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Tu diario. Libertad de expresion

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La calle con casas matas
Pedro Biedma. 11.03.18 
De nuevo me veo allí, en la calle de tierra de siempre, con mis pantalones cortos. A ambos lados de mi cuerpo, se amontonaban varias piedras, que cumplían a la perfección con su papel de poste de portería. Alcé la mirada al frente y hacia mi se dirigía, veloz como un rayo, Paquito, el goleador infalible, lanza un zurdazo imponente que se frena de golpe al impactar en mi rostro. Evito el llanto, no puedo permitir que además de las carcajadas que retumban en la calle, encima se burlen gritándome ¡nena!.
El dolor es insoportable pero aguanto como un valiente, aunque algunas lágrimas sin vergüenza, resbalan por mi roja cara, yo disimulo, me doy la vuelta buscando nada y con la manga de mi jersey las seco con maña. De nuevo me vuelvo y observo a Paquito, mi hermano, tirado en el suelo y llorando, pero llorando de risa.
De pronto una llamada salvadora reclama mi presencia, emerge de la última vivienda de la seis alineadas casas matas, sin duda alguna es la cálida voz de mi abuelo. Me olvido del dolor y comienzo a correr calle abajo, ¡cuánto tiempo sin verte!, pienso mientras avanzo, casa de Catalina, casa de Paquita, casa de Manolo y por fin la casa de mi abuela.
Me detengo justo en la entrada, han vuelto los colores, ya no se oyen las risas de mis amigos, el suelo no es de tierra.
Lo más extraño es que la casa no se parece en nada a la que recordaba, está vieja, destruida, parece abandonada. Ya no suena la voz de mi abuelo, miro mi piernas y mi pantalón corto se ha transformado en uno de tergal, muy parecido a los que suelo utilizar. Entonces, mis emociones se desbordan, me agarro a la vetusta cancela de la entrada y lloro desconsolado como un niño, a la vez que grito ¡abuelo!, ¡abuelo!.
Suena la alarma del reloj y despierto en mi cama, en medio de un charco de sudor y con el corazón latiendo a su máxima velocidad. Me acerco al lavabo para refrescarme la cara, me miro en el espejo  y observo que la tengo colorada como un tomate, mantengo la vista fija en el espejo y veo como una sombra blanca pasa a toda prisa justo detrás de mí. Me giró, no hay nadie, vuelvo a la habitación y dejo que mis sentidos se embriaguen de esa perfecta mezcla que inunda el lugar, su inconfundible colonia y el placer de mi nostalgia.
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