Para que luego digan que esta vida es aburrida. Mis primeros pasos cada mañana me llevan de la cama al ordenador y de ahí a las noticias y novedades de cada día, entre ellos la bandeja de correo ávida de nuevos mensajes. Cuál será mi sorpresa cuando entre las diversas informaciones destaca la de un padre que ha llevado a su hijo de diez años a correr los Sanfermines. Esto merece una reflexión tanto a mí como profesional, como al resto de la sociedad. Cada día crecen el número de solicitudes de personas que desean adoptar un hijo, problemas de fertilidad, familias monoparelantes, parejas homosexuales. Somos conscientes de los arduos requisitos que estas personas tienen que cumplir para que, después de tiempo y dinero invertidos, puedan tener en casa a ese hijo que deseaban por diversos motivos. Para el resto, concebir se presenta tan sencillo como pasar una noche de pasión con alguien del sexo opuesto, se entiende. ¿Quién determina que esas personas sean aptas para ocuparse de su descendencia?
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La noticia nos ofrecía el caso de este padre que ponía a su hijo ante los cabestros, pero es sólo un ejemplo que sale a relucir de los muchos que día a día podemos ver. Me remito unas semanas atrás, en una playa malagueña, una pandilla de jóvenes que venían con un niño de unos dos añitos y medio. Lo dejaron tal y como vino al mundo, ni crema protectora traían para el chiquillo. Cuestión que no dudaron en solucionar pidiéndosela a una de las familias que pasaban la jornada frente al mar. A lo largo de la tarde muchas fueron las escenas en las que pude ser testigo de lo fácil que es concebir un hijo, pero lo difícil que es encargarse de ellos para aquellos que ni se lo han planteado. Ni agua, ni comida, sino tan sólo malas palabras para un niño que se criará, como se dice, “buscándose la vida”.
Pensar que nuestros progenitores son los responsables plenos de nuestro devenir es mucho decir, pero lo que es cierto es que ser padre o ser madre no sólo tiene que ver con la situación biológica, sino con una función psíquica y social encaminada a traer a este mundo de humanos a un nuevo humano. Tal vez son hechos casuales los de ese padre o estos jóvenes y los de muchos otros que algún grito le dan a sus hijos o algún descuido tienen con ellos, pero más allá de las anécdotas se encubre una cuestión social. Nadie nace humano, dependemos de otros humanos para entrar en el lenguaje y en la civilización, todo lo aprendemos, nada nos es previamente dado, por ello padres, educadores y todos en general, debemos ocuparnos de nuestra medida de responsabilidad en la transmisión de valores adecuados de civismo, cultura y hasta imaginación.
El ser humano que somos se caracteriza porque no tiene sus límites definidos, tan sólo la muerte pone punto y final, aparte de ello, sin alas hemos conseguido volar, comunicarnos en la distancia, transmitir sentimientos a través de un papel, tan simple, como este. El ser humano, digo, puede todo lo mejor y todo lo peor, tal vez una decisión pueda hacernos dar un paso al frente y asumir nuestras equivocaciones para algún día poder hacer las cosas bien.
Helena Trujillo Luque Psicoanalista de la Escuela Grupo Cero Telf. 952 39 21 65 www.htpsicoanalisis.com |