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Tu diario. Libertad de expresion

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Cambiar de opinión no es fácil
Francisco Miguel Gómez. 16.09.18 
Pero, como excepción que confirma la regla, os explico mi cambio de opinión sobre el uso del referéndum en la democracia.
Este cambio, aunque lo exprese aquí con unas pocas líneas, es fruto de varios años de lectura del desarrollo político en España y el extranjero. En resumen, no se trata de un cambio súbito.
La razón por la cual no se le pregunta más a menudo al pueblo cuando una nueva política se pone en funcionamiento no es difícil de dilucidar. Sencillamente, no es práctico, y es caro, muy caro. En cada legislatura, cientos de nuevas normas se aprueban en el parlamento: si cada una tuviera que ser consultada al pueblo, no habría tiempo de aprobarlas al ritmo que el desarrollo y el progreso de la sociedad las necesita.
Pero hay algo que he continuado preguntándome durante años, y es que hay algunas pocas (aunque importantes) áreas acerca de las cuales se le podría preguntar al pueblo con más frecuencia. Una de las razones por las que hacer un referéndum es una buena opción es la posibilidad de evitar lo que precisamente muchos partidos políticos practican: les dan publicidad a dos o tres políticas para convencer a la población, pero luego usan su mayoría para introducir otras políticas que se ajustan a su filosofía, no necesariamente a sus votantes, que fueron usados para alzarse con el poder.
A pesar de todo esto, he cambiado de opinión. Y no ha sido fácil, pero a veces tienes que aceptar que has perdido una batalla, y esta la perdí. La perdí doblemente, primero porque perdí un referéndum en el que tuve la oportunidad de hacer campaña, pero se me impidió votar; y segundo, porque me hizo cambiar de perspectiva en una de esas materias cuyo razonamiento crees resuelto de forma indefinida, una de esas áreas de conocimiento que tienes tan arraigadas que incluso te atreves a usar como base para edificar nuevas hipótesis en el entendimiento de la sociedad.

Perdí. Y parece ser que soy mal perdedor. O al menos eso dicen los que la ganaron. Y aunque todavía pienso que la decisión incorrecta salió adelante, el mayor problema (que no el único) es que no hay recurso a esta. He aquí una breve explicación de los problemas que este y otros referéndums acarrean.

El Momento

Un referéndum es una consulta a la población sobre una cuestión coyuntural, con todo lo que ello conlleva, que no es poco.

Pongamos como ejemplo la propuesta al pueblo de un referéndum sobre la reinstauración de la pena de muerte. Si se hubiera llevado a cabo el día siguiente al atentado terrorista de Madrid, estoy seguro de que una gran parte de la población habría votado a favor de esta medida. No obstante, si cambiamos la fecha al día en que se descubrieron los documentos que corroboraron la muerte de García Lorca por fusilamiento, la opinión pública hubiera sido diferente.
Es posible determinar la fecha de un referéndum, pero es imposible evitar hechos puntuales capaces de influir en la opinión pública. (Quizá algún día escriba sobre los problemas que conlleva la legalización de la pena capital.)

Muchos recordamos las circunstancias del atentado al que me refiero en el año 2004 y los hechos inmediatamente posteriores a este. El gobierno de entonces mantuvo hasta el día de las elecciones (tres días después del atentado) que la organización terrorista ETA estaba detrás de tamaña masacre. En este caso, el electorado no tardó en entender que la organización responsable tenía conexión con la invasión que se había llevado a cabo en Irak el año anterior, y que el gobierno apoyó. La consecuencia, para bien o para mal, fue el cambio de gobierno: el electorado percibió el engaño, fuera este intencionado o no.

Estos hechos puntuales pueden causar daños importantes en una sociedad democrática, pero este daño tiene sus límites: las elecciones generales ocurren con cierta regularidad, de modo que incluso aquellos que creen haber cometido un error en su voto tienen la oportunidad de cambiar de dirección en unos pocos años.

Segundos referéndums

El problema del referéndum es que no hay una segunda oportunidad. Una vez que el resultado de un referéndum ha sido publicado, cualquier intento de hacer la consulta al pueblo por segunda vez será percibida como un fraude. Incluso si una gran mayoría manifestara su descontento con el resultado, siempre habrá un porcentaje de votantes a los que la sociedad habrá tratado injustamente.
Además, si ofrecemos un segundo referéndum y obtenemos un resultado distinto al anterior, tendríamos que justificar por qué le damos más valor al resultado de esta segunda consulta. ¿No sería más justo ofrecer un tercer referéndum? Pero, entonces, ¿no serían cinco referéndums más democráticos que tres?

Los referéndums no pueden ofrecerse a intervalos regulares, como se hace con las elecciones, por tres motivos: primero, porque si hacemos esto con cualquier referéndum, en unas décadas tendremos más referéndums que días tiene el año. Segundo, porque estos frecuentemente marcan el inicio de una dirección que la sociedad toma; girar en dirección contraria a intervalos regulares cada quinquenio sería hacerle un flaco favor al progreso de cualquier pueblo. Y, tercero, porque, como he dicho antes, estos son caros, muy caros.

La polarización

¿Te acuerdas de los tres últimos anuncios que viste en televisión o escuchaste en la radio? ¿No? Bueno, pues yo tampoco. De alguna manera (y perdonen mi intrusismo en el mundo de la psicología), nuestro cerebro tiene la capacidad de llenar las lagunas de la memoria cuando un acontecimiento no se recuerda en su totalidad. Pero no solo eso: este fenómeno tiende a resolver conflictos, si es que estos aparecen. Me explico: cuando un individuo ha invertido emocionalmente en una filosofía o modo de pensar, usará diferentes explicaciones para justificar y reforzar sus convicciones cuando nuevas pruebas contradicen la idea inicial.

Como ejemplo mencionaré a aquellos que estaban en favor del Brexit en el año 2016. Personalidades como el entonces secretario de Estado para la salida de la Unión Europea, David Davies, describieron este proceso como positivo e inmediato en todos los aspectos posibles: “There will be no downside to Brexit, only a considerable upside” (No habrá desventajas con el Brexit, solo ventajas).
En julio de 2018, sin embargo, otro firme defensor del Brexit del mismo partido, el diputado Jacob Rees-Mogg, insinuaba en una entrevista que las consecuencias económicas del Brexit tardarían “mucho tiempo” en notarse y que las oportunidades que el Brexit ofrece se verían “durante los próximos cincuenta años”.

Objetivamente, cambiar de opinión parecería la respuesta obvia para resolver esta paradoja. Sin embargo, y después de haber invertido años en “vender” el Brexit a los demás y así mismos, es más fácil asumir que estos probables beneficios indefinidos no se verán de inmediato (si es que se llegan a ver) que admitir un error.  

El lenguaje

Todavía, dos años después del referéndum, hay personas que interpretan la pregunta de diferente manera:

 “Should the United Kingdom remain a member of the European Union or leave the European Union?” (¿Debería el Reino Unido continuar siendo miembro de la Unión Europea?).

Se trata de una pregunta sencilla, ¿verdad? Bueno, pues en realidad no lo es: países como Suiza o Noruega están obligados a incluir en su legislatura regulaciones aprobadas en Bruselas para poder acceder a importantes beneficios de las instituciones europeas, pero no son miembros de la Unión. Por otra parte, los partidarios del Brexit utilizaban durante la campaña el eslogan “Take back control” (retoma el control), aludiendo a que uno de los más importantes motivos para dejar la Unión era no tener que aplicar normas aprobadas fuera del parlamento británico. Una parte importante de la población exige seguir accediendo a aquellos beneficios porque entienden que la pregunta del referéndum no especificaba abandonar todas y cada una de las instituciones regidas por la Unión Europea. Otra parte argumenta que continuar con estos lazos representa una traición al electorado.

En mi opinión, no debería haberse hecho un referéndum para el Brexit, por todo lo que aquí describo, pero, especialmente, porque se trata de una pregunta muy compleja. Las preguntas complejas, aquellas que pueden tener importantes repercusiones para nuestra sociedad, deberían dejarse en manos de nuestros representantes electos, esto es, los individuos en los que el pueblo ha depositado su confianza. Estos representantes poseen (o, al menos, esta debería ser la base de nuestra elección) las herramientas necesarias para trabajar en nuestro interés.

La democracia directa, el referéndum, es posiblemente una herramienta útil para preguntas simples, si es que las preguntas simples existen en política. Pero, si son simples, ¿es realmente necesario organizar un referéndum para encontrar la respuesta?
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