
Me levanto como cada mañana, con el miedo de volver a encontrarme con él, ya está aquí, ya lo tengo frente a mí, me quedo aterrorizado, inmóvil, incapaz de gesticular o emitir un simple sonido.
Su rostro cruel me produce pánico, imposible desviar mi mirada de la suya, en ella existe una mezcla de rabia y pena a la vez, “aliñada con un buen chorro” de sinceridad.
Abre su boca y comienza a lanzar palabras como dardos envenenados, todos ellos tienen un único destino, mi corazón, van cargados de una dosis letal de “lucha y valor”.
Sonríe creyéndose victorioso pues ha logrado un pleno total, todos han acertado en el centro de la diana.
De repente mi mujer aparece en el cuarto de baño y pregunta: