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Cuando la codicia se vuelve patología | | José Antonio Galacho Villodres. 25.05.18 | |  Considero que la vida nos depara para bien o para mal, destinos o desenlaces imprevisibles, por muy convencidos que estemos a veces en creer controlar el ciclo de la misma. Independientemente de lo cada individuo haga con la suya propia, o con las de los demás. Considerando también lo que se les permita hacer, los derechos que se atribuyan o les sean otorgados dentro de un marco jerárquico y político. Estamos asistiendo en los últimos tiempos a un inquietante e insólito espectáculo mediático, una cadena de acontecimientos tan descabellados y patéticos como absurdos y aberrantes por parte de nuestros dirigentes políticos, que están abriendo graves fisuras y haciendo tambalear tanto la imagen como el sistema estructural de nuestra querida y sufrida España. Generando de esa manera una situación insostenible, un clima desconcertante, pintando consecuencias graves y amenazantes para un amplio sector de nuestra sociedad, que solo pretende vivir con ciertas garantías y dignidad, además de poder cubrir sus respectivas necesidades básicas. No sé hasta qué punto lograremos adaptarnos o aprender a vivir entre
tanto río revuelto, repercutiendo con más contundencia en las clases
más desfavorecidas y vulnerables, cuando se trata de privarlas o
negarles los derechos más esenciales, vitales y constitucionales como
son el sistema de pensiones, de empleo, de viviendas, sanidad y las
escasas garantías para afrontar el futuro tanto a esta como a
generaciones venideras. | Como resultado, queda una sociedad cuanto menos ignorada, desprotegida y subestimada, con precarias perspectivas para muchos colectivos y sectores, quedándoles una vaga sensación de no formar parte de proyectos, programas y promesas de aquellos que rigen nuestros destinos. Haciendo especial hincapié en las víctimas de la violencia de género, de actitudes machistas, pederastas, asesinos y otras lacras que tienen amedrentada a toda una sociedad. Una larga lista de delitos que crece de manera alarmante día a día sin que se le vea solución a corto o largo plazo.
Y ante este evidente caos social, en el cual no nos queda otra opción que lidiar con mayor o menor dificultad, con ira o resignación, navegando entre lo real y lo ficticio, lo ilícito y lo permitido, lo establecido con lo utópico y la realidad con la quimera. Perdiendo en ocasiones el norte o el sentido común invadidos por la impotencia y la frustración, cuando nos sentimos despojados de nuestros más sagrados derechos y valores como personas. Tratando de asimilar a duras penas el significado de palabras como "codicia, corrupción, abusos de poder, libertinaje y tráfico de influencias, obedeciendo a la actitud adoptada por señores que se creen con el beneplácito de lucrarse a toda costa de lo público. Poseídos por ese afán desmesurado de atesorar, de amasar cuanto más dinero mejor, tanto que, no serían capaces de gastar aunque vivieran una segunda vida, ataviados con trajes de diseño, corbatas de seda y gesto hipócrita, dejando entrever una sonrisa mezclando ironía, burla e inocencia y confundiendo el clamor de miles de jubilados y mujeres maltratadas reidinvicando sus derechos con el sonido de la lluvia cuando cae.
Pero como dice el refrán ero español, no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo soporte....y la esperanza es lo último que se pierde. |
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