Siéndole fiel a la historia está dirá que, por pedido especial y confiable, “el Niño Adbe”, igual acometió también con éxito en la próspera y pujante empresa de comprar y revender famosos y buenos burros resistentes al trabajo, mansos por demás y hasta paseros y en esas estaba aquel día cuando, llegando a la alcaldía, saludando a los presentes, esto expuso: -Buenos días tenga el señor burgomaestre-dijo don Alberto en forma atenta y en su acostumbrado tono bronco y grueso al entonces alcalde don Lisímaco Arteta, y agregó: -Pues hombre, que por aquí estoy. Vengo a pagarle el impuesto de movilización de quince burros que llevo en venta mañana a Piojó. Cuando Justiniano Molina, a la sazón secretario del despacho, escuchó aquello, sagaz como siempre, le pasó por la mente la feliz idea de que aquella era la oportunidad más clara que al señor alcalde se le ofrecía para, de una vez por todas, deshacerse de un burro flojo, defectuoso y carente de cualidades que en su casa tenía, y que él mismo, cierta vez que lo prestó para ir al monte, entre rabias y disgustos, igualmente comprobó. Buscando entonces un válido pretexto, Justiniano llamó a solas al alcalde y diciéndole que lograra la oportunidad , le sugirió le insinuara a don Alberto para que, en venta, asimismo se llevara su burro poco estimado, perezoso y degenerado… El alcalde, sin apearse de la genial idea, aprobó sin disimulo la ocurrencia y, volviendo donde el comerciante de equinos, caballerosamente le dijo cuánto dinero por impuestos le tocaría pagar y, de paso, le propuso lo siguiente: -Don Alberto, ya que usted va a vender quince burros en Piojó, por qué no se lleva uno que yo tengo en la casa. Es más o menos bueno pero actualmente no lo necesito. Necesito más bien una mula… Yo creo que el que vende quince burros, vende también dieciséis… ¿no le parece? -Hombe, claro señor alcalde, cómo no. Basta con que me lo pida la primera autoridad. No hay problema. Yo se lo vendo; pero antes me ordena ir a buscarlo, me hace el abono de venta y me dice cuánto cuesta. -Bueno, yo estoy pidiendo por el burro $ 600, pesos-dijo el alcalde. -Le doy $ 500 porque no conozco la bestia, pero se los pago después que lo venda- repuso el comerciante. -Trato hecho- contestó el burgomaestre sin objetar la estima. Instantes después, orden escrita en mano, don Alberto recogió el supuesto buen ejemplar y de cabestro lo llevó a su casa donde lo reunió con los otros quince burros ya comprados y, entre tanto, Justiniano, en el despacho de la alcaldía, en una vieja máquina de escribir marca “Torpedo”, comenzaba a redactar el respectivo abono de venta que como le era ya conocido y repetitivo, siempre así se hacía en estos casos con el siguiente formulismo legal y “literario”: “Conste por el siguiente abono de venta que he vendido al señor Alberto Coronell, un burro de mi propiedad y cría, color prieto, por la suma de $ 500 moneda legal y cuyos hierros ( L..A.), estampo al margen… Firma, comprador…. Firma vendedor” …Es de anotar que dicho documento debía en sus pormenores acabar allí; pero Justiniano, sintiendo los rigores de su conciencia y con ganas de advertir al honrado comprador que lo adquirido era la flor de la flojera entre todos los asnos del mundo; al referido título agregó el siguiente rosario de “virtudes” que adornaban así “la personalidad del animal en venta” : …”NOTA: Se le advierte, se le aconseja, se le avisa, se le insinúa, se le previene, se le exhorta, se le explica y se le informa al nuevo poseedor de este burro, que el semoviente adquirido, rebuzna echao; se come las esterillas; patea el gancho, se masca la cabuya; corcovea; tira a morder; se planta; “es cosquió”; se espanta solito y sólo corre para su casa… dado en Juan de Acosta a los 14 días del mes de enero de 1960”. Y el título firmado y expresado oficialmente en papel sellado, sin más dilación, con un albacea, a su interesado le fue enviado. De aquí en adelante, ocupado en armar parapetos de carga, la jornada se le fue al buen negociante casi sin darse cuenta y, de pronto, tripulada por grillos y cocuyos, llegó la fresca noche vestida de luna y estrellas…Y don Alberto, quien ya tenía todo preparado para el tempranero viaje, como para verificar una vez más lo correcto de los abonos de venta, estaba ahora, a la luz de una apagadiza lámpara de gas, leyendo uno por uno cada escrito que aprobaba con un leve movimiento de cabeza hasta cuando llegó a leer el que amparaba la venta del burro que el señor alcalde le confiara. Terminada la pausada, sorprendente y convincente lectura,, perplejo frunció el ceño y se dijo para sí que por fin el alcalde encontró a una persona que tuviera cara de necio para que le ayudara a salir “de aquella perla” pues, para colmos, le había dado promesa de que sí se lo vendería. Sin tiempo que perder y dejando de recriminarse más, el hombre del cuento puso a prueba los artificios de su ingenio y, saliendo al patio de su casa, cogió al aludido burro y, a esa hora, lo bañó y lo perfumó; a tijeretazos le motiló los pelos de las orejas; en corte “valona” le cortó la descuida crin, le cepilló la cola y, como especialista en estos menesteres, le puso al animal la jáquima, el freno y el sillón del burro que él usaba, una bestia de primera, enseñándose así mismo que, a sus años, no había perdido aún la virtud de cambiar la naturaleza de las cosas para embolatar a los tontos puesto que el asno en cuestión, al amanecer el día, parecía otro, difícil de reconocer y, presentado así, deba la impresión de ser un burro célebre, acreditado, al que, con sólo verle, provocaba comprar enseguida de buena voluntad. Apurando el día y antes de que el mercurial sol saliera, jarreando su recua de burros enyuntados, don Alberto tomó rumbo a los desfiladeros de Piojó por el camino de Sarmiento jineteando él mismo al defectuoso burro que el alcalde le endosara y del cual pudo comprobar, a lo largo de la travesía, su descomunal flojera y torpeza y lo atravesado que era. Habría que decir también, que como a las nueve de la mañana de aquel 15 de enero de 1952, obedeciendo a su guía, la pintoresca caravana, como una atracción de circo itinerante, llegó a la plaza de Piojó donde, en efecto, algunos compradores que previamente habían sido avisados esperaban al “Niño Adbe”. Previsivo como siempre, don Alberto lo primero que hizo fue apartar del grupo de burros buenos al burro malo en el que él había llegado amarrándolo en un palo de matarratón cercano y, a continuación, puestos a la orden los quince asnos que el comerciante llevó, se oyeron la primeras ofertas y contraofertas; se propusieron venpermutas y cambalaches pero arreglos comerciales y bursátiles, en aquel mercado asnal, por ningún lado salían… De pronto, de Hibácharo procedente y montado en una mula fina, apareció en el lugar don Vicente de la Torre quien, viendo en los animales ciertas buenas condiciones, ordenó le apartaran cuatro, luego dos; pero, en esas, girando la cabeza hacía donde estaba el burro defectuoso, deslumbrado por la estampa de éste, dijo que lo compraba. -Véndame ese don Alberto. Está bonito y me gusta bastante- apuntó el comprador. “El Niño Adbe”, honesto por naturaleza y para evitarse con don Vicente posteriores juicios, le contestó: -No, compa, yo no vendo ese burro. Ese es el mío. Ese es el que yo uso para ir a la roza. Entretenido en la escogencia de otros burros, Vicente de la Torre apartó tres más y sin reparar en lo que don Alberto le dijera, volvió a mirar al burro malo, y esta inapelable oferta, en tono displicente, le esgrimió: -Vea, don Alberto, le compro todos los burros si me vende el suyo y, si no, entonces no le compro na. Un silencio glacial por lo imprevisto, Puso contra la espada y la pared al “Niño Adbe” quien, sin poder escabullirse de la embarazosa situación, despojado de las buenas normas, sin más alternativa pero avergonzado, aceptó el acuerdo y entregó todos los burros al nuevo dueño quien, descomplicado, ni los abonos de venta al mercader pidió. El vendedor, tan pronto recibió el dinero, a pie tomó el camino de regreso a Juan de Acosta, su pueblo, y, habiendo llegado como a las cuatro horas, de inmediato se dirigió a la casa del alcalde a quien, después de hacerse anunciar, encontró acomodado en una mecedora debajo de un palo de tamarindo leyendo el periódico “El Siglo” –el periódico de los conservadores- y sin má preámbulos, en tono grave, serio y acusativo, le dijo: -Vea, señor alcalde, sea serio… ¿oyó? Tome. Aquí está su plata y, en todo caso, gracias porque si no es por el burro malo, no vendo los buenos… Walter E. Pimienta Jiménez. Más cuentos en www.cuentosgloales.es
|