“…estamos
destruyendo el planeta. Es una realidad lastimosa: deforestamos entre seis y
diez millones de hectáreas por año, extinguimos alrededor de unas 20.000
especies anuales, nos comimos casi que a todos los depredadores de los océanos,
en la superficie del planeta casi no queda un gran mamífero…”
Estamos
leyendo estos días en la prensa que este último año el crecimiento vegetativo
en España ha sido negativo. Es decir, ha habido más muertes que nacimientos y
la población, por tanto, ha empezado a disminuir. Esta noticia conlleva
desgarros de vestiduras generalizados y anuncios de catástrofes venideras ya
que no habrá dinero para pensiones: la hecatombe. Todos los periódicos dan esta
información como una malísima noticia. Incluso algunos, se apresuran a sugerir
a los gobiernos medidas urgentes para corregir la incorrecta evolución
demográfica (1). Sin embargo, todas estas premoniciones se basan en un único
fundamento paradigmático que, en tanto que tal, nadie pone en duda como si
fuera un dogma de fe: el crecimiento perpetuo. De hecho, todos los programas
económicos de los partidos políticos que compiten por nuestro voto aspiran a
hacer que nuestra economía crezca para generar más “riqueza”. Últimamente, es
verdad, hay voces desde la izquierda (no esperamos oírlas desde la derecha,
claro) que empiezan a reflexionar, tímidamente por cierto, sobre estos temas,
aunque no se atreven a abordarlos abiertamente. Sólo los partidos
englobados en lo que ha venido a llamarse “ecología política” cuestionan como
asunto nuclear en su ideario este sagrado paradigma. Pero, ¿hay otra forma de
ver el problema? ¿Son cuestionables los dogmas de fe.
|
Desde
luego, el sistema económico capitalista no admite otro enfoque. Se basa, desde
la revolución industrial, en el incremento de la producción de bienes acorde
con el de la población (y viceversa). Este crecimiento económico permanente
genera un incremento permanente de puestos de trabajo (del tema de
los robots hablaremos otro día) que permite un crecimiento de las población que
irá incrementando la demanda de bienes que generará más crecimiento económico.
Y así hasta el infinito. Pero esto tiene un presupuesto: los recursos básicos
(energía, alimentos) deben ser también infinitos. Y aunque siempre nos hemos
comportado como si lo fueran, ahora empezamos a notar que se están agotando.
Me
acuerdo de los famosos timos piramidales, que se basaban en continuar captando
nuevos inocentes que siguieran aportando dinero que alimentaban a todos los que
habían entrado antes (y a los brillantes inventores del timo) hasta que ya no
era posible captar a más inocentes (agotamiento de recursos básicos) y se
colapsaba todo el sistema piramidal. Es un buen símil del capitalismo, que si
deja de crecer (porque no hay más recursos básicos) se colapsa. Y estamos
empezando a verlo.
Me
alegra, por cierto, haber podido comprobar que nuestra nueva ministra de Medio
Ambiente (y cambio climático y no se qué mas), Teresa Ribera, utiliza en su
discurso este concepto. “Tenemos que ser conscientes de los límites del
planeta”, suele decir, lo que es ciertamente esperanzador… ya veremos. Pero
hace ya mucho tiempo que un tal Thomas Malthus llevó a cabo un interesante
desarrollo teórico que vaticinaba que “…La población, sin restricción, se
incrementa en proporción geométrica. La subsistencia solo se incrementa en
proporción aritmética…” lo cual conduciría inevitablemente al colapso
(catástrofe mathusiana). Los modelos ecológicos clásicos de depredador/presa
que se estudian en ecología, contemplan que, tras un crecimiento exponencial
(geométrico) de las poblaciones, llegan a un estadio llamado de
“densodependencia” (que un profesor de ecología que tuve explicaba como que “se
empiezan a estorbar unos a otros” ) que frena ese crecimiento aún en ausencia
de depredadores. Quizás estemos ya en ese punto.
Somos
más de 7 mil millones de habitantes en el planeta, el suministro de energía no
lo tenemos garantizado por mucho tiempo y hemos llegado a una situación en la
cual, o tomamos medidas (irnos a Marte, quizá, como sugería Stephen Hawking) o
no tardaremos en entrar en colapso. Cambiar el paradigma (el chip) es la
única solución sensata. Pensar en dejar de crecer (tanto económica como
demográficamente) e incluso empezar a decrecer a la vez que tratamos de
distribuir la riqueza de forma más equilibrada entre todos los habitantes del
planeta quizás sea nuestra única opción en un futuro no muy lejano. Esto pasará
por que la ganancia individual deje de ser el único criterio que rige el mundo:
no será el capitalismo el que nos salve, sino el que nos lleve al suicidio. Y
así como la revolución francesa cambió el paradigma anterior y puso al hombre
como objeto de derecho dando origen a todos los movimientos sociales
posteriores, necesitamos una nueva revolución (que deberíamos intentar que
fuera algo más pacífica, por favor) que cambie nuestra concepción del mundo.
Es
verdad que no es fácil, de hecho es utópico, pero ya se empiezan a leer cosas
interesantes, como la entrevista del enlace adjunto (2) del que he sacado el
subtítulo que encabeza este escrito y cuya lectura recomiendo encarecidamente
(más allá del titular) a todo aquel que se haya parado a pensar alguna vez (ya
se que estamos en pleno mundial de fútbol…) en asuntos de este tipo con cierta
inquietud.
(1) http://www.expansion.com/economia/2018/06/18/5b274c3d268e3ea0648b4583.html#ampshare=http://www.expansion.com/economia/2018/06/18/5b274c3d268e3ea0648b4583.html
(2) http://mienlaceregional.com/opinion/1451-%E2%80%98si-cada-mujer-tiene-solamente-un-hijo,-el-planeta-ser%C3%A1-sostenible%E2%80%99.html
Eduardo
Sáez Maldonado. |