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Toby | | Pedro Biedma. 19.01.18 | |  Julián había buscado ya mil veces sus valiosas gafas, sin ellas apenas podía distinguir nada, su olvidadiza cabeza tampoco le ayudaba a recordar dónde las había dejado la noche anterior, así que resignado se calzó sus cómodos y antiguos zapatos y se dispuso a sacar a pasear a su fiel compañero Toby. Desde que vivía en la granja de su hijo Pablo, todas las mañanas, llevaba a dar un paseo por el campo a su pequeño carlino. Aún recordaba el día en que su esposa tristemente fallecida, se lo regaló, hacía ya más de ocho años. Se encontraba cercano a cumplir los ochenta pero su avanzada edad no le impedía caminar diariamente un par de kilómetros junto a su inseparable compañero, durante ese tiempo Julián parecía rejuvenecer y sentirse importante para alguien, el cariño entre ambos era más que evidente. Salió al exterior de la granja, anduvo cinco o seis pasos con el collar y la correa en su mano izquierda y se topó de frente con su perro y con Kas, una traviesa cría de cerdo que a menudo se escapaba del engordadero. Tras colocar, con dificultad, el collar a Toby, cogió en sus brazos al juguetón Kas y lo situó en su lugar junto al resto de sus compañeros. Ya estaba preparado, correa en mano, para recorrer su trayecto diario, lo conocía de memoria, sabía donde se encontraba cada piedra, cada desnivel, etc, y además Toby siempre iba delante dispuesto a guiarle de principio a fin, por lo que no le importaba demasiado el no llevar sus gafas. Comenzó el recorrido y apenas pasados unos minutos Julián se percató de que Toby estaba muy raro, algo le ocurría, parecía que ese día no le apetecía pasear, no quería situarse delante de él como era su costumbre, es más, debía de empujar con fuerza la correa para que avanzara, eso sí, con cierta desgana. | De repente recordó una frase que su hijo le solía decir,“los carlinos no viven más de ocho años, papá”, inmediatamente intentó borrar esa idea de su mente y quiso pensar que simplemente hoy estaba cansado y sin ganas de andar, así que prosiguió su camino como si nada. Durante el trayecto Toby continuó con la misma actitud e incluso en un par de ocasiones ambos se detuvieron mirándose fijamente a los ojos, Julián le observaba con un gesto claro de preocupación y en el rostro del animal parecía dibujarse un signo de interrogación. Finalmente y tras un paseo que duró veinte minutos más de lo habitual, llegaron a la entrada de la granja, a Julián le “sudaban” hasta los zapatos y al animal le temblaban las cuatro patas como cuatro frágiles hojas azotadas por un vendaval. Julián, de pronto y dejando a un lado el enorme cansancio, comenzó a correr hacia el interior de la vivienda, no reparó ni en quitarle la correa a Toby, había recordado que sus gafas las había dejado en la mesa del salón junto a su LIBRO de lectura. Efectivamente allí estaban, se las colocó de inmediato y al instante notó sus efectos, lo veía todo perfectamente, ¡qué cambio!. Salió de nuevo con la idea de quitarle la correa a Toby y sus ojos fueron testigos de una escena que quedaría grabada en su mente durante el resto de sus días. Toby se encontraba asustado y acorralado en un rincón del engordadero mientras Kas se refrescaba y revolcaba en un charco cercano con la correa y el collar atados aún a su cuello. A partir de entonces, Julián no se volvió a quitar las gafas ni en la ducha.
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