,  y  que  con  pesar  enorme son  madriguera de  ratones que hacen de ellas “su  palacio de  cristal” con  un  letrero que  dice: “Prohibido  entrar”…y es  en ese  momento  cuando, ganada  la  primera  mazorca de  maíz o  millo, una  comisión de  notables con  gatos,  “tiene  que  ir a  hablar con ellos” para  que,  bajo  enérgicas  palabras “instrumentadas” con  palos  y  escobas, estos abandones en  carrera el  lugar tras  el  anuncio de un  veneno suicida y  potente que  les  convertirá en escoria de  ratones…
En  un mundo donde  las gallinas fuesen como  las  mujeres, estas   harían de  las  trojas llenas  algo  especial, algo  así como  un  salón de modas y de  belleza, con pulidos  espejos, perfumado  con  flores  de  monte, recinto de retoques,  de cosméticos, polvos,  coloretes y pinta picos  que  “aumentarían  sus   lindezas” para coquetearle  al  gallo complicado entre  eléctricos “polvos de  gallo”,  de gallo  incansable, casi mecánico y resistente a  todo un  gallinero  que  para  eso  tiene de  sobra buen  maíz  y millo  en  la  troja…
En  el  otro  extremo del  uso de  la  troja,  se  guardan  en  ella diligentes  calabazos donde  con  ceniza de   la  hornilla y con  fe,  se preservan las semillas  de   la siembra y,  en  enormes cajas  de  rustica  madera, los aperos y  arneses  de  las  bestias o  se cuelgan  sombreros viejos y  rotos para  medio  sol…un  cuajo  de  vaca seco que,  guindado  por  ahí, la  leche  convierte  en fresco  queso  y  mantequilla.  Se  tiene   igualmente  en  la  troja,  atados  en  su  conjunto, los secos  y  benditos  ramos de  olivo  de  la  Semana Santa, prestos a parar  con  rezos  y  jaculatorias, truenos, rayos y  tormentas… La troja, sendero corto entre ella y la cocina; la troja, aposento de copiosa vida…
De  la  abundancia  de las  mesas, responden las  trojas llenas por  un abuelo héroe y  quistado, autor de  colectas de  maíz  y  millo  siguiendo a  Bristol  para  bien y provecho de  la  humanidad. Bristol,  ciencia  exacta en  su predecir de  lluvias y  veranos,  oráculo que  se quedó  con ellos bajo  la almohada de  sus  sueños hechos  verdad porque lo  dijo  Bristol y  Bristol es  Bristol según  ellos  y  punto…
La  troja,  último lugar del  rancho donde se buscaban  las cosas que  poseían espíritu  perdible animadas  por  los gnomos burlones  del  monte…y  que  allí,  en  la  troja, sin  equívocos  se encontraban en el  goce expresivo de  un: “Aquí  está…no  lo  busquen más.  Ya lo encontré”.
Es  por  eso  que  con  regocijo de  triunfo,  la  historia cuenta que alrededor de  la  troja,  en  cada  vendimia y  gozando  de ella, los  campesinos otrora hacían fiesta con danzantes, hombres y  mujeres felices  con  bulla y  alboroto de tambores jamás  resignados a guardar silencio…
…Y  entonces acude  a mí  el  remoto  recuerdo  de  una tarde y,  en tiempo  presente  que  a su  vez  es  pasado, llevado  por  el  recuerdo, haciéndome  niño, a escondidas creo que  entro  hoy a  la  troja de  mi linaje y que en una  esquina  de esta rezo una  corta oración para me  volverá  invisible,  y allí me  quedo sin  que encuentren y  así cogerme, por  derecho de parentela, el  último huevo  de  oro que  ponga su  adormilada  gallina negra…

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