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Día escolar de la no violencia y la paz (16) | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 19.05.18 | | Todos los días se nos presentan dispuestos a abrirnos los ojos, aunque sea solo a base de luz. Es molesto, casi doloroso, abrir los ojos, cuando hay demasiada luz, pero eso no nos exime de tomar conciencia de que tenemos que aprovechar todos los días para ampliar nuestros recursos educativos, que tantita falta nos hace.El día a día en la escuela y, sobre todo, con el alumnado de Infantil y de Primer Ciclo de Primaria, tiene que estar en función de una mejora generalizada y no solo en lo académico. Si en estas edades es especialmente aconsejable el juego, la participación y la colaboración, nunca estará de más que funcionemos aprovechando todas las disponibilidades del personal “estudiantil”. Tenemos que adaptar nuestras estrategias de manera que sean agradables para que la alegría de estar juntos y de sentirse protegidos por el grupo y, mucho más, de ser considerados importantes a los ojos de los demás, no se deteriore por una disciplina mal entendida y guarnecida de competitividad. | Sabemos que el juego es la principal actividad que nos disciplina de alguna manera, cuando somos pequeños. Hace más de treinta años nos contó una maestra de Preescolar (entonces) que tenía un chico, un tanto violento, que siempre quería ser el único y el primero en todo. La medicina santa que se le ocurrió a la maestra no fue la negación ni el enfrentamiento, sino que delegó su autoridad en el juego tan simple y conocido como el de “Pinto, pinto colorito...” que, al terminar señala a uno, que es a quien le ha tocado. El chico aceptaba sin más la “autoridad” del juego. Además los juegos enseñan a esperar el turno, a estar atentos para la participación, a respetar a los demás... Otro compañero, que actuaba de manera global, llevaba sus iniciativas de Lengua al patio, cuando hacía Educación Física. Nos recordó que, cuando tenían que estudiar las sílabas, una parte de la sesión de “Gimnasia” la dedicaba a ejercicios que antiguamente se denominaban de “gimnasia sueca” o sin aparatos. La novedad era que el “mando directo” lo convertía en “códigos” que eran palabras de distintas sílabas. Usaba tres palabras claves, como por ejemplo: “mar, playa y Torremolinos” que correspondían respectivamente a palabras de una sílaba, de dos y de muchas. “Mar” significaba dar un salto; “playa”, los dos brazos arriba y “Torremolinos”, los brazos en cruz, porque el letrero que vemos en la carretera es “así” de largo. Cuando ya habían asimilado el ejercicio, el maestro iba cambiando las palabra por otras que tuvieran una, dos o más sílabas a las que tenían que responder con los movimientos adecuados. En clase también hacían otros ejercicios de ritmo de palabras y así se introducía el uso de las palabras por sus sílabas para, al final terminar haciendo poesías. El primer juego era hacer poemas colectivos de cuatro versos con palabras monosílabas, por ejemplo: “Luz de sol” y a la que se iban añadiendo otros versos según iban participando. Luego ya se buscarían las rimas para irlas encajando. Siguiendo el mismo esquema se cambiaba la primera monosílaba por una bisílaba, y luego por una trisílaba... Siempre resultaban poemas colectivos en los que todos participaban. Al final, tras días y días de ejercicios, cada quien hacía ya sus poemas personales. Con el tiempo se iba mejorando el producto, es decir, la producción de versos, estrofas y poemas. Cuando ya estaba realizado todo el entrenamiento que llevaba más de un curso, en Tercer Nivel, se pasaba a ecribir poemas colectivos, tras la lectura de un poema entero de un autor más o menos conocido y tras la escritura en la pizarra de una estrofa, se intentaba continuar el poema con el mismo tipo de estrofa. Así se escribían romances, letrillas, incluso liras (con versos de 7 y 11 sílabas). Al final se firmaba el poema poniendo, por ejemplo: “Antonio Machado y nosotros”. Como curiosidad nuestro compañero nos dijo que con la oda a “La vida retirada” de Fray Luis de León, una niña sacó de una tacada “las frutas que de los árboles caen” (endecasílabo) y que un niño, con síndrome de Down, completó con “y ¡ah! Se siente” (cerrado aplauso de todos) cuando se estaba trabajando con la tan conocida letrilla de Góngora “Ándeme yo caliente y ríase la gente”. Al final de curso, se llevaron un librito con los poemas que habían realizado colectivamente, porque, al jugar a escribir y haciéndolo en común, conservarían el mejor recuerdo de la camaradería escolar que les había permitido experimentar la No Violencia y la Paz. (Continuará).
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