
La obra filosófica de Lipovetsky ha marcado positivamente el pensamiento contemporáneo. Parece que vivimos en una temporalidad señalada por lo transitorio y lo efímero. En definitiva, lo precario gana terreno en muchos aspectos de la existencia.
La sociedad posmoderna que ha ido conformándose a partir de los años ochenta del siglo XX es distinta en su funcionamiento a lo habitual en décadas anteriores. No en vano escribe Lipovetsky que se percibe “Auge del consumo y la comunicación de masas, debilitación de las normas autoritarias y disciplinarias, pujanza de la individualización, consagración del hedonismo y del psicologismo,…”.
En efecto, se nota, cada vez más, que lo que prevalece en muchas situaciones vitales es el puro interés individual en contra de los valores éticos y del respeto profundo de la libertad de los demás. Esto explica que se estén judicializando, de un modo creciente, los conflictos individuales y sociales.
Parece que la modernidad ha acabado y estamos ya situados en la hipermodernidad en la que impera la sociedad de mercado y el goce instantáneo e inmediato. Y claro se dejan muchas cosas y actitudes positivas atrás.