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Tu diario. Libertad de expresion

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Otra noche más
Pedro Biedma. 19.03.18 
Otra noche más, de nuevo se volvía a repetir, él había intentado por todos los medios evitar que ella empezara con sus clásicos reproches, pero por más que intentó ignorarla, desde su llegada a casa, Andrés no lo consiguió. Albergaba la esperanza de que hoy iba a ser una noche diferente, como era habitual no se saludaron al llegar, no cruzaron palabra alguna durante el transcurso de la cena, durante esas horas no existió ni el más mínimo intento de acercamiento por parte de ninguno de ellos. Andrés prosiguió con su plan y empleando un arma que por el momento le proclama vencedor, la ignorancia total. Esperó a que se durmiera mirando la televisión hasta que el aburrimiento y el cansancio acumulado durante el día, le obligó a intentar atrincherarse en su guarida y dormir un poco. Con temor a despertarla, apagó la luz y avanzó lentamente y con mucho sigilo, a ciegas tocó el borde de su cama y como sí de una delicada copa de Bohemia se tratará, deslizó suavemente la sábana que la cubría y con la destreza de un reptil por fin se cobijó en su madriguera. Él, iluso, comenzó a festejar su victoria en silencio, de repente su festejo pasó a convertirse en un duelo, su estrategia no obtuvo los resultados previstos, ella le esperaba aún despierta y con más ganas de guerra que nunca, su voz comenzó a lanzar improperios y acusaciones que Andrés no podía evitar oír, sus palabras retumbaban con fuerza en el interior de su mente, ella no le concedía ni un segundo de tregua que le permitiera pensar con claridad y así rebatir con argumentos sólidos todos sus reproches.
Le recriminaba ser el peor padre posible que unos hijos podían desear, las humillaciones, que totalmente consciente de ellas, cometía día tras día, le recordaba la forma tan cruel en la que había tratado y trataba a sus padres y hermanos, le hacía ver que en sus pensamientos sólo existía él, le gritaba qué no conocía el significado de sentimientos como el amor, la amistad, el cariño, el respeto, etc.

Lo más duro para Andrés era que a medida que escuchaba todas esas barbaridades, se concienciaba de que contenían un porcentaje extremo de verdad, y eso, eso no lo podía soportar. No aguantó más, se levantó como un resorte de la cama, encendió la luz y se dirigió al cuarto de baño anexo a la habitación. Enloquecido colocó el tapón de la bañera, abrió el grifo y se dispuso a llenarla de agua mientras la voz de ella seguía repicando como un concierto de molestas campanas en su cabeza, sentía como esos dardos cargados de veneno, del veneno que el mismo había producido, se clavaban uno a uno en su corazón. El agua ya alcanzaba el máximo nivel. Cerró el grifo, salió del cuarto de baño, y con paso firme y acelerado se abalanzó sobre ella sin darle opción a escapar, la cogió en sus brazos manteniendo su boca cerrada y se acercó al filo de la bañera, la introdujo en ella hasta hundirla por completo. Pasó varios minutos con sus manos encima, obstaculizando cualquier intento de fuga, por fin la soltó y comprobó que ya no emitía sonido alguno, así que plácidamente se dirigió a su cama, tomó sus pastillas para acelerar la llegada del sueño, estiró sus piernas y se dispuso a dormir como un bebé. Por fin el silencio se convirtió en el protagonista.

Otra ocasión más había sido necesario, otra noche más tuvo que “lavar” su mala conciencia para poder descansar, ya podría levantarse mañana y seguir un día más, siendo una maravillosa persona, aunque eso sí, con un miedo atroz a la llegada de su enemiga, entonces su mala conciencia, como un alma en pena, regresará para visitarle y, de nuevo, él volverá a ser testigo de la cruel verdad que controlan sus sentimientos.

La conciencia puede convertirse en unos de nuestros peores enemigos y lo peor es que sólo podemos conseguir una tregua, pero nunca acabar con ella.

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