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La publicidad (1) | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 12.08.18 | | No siempre el público se merece la publicidad que le sirven. Los servicios de publicidad no siempre están para servir al público, sino que intentan hacer del público una servidumbre con los recursos más sibilinos. En este mundo en que, como dice Noam Chomsky, ”la gente ya no cree en lo que ve”, la publicidad se encarga mágicamente, incluso con leyes mágicas, de que la gente se deje llevar de las realidades supuestas. Así, el público ya ha podido perder la memoria, el presente se le ha venido encima sin darse cuenta y no ve lo que tiene delante de los ojos, aunque esa presencia incluya una pequeña y, quizá, marginal historia, que los años y los hombres, haciendo un alijo de años, también se han llevado por delante. | Ahora, que tenemos tiempo, porque el poder del televisor también parece estar de vacaciones, nos acordamos de aquellos años en que, parece ser, los periodistas y artistas que estaban en danza en la televisión, que estaban en pantalla (como se solía decir) no podían hacer publicidad. Sin embargo, ahora nos asaltan, sin solución de continuidad, y el mismo periodista, que está en escena, nos mete un “leñazo” publicitario como si fuera una noticia más. Debido a esta triste habilidad de las leyes, que parecen haber cambiado, o haberse camuflado, nos meten, casi a bocajarros, una propaganda que nos coge desprevenidos. Nada que ver con esos detalles de avisarnos que “vuelven en seis minutos”. En este último caso es un valor o, al menos, una valentía, el arriesgar la audiencia, que puede zapear, aunque solo sea para ver cómo va un partido de fútbol de los mundiales, que para muchos tiene menos interés que un programa cultural o de actualidad política, siempre que no se trate de una escapada política para ver un partido de fútbol “in situ”.
Casi por casualidad nos acordamos de unos anuncios de medicamentos que tenían, más o menos, este triple consejo de: “Este producto es un medicamento. Lea las instrucciones. Consulte a su médico”, que duró en pantalla menos que duraba un caramelo en la puerta de una escuela, a la hora de salir. Inmediatamente se dieron cuenta del craso error, ya que se les iban a llenar las consultas del entonces “Seguro de enfermedad” (tal como suena), que además tenían unas dependencias de pena. Pues eso, se cambió rápidamente y se publicitó con el final de “Consulte a su farmacéutico”. Al fin y al cabo, de camino, las “Farmacéuticas” quedarían más contentitas con esta nueva solución que disolvía la del anterior consejo. El poder de la publicidad es tan enorme que mueve al ser humano, a pesar de poder ser humano, a consumir porque sí. Nos contó un amigo que en un piso de estudiantes, donde se habían reunido unos colegas, cuando pusieron el anuncio de un perfume, uno de ellos, quizá subyugado por los consejos o por las imágenes visuales, saltó diciendo: “Me lo compro”. Otro chico le dijo que “qué tendrá que ver un anuncio con los perfúmenes o las colonias”, ya que el otro tampoco había podido oler el producto. Este ejemplo nos viene a colación de lo que estamos tratando, ya que con la publicidad nos pueden colar cantidad de cosas y no nos las “olemos”. Hace treinta años, en una reunión de amigos con su prole y todo, como la tele seguía encendida, ante un anuncio de coches que pasaba de tener dos puertas a tener cuatro, el mensaje era claro: “Por estas dos puertas han entrado … millones de personas; por estas cuatro, entrará el doble”. Uno de los chicos, que tendría unos ocho años, se percató de la falacia y saltó en voz alta: “Entrarán las mismas personas. Otra cosa es que entren más rápido”. Como nos dijo Frédéric Beigbeder, expublicista: “Soy publicista: eso es, contamino el universo. Soy el tipo que te vende mierda, el que te hace soñar con esas cosas que nunca tendrás. Siempre hay una novedad para lograr que la anterior envejezca. Hacer que se te caiga la baba, ese es mi sacerdocio. En mi profesión, nadie desea tu felicidad, porque la gente feliz no consume. Tu sufrimiento estimula el comercio. Para crear necesidades, resulta imprescindible fomentar la envidia, el dolor, la insaciabilidad: estas son mis armas. Y tú eres mi blanco”. Como podemos ver todos los días, no es fácil agotar el tema de la publicidad, pero sí compartir alguna que otra consideración, aunque sea sin consideración, como nos lo afirmaba Beigbeder. (Continuará).
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