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Y tú, ¿por qué no pitas? | | Eduardo Saez Maldonado. 02.12.17 | |  Hace ya semanas que vengo oyendo en la radio un anuncio de un coche (cuya marca no viene al caso) en el que un hombre conduce junto a su hija adolescente. En un momento dado se detiene, se oyen pitos de otros coches y se produce el siguiente diálogo aproximado: -Papá, ¿nos pitan a nosotros? -No. Pitan al de delante que quiere aparcar. -Y tú, ¿por qué no pitas? -¿Has visto que haya cambiado algo? -…Ya… El anuncio pretende destacar que los automatismos diversos que, al
parecer, incorpora el coche en cuestión, contribuyen a generar calma en
el conductor y evitar la crispación al volante (lo digo porque a mí no
me resultó tan evidente el mensaje…). Sin embargo, la sorprendente
respuesta del padre nos sugiere una reflexión mucho más honda que tiene
que ver con una dinámica cada vez más marcada de nuestra sociedad.
Veamos. | Quiero pensar que un padre normal, ante la pregunta de su hija (“y tú, ¿por qué no pitas?”) le hubiera contestado que deben tener un poco de respeto a los demás conductores; que el de delante está aparcando y deben tener una paciencia razonable y respetar su maniobra; que cuando ellos tengan que aparcar tampoco les gustaría que el de detrás les atosigara… no se, argumentos así, de personas normales que viven en sociedad. Sin embargo la causa por la que el hombre no pita (y así se lo transmite a su inocente hija) es porque no sirve para nada. El objetivo es conseguir el fin: seguir avanzando. La moralidad de los medios usados es menos importante (“el fin justifica los medios”). El padre no pita al de delante, sencillamente porque no le va a reportar ningún beneficio. No por respeto y para no poner nervioso al otro, no. Sólo porque da igual que pite o no pite: se tiene que esperar a que el otro aparque. Y encima se lo transmite a su hija como un sabio consejo vital. Esto, claro, tiene que ver con la competitividad a la que hemos de aspirar ante todo en esta agresiva sociedad y en que sólo vale ganar… a costa de lo que sea. Y claro: así está derivando la cosa en una agresividad cada vez más evidente. Recibimos el mensaje de que hay que ser solidarios y respetar a los demás, la igualdad… etc. Pero por otra parte (o por la misma) recibimos también el mensaje de que hay que ser extremadamente competitivos, los mejores, ganar siempre. El cómo se consiga es menos importante. Si hay que pisotear a alguien, oye, que espabile… “El fin justifica los medios”. Y lo peor de esto es que los principales problemas a los que nos tendremos que enfrentar en el futuro, que tienen que ver con la superpoblación del planeta, las oleadas de inmigrantes y la escasez de trabajo, la explotación salvaje de nuestro entorno, el agotamiento de los recursos y el deterioro ambiental (climático) que ello conlleva etc. son problemas que no se solucionan siendo cada vez más agresivos, siendo los mejores, siendo los campeones. No. Las soluciones, si llegan, tendrán que ver con la solidaridad, la visión de futuro, el respeto al prójimo (aunque no sea el mejor) y al planeta (el único que tenemos). La sociedad está abocada a ser más solidaria, a ponernos de acuerdo para afrontar los problemas globales que se nos vienen encima o a colapsar irremediablemente. Pitando no se arreglan los problemas. ¿No se nos está yendo esto de las manos? ¿O se nos ha ido ya? Eduardo Sáez Maldonado |
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