
Acabó su jornada laboral y Juan salió disparado hacia casa. Era 31 de octubre y debía preparar todo esa misma tarde. Ana esperaba su llegada envuelta en una extraña mezcla de alegría y tristeza a la vez. Se trataba del primer año y jamás imaginaron que este día tuviese lugar, pero Dios así lo quiso y debían de preparar el altar con las ofrendas de bienvenida en honor de su querido Adrián.
Nada más llegar, se fundieron en un profundo y amargo beso y sin mediar palabra, se dirigieron a la habitación azul, el color preferido de Adrián, Juan permanecía frente al altar, perfectamente decorado con flores de cempasúchil, mientras Ana le entregaba uno a uno los objetos elegidos para la ocasión.
Pasta con tomate, batido de cacao, naranjas, calaveritas de dulce, así uno a uno pasaban las ofrendas de las manos de ella a las de él, con parsimonia y en silencio, ya solo quedaba el juguete preferido, su destartalado coche de bomberos.