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Las soberanías (2)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 10.12.17 
Muchas veces hemos escuchado el dicho que va rodando de boca en boca, y no a pedir de boca, que rotundamente nos repiten los buenos amigos: “¿En manos de quién estamos?”. Al parecer los dioses se han cansado de tanta vigilia y nos han dejado en unas manos poco primorosas que, además, no las usan precisamente para cuidar de las personas, que sí han extendido las suyas para dar su voto en aras de una confianza que verdaderamente no se merecían. Si las urnas se convierten en un ara casi eterno del sacrificio popular, no nos quedará más que el martirio.
La soberanía de las leyes se ha mostrado bastante caprichosa y sirve de juego sucio a las prisiones de las presiones, y se constituye como un nuevo caballo de Atila y a los pueblos los están dejando “a los pies de los caballos”.
Los otros días hablábamos de la soberanía alimentaria como un modelo para ajustarnos, en lo posible, a todo aquello que podemos tener a mano y no pagar tanto IVA de valores (le llaman) añadidos. Sin embargo no está todo dicho ni todo contado, sobre todo, numéricamente. Suele pasar que los números se nos vienen encima y nos arrollan sin ninguna discreción, al igual que los “números” de la policía, cuando arremeten sin ninguna consideración ni proporción. 
Si muchas veces no nos salen los números, quizá sea porque se los han apropiado otros. Si en algún momento los amos nos dicen que “Dios proveerá”, ese discurso además de manido es un mantra perverso, porque quienes nos lo dicen ni creen en Dios ni en la providencia, ya que se llevan sus ganancias y las ganancias de los otros y los frutos de sus desfalcos a paraísos que no son ningún Edén ni bíblico siquiera. Así la soberanía, en verdad, está “en lejanas tierras”, más allá del mar que vemos y que cubre todo lo que ya se nos escapa  de la vista.
    
Hace unos días decíamos que “la democracia no era soberana ni aquí ni en Europa”. Pues se nos ha ratificado nuestra afirmación. Ha sido precisamente Europa quien ha forzado en una segunda votación y la UE ha autorizado el controvertido y polémico herbicida glifosato por otros cinco años, sin despeinarse, cuando en el 2001 había sido clasificado por la propia Unión Europea como «peligroso para el medio ambiente» y «tóxico para los organismos acuáticos». Precisamente ahora, cuando en otros sitios, como en Colombia, ha sido prohibido.

Según hemos podido saber, el glifosato mata las plantas interfiriendo con la síntesis de los aminoácidos fenilalanina, tirosina y triptófano, que son fundamentales para el mantenimiento de nuestra salud y que tenemos que tomar en nuestra dieta, ya que no los fabrica nuestro organismo. Está claro que no debemos, ni por asomo, poder quedar desprotegidos por futuros efectos rebote. Claro que los laboratorios amigos ya nos fabrican los ansiolíticos y antidepresivos que nos conviene consumir de por vida. Saben muy bien que un enfermo que se cura es un cliente que se pierden.
   
Hemos podido ver también que con los acuerdos internacionales, como el TTIP, las empresas se pueden ahorrar un pastón en investigación y pasar la bola a los consumidores, que serán convertidos en ratitas de laboratorio, cuando empiecen a ponerse malitos.
   
Incluso es más todavía, pues en este sistema que nos tiene cogidos y sobrecogidos, no es de extrañar, como ya sabemos, que un agricultor puede usar venenos y más venenos para matar bichitos y plantitas y que un fabricante puede añadir aditivos que en otros sitios están prohibidos y que no se nos informa de tal extremo. Una amiga nuestra nos explicó que aquí no podía soportar el ingerir jamón cocido, porque le daba dolor de cabeza y que en otros países europeos no le afectaba para nada. Nos preguntamos que qué aditivo podía llevar ese alimento en nuestra patria.
   
Por otro lado, si un agricultor, que es ecologista y procura producir de forma tradicional sin añadir sustancias tóxicas a sus cultivos, tiene que cumplir con unas exigencias totalmente rígidas para que sus productos puedan gozar de todas las garantías que exigen las autoridades del sector.
   
Podemos seguir pensando, que también en este campo de la salud, “la democracia no es soberana ni aquí ni en Europa” porque estamos soberanamente condenados a caprichos “capitales”.
josemª
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