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El secreto de Ana | | Pedro Biedma. 02.02.18 | |  El tiempo pasa volando, solemos decir, en el caso de Ana parecía avanzar a cámara lenta, se cumplían ya cinco largos años que vivía sola, desde que el cruel e imperdonable rumbo de la vida arrebató, sin previo aviso, de su lado a su inseparable compañero de viaje Tomás, su esposo, viajes en el que visitaron multitud de destinos y donde fueron testigos de momentos de alegrías, penas, risas, llantos, enfados y reconciliaciones, pero en los que siempre encontraron un lugar idóneo para fotografiarse junto al amor. Tenía un sólo hijo, llamado como no, Tomás, y se sentía la madre más afortunada del mundo. La llamaba todas las semanas para interesarse por ella, incluso una vez al mes le honraba con su visita y además casi siempre les acompañaba su nuera Clara y sus dos nietas, Clarita y Silvia, la pequeña decían que tenía una gran parecido a su ella, en esas contadas visitas era cuando el reloj parecía acelerar su marcha. ¿Qué más podía pedir?, Ana comprendía perfectamente que los ochenta kilómetros de distancia que recorrían para poder verla suponían un esfuerzo considerable para ellos, además sí contamos la vuelta son 160 kilómetros y ya sabemos todos que el combustible hoy en día está por las nubes. | Desde su ventana podía observar la mayor parte de su pequeño pueblo, con casas blancas como la nieve y con calles muy empinadas, sus salidas al exterior no superaban mensualmente la media docena, a no ser por alguna cita programada con el médico o para acercarse al banco a sacar el dinero necesario para cubrir los gastos del mes, eso si, siempre le acompañada su querida vecina María, la misma que casi todas las tardes se interesaba por su estado y aprovechaba para dejarle la compra que le había encargado con antelación. Lo que todos desconocían era que Ana guardaba un secreto, un bonito y extraño secreto. No recordaba bien la fecha exacta pero, desde hacía ya unos meses, todos los martes y sábados y siempre a primera hora de la mañana, aparecía debajo de su puerta una carta sin remitente, sin matasellos, solamente podía leerse la palabra Ana en el lugar destinado a completar los datos de la persona o entidad a la que iba dirigida. Desde el primer instante en que abrió la primera, y sin leerla, reconoció, algo que le resultaba muy familiar, el olor a colonia que desprendía el papel, además la letra le era totalmente familiar. Cada una de esas cartas narraba uno de los miles de episodios vividos junto a su inseparable Tomás. Se palpaba amor a borbollones en cada una de las letras que la componían, ninguna de ellas estaba firmada, pero ella, mejor que nadie sabía quién las enviaba, nadie más podía conocer y describir lo hechos que en ellas se narraban, no podía tratarse de nadie más. ¡Y ese olor!, durante casi cincuenta años lo había percibido y resultaba imposible de olvidar, el agradable aroma a V. D., quizás por eso no se atrevía a contárselo a nadie, no quería que la tomasen por loca. Nunca había creído en esas historias que oía sobre espíritus y fantasmas pero ahora tenía pruebas de que los seres queridos fallecidos se podían comunicar, de una u otra forma, con nosotros, ella no tenía dudas. Esperaba como agua de Mayo la llegada del martes para darle la bienvenida a su carta, la besaba como sí fuera Tomás quién recibiera ese beso y se sentaba en su vieja mecedora dispuesta a leer una y otra vez lo que aquel trozo de papel le contaba, ansiaba recordar un trozo de su historia de amor. De vez en cuándo, se permitía una pequeña pausa para inhalar con todas sus fuerzas y llenar sus pulmones con ese aroma inconfundible y después continuaba con la lectura. Estas cartas habían conseguido que los últimos meses resultaran más cortos de lo habitual y que, por momentos, el reflejo de la tristeza abandonase su rostro, instante que tímidamente aprovechaba la alegría para ocupar ese hueco libre. Los viernes por la noche y tras una breve y ligera cena, más de lo habitual, se tomaba un vaso de tila junto a sus pastillas de la tensión y el azúcar, y se acostaba muy temprano, con la misma ilusión y nerviosismo que demuestran los niños cualquier cinco de Enero, en espera de sus regalos. Quería tener el poder de adelantar el tiempo y darle vacaciones a la noche de los viernes, pero eso no podía ser, así que no le quedaba más remedio que intentar dormirse pronto y esperar a que su particular Rey Mago trajese lo que ella había pedido. Era viernes y mañana por fin sábado, se levantaría muy temprano para ir al encuentro de su regalo en forma de carta. Tras varios días sin tener noticias de Ana, su vecina María, alarmada, se decidió a telefonear a Tomás, sabía que algo no iba bien, Ana nunca iba a ningún sitio sin su compañía. En apenas hora y media, Tomás se presentó junto a su mujer en el domicilio de su madre, allí les esperaba María, tenían el corazón en un puño pues sólo cabía esperar el peor de los desenlaces. Aporrearon la puerta sin obtener respuesta alguna, entonces Tomás sacó de su bolsillo la copia de la llave que tenía y con la mano temblorosa abrió la puerta. Al entrar percibieron un fuerte olor, los tres anduvieron un par de metros, el reloj marcaba las doce de la mañana y se percataron que la luz de la cocina estaba encendida, señal inequívoca de que sus temores no eran infundados, Tomás alzó la mano para que las dos mujeres se detuvieran cerca de la entrada, abrazadas una a la otra, Tomás fue directo a la cocina y contempló una imagen que se le quedaría grabada de por vida en la retina, allí se hallaba su madre sentada en una silla y con la parte superior del tronco reclinadoen la mesa, debía de haber fallecido hacía ya dos o tres noches. El médico dijo que su defunción se debió a un repentino infarto, igual que le ocurrió a su esposo. Lo que nunca llegaron a comprender es porqué Ana tenía una pluma en la mano derecha, la cabeza apoyada encima de una carta que parecía haber comenzado a escribir y en el suelo un bote de colonia antigua de V. D., la marca que usaba su padre. Lo más curioso de todo era que lo único que pudo escribir en la carta fue la fecha, “Viernes 27 de Septiembre” y la siguiente frase “Querida Ana, espero que al recibo de esta te encuentres bien”. Nunca lo entendieron, era un secreto que sólo conocerían Ana, su inseparable compañero de viaje Tomas y por supuesto, nosotros.
A veces no somos conscientes de la inmensa soledad en la que pasan sus días quienes tanto han dado por nosotros y sin pedir nada a cambio.
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