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¿Acuérdate? | | Pedro Biedma. 24.08.18 | | Disponía de todos los elementos necesarios para tratarse de un capítulo escrito por un guionista malvado que se repetía noche tras noche, a Francisco le había asignado el papel de protagonista sufridor.Volvían a ser las tres y cinco de la madrugada y por fin lograba escapar de esa horrible pesadilla, su cuerpo se encontraba inmerso en un caudaloso río de sudor gélido y pegajoso y gélido, su corazón parecía haber optado por escapar de su lugar original y palpitar otros mundos a su antojo. Observó el reloj con la intención de verificar la hora, como si de un adivino se tratará, acertó, la misma hora y minutos de las últimas madrugadas, eso le tranquilizó, se giró hacia el otro lado de la cama, sin hacer ruido y lo confirmó, allí se hallaba su mujer, como siempre, sumida en un sueño profundo y a su lado. Con sumo cuidado para no despertarla le depositó un suave beso en la frente y la cubrió perfectamente con la sábana hasta alcanzar el cuello, aunque luego ella volvería a destaparse como siempre hacía, esa noche era bastante fría. | De nuevo se había reproducido la misma pesadilla, seguramente provocada por el miedo insuperable a perder algún día a su amada Ana, los dos rondaban ya los 70 años y el tiempo no perdona. Sin más y con la tranquilidad de tener a su esposa junto a él, volvió a colocarse en su posición preferida y descansó plácidamente hasta que la visita inoportuna de la alarma de su reloj le avisó que debía levantarse. Una vez vestido y bañado en colonia, como a él le gustaba, se dirigió a la cocina, saludó con un afectuoso beso en la mejilla a su hija y se dispuso a tomar su vaso de leche caliente con galletas, como solía hacer todas las mañanas, el médico le obligó a abandonar el café hace años. Una vez acabado el reparador desayuno, se deshizo de las zapatillas de andar por casa y se calzó sus cómodos zapatos, ya estaba listo para comenzar su paseo diario, antes de salir de casa, se despidió de su hija con otro afectuoso beso y ella le dijo: • -¡Papá!, acuérdate de lo que te decía mamá, abrígate y no fumes mucho, no tardes. El se despidió con gesto contrariado, cerró la puerta de un fuerte golpe y murmuró: • -¿Acuérdate?, ¿acuérdate?, esta hija mía cada vez tiene peor la cabeza, al final no vamos a tener más remedio que llevarla al médico, ¿acuérdate?, ¡por Dios!, ¡ni que tú te hubieses muerto! Y siguió caminando con su brazo izquierdo alzado hasta la altura del corazón y en forma de jarra, igual que hacía todas las mañanas cuándo paseaba agarrado del brazo derecho de su amada y ya fallecida esposa. El amor verdadero es eterno y esa persona siempre permanecerá a nuestro lado aunque los demás sean incapaces de verla.
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