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Seamos francos | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 18.08.18 | |  Todavía no sabemos si fue un dolor, una total pasión, un “via crucis” o una mala jugada de la diosa Fortuna, que España se viera involucrada en una incultura tan enciclopédica. Siendo francos (que no franceses) tenemos que reconocer que no tenemos tan buena suerte con haber estado en manos de un régimen dictatorial, amén de vengativo. Muchas veces nuestras mentes no alcanzan a comprender cómo una figura como Franco pudo “reinar” en estas valdías tierras, de suyo tan incultas, porque “un fresco general procedente de Galicia reinaba en toda España”. Si don Antonio Vallejo-Nájera estuvo tras los pasos del “gen rojo”, nos parece que equivocó la carrera. Además, con haberlo descubierto no habría terminado con los problemas, porque “muerto el gen, no se acaba el genotipo”, ya que los genes han podido multiplicarse silenciosamente y burlar alguna que otra pesquisa. Hace tiempo pudimos leer en un periódico un comentario que explicaba cómo al Doctor se le había escapado un ejemplar único en su clase, como era la figura de Franco, ya que era una persona que podía estar resentida por el trato de sus compañeros de Academia Militar que lo llamaban “el Niño”. Puede ser que el apelativo le fuera impuesto por su juventud, por su estatura, por su voz o por algo más personal. Aquí hubiera tenido material para una verdadera investigación psicológica, dedicándose a estudiar algo tan fácil y tan a mano como la figura (que no el figura, para no hacer chistes descalificatorios, como es la costumbre de la política tan nacional) de Franco, que también podría estar resentido por los dicterios que le propinaba su propio padre. | Lo cierto, siendo francos, es que tenemos que reconocer que el Generalísimo le tuviera cierto “respeto” a la libertad, la de todos, y que, por ello, se apropió de todas las libertades, en un alijo personal que dispuso a su antojo. Es más, por otro lado, tenemos que admitir humildemente que, cuando se está dentro de un tubo, francamente no se pueden tener criterios como para criticar una situación, que está herméticamente controlada y lo decimos nosotros que, por entonces, le cantamos al Generlísimo el “Gaudeamus igitur” y el “Te Deum” en la Iglesia de San José Obrero de Carranque. También algún que otro Prelado nos habló de Franco como de “un enviado de Dios”, quizá sin más datos que los que cantaban en las monedas de “curso legal” contándonos aquello de “por la gracia de Dios”, que, sin desmerecer, fue material de algunos chistes en su época. Siendo francos, con los años y no pocos estudios, la inteligencia se nos revela como agente de conocimentos, que se salen de cauces demasiado trillados y cómodos para poder recabar más información y admitir que “el pueblo no acaba en el olivar”, porque todavía hay más mundo. Siempre recordaremos aquella primera clase de Ética que un sacerdote nos dio en el 64 y que terminó con estas imborrables palabras: “Todo esto que os he dicho es la primera lección para que os desfranquicéis”. Ni que decir tiene que no todo el mundo, en aquellos años, tuvo la misma oportunidad para despabilar. No siempre se puede estar a la luz del mismo pabilo, porque, si “no hay más cera que la que arde”, también es verdad que la cera se nos puede acabar y hay que agenciar provisiones, procurando que, a todas luces, sean de mejor calidad. Seamos francos y no olvidemos que algo habrá que hacer con los restos de su Excelencia. Ahora ha quedado claro que en la tumba familiar de El Ferrol no están los restos de su padre. Hoy podemos saber que don Francisco no se hablaba con su padre, aunque en la imagen familiar, que nos han legado, sin cesar, el César abusara de suplencias que se publicitaban a los cuatro vientos. Seamos francos y veamos con claridad que sus deudos tampoco quieren hacerse cargo de sus restos. Esta actitud contrasta con la de todos aquellos que se empeñan en honrar la memoría, incluso histórica, de los suyos. También contrasta con los nostálgicos del régimen, más que de la persona en sí, porque la historia no se les ha contado debidamente y hasta ha quedado oculta la figura del anarquista Melchor Rodríguez, “el ángel rojo”, Director de Prisiones, que salvó a franquistas como Blas Piñar, paladín de la ultraderecha y que tanta porfía nos brindó, demostrando que además de no reconocerlo y, menos, agradecerlo, no aprendió la lección tan personal de la justa convivencia. Toda nostalgia es un dolor, pero toda ignorancia, sin ser delito, es una rémora que nos impide avanzar por los caminos de la convivencia, sin alardes de tanto enfrentamiento a los que nos quieren acostumbrar de nuevo. Los vivos también queremos que nos permitan vivir en paz. josemª |
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