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Memoria
En la cantina de 'Pajarito' | | Cuentos y relatos globales. 26.11.17 | | *Si nadie se acuerda de las cosas, entonces no existieronEscribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Las cuatro de la tarde. En tres días es la fiesta de San Juan. Yo me hallaba libre, en vacaciones, y desembarazado de las ocupaciones de estudiante de tercer año de bachillerato. Me paré en una esquina del pueblo pensando en el rumbo que daría en aquel momento a mi soberana individualidad de los 16 años cuando se me ocurrió ir a la cantina de “Pajarito”, la antigua cantina de la “la Niña Sara, su mamá”, albergue sempiterno de borrachos soñolientos y jugadores de buchácara que ya se estaban volviendo viejos. Mi espíritu deseaba expansión… en un mesa de la casa dejé el libro de español de Luis M. Sánchez que repasaba; mi mente quería estar desocupada. Era todo lo que me pedía el cuerpo y nada mejor para ello que la cantina de “Pajarito”. | “Pajarito” vendía gaseosas, cervezas y ron por botellas y “trago menudeao” ; su negocio consistía en “hacer borrachos” a la segunda potencia; es decir, “bien peaos” y sin fiadores… La cantina de “Pajarito”, aunque “la Niña Sara ya no estuviera atendiéndola, tenía la sombra de ella, como si de cuerpo entero se viera allí, pero antes, visible en una pared del recinto, dejara a los jugadores de buchacara este “dulce y grato” mensaje de letras gordas que autoritario, déspota y mandón decía: “Si no sabe jugar, no juegue. El paño vale $25 pesos”. Así desterraba ella aprendices, de modo brusco y a desocupados y vagos que ningún crimen cometían con el hecho de hacer nada. Para ella, estos, en su negocio, no tenían puestos o asientos, que bien abiertas tenía para ello las tres puertas de su cantina indicándoles en su silencio de muda boca apretada, que por el mimo camino que vinieron, se fueran… Yo, en tiempos en que la misma “tasca” la regía “Pajarito”, quien con menos rigidez la hizo asilo de desocupados, pasé allí algunos ratos reparando en todo el imaginario de cosas que en ella, como adornos, había: una bruja hecha de cartulina, toda vestida de negro, de nariz puyuda y sombrero, con su escoba entre las piernas, colgada del techo. La voluptuosidad de almanaque de una mujer en vestido de baño bebiendo Cerveza Germania. La foto a color de la selección de fútbol del Ecuador, puesta allí, al fondo, en lugar de la de Colombia, luego que ésta, en el Estadio Municipal de Barranquilla, cayera derrotada un gol contra cero un 20 de julio de 1965. El cuadro impertérrito, impasible, impávido e inconmovible del que vendió de contado y del que vendió a crédito, con la observación de que quien vendió a crédito estaba más flaco y acabado .El radio “RCA Víctor” de seis bandas buscando música donde no la había, pues de momento: Bienvenido Granda, Celia Cruz, Daniel Santo y Leo Marini, de momento, en su enredo de tubos y válvulas, como que se habían escondido y solo dejaba oír propagandas…”Mejoral, Mejoral, es mejor y quita el mal”…El cajón empotrado en el armario con su división interior para los billetes y monedas. La nevera de palo enfriando a la fuerza, con hielo en bloques, las gaseosas y cervezas que por lo caliente no se dejaban tomar. La visible propaganda del cartel de cigarrillos Lucky Strike, el del punto rojo y grande invitando al placer de fumar sin huelga. La mata de sábila siempre viva, atada, junto con un pan de sal, en un rincón del techo con una cinta roja. La taquera clavada en la pared con sus palos dispuestos de mayor a menor, incluyendo en la exhibición uno al que llamaban “la burra”, consistente un taco de tres apoyos, usado para tacar las bolas cuando el jugador incómodamente “quedaba enmesado”. El laberinto de túneles que en su vientre guardaba la mesa de juego, vomitando en una caja la bola que luego de recorrer un encrucijado camino de palo, en esta, ruidosamente caía. El cordón de fichas para sumar y restar los lances malos que se descontarían de los tantos correctamente metidos. La azulísima tiza de billar marca Kamui Original, garantizando al jugador un golpe preciso a la bola. El mostrador de madera con unas inquitables monedas que alguien en él, de por vida, clavó. La vitrina de las cucas, las arranca muelas y los supercocos...
Entro y saludo: “Hola, “Pájaro”, -le digo, como le decía mi papá “Pajarito”,
-Qué hubo “Chivita”-así me decía porque así también él le decía a mi padre. Pasé del umbral y me encontré con tres emboscados contertulios en sus asientos de cuero a un lado de la puerta principal. Eran tres viejos agradables y de buen trato: el viejo Uribe Reyes, Juan Barro y “el Curita Ferreira”, que hablaban de la época de la independencia. Los saludé y me saludaron. Eran amigos de la familia. Me cedieron un taburete. Querer a la gente en esa época era fácil. Habían consumido ya dos medias botellas de ron y allí esperaban a otros amigos. -Estamos hablando aquí de si será verdad que a San Antonio, cuando lo ponen boca abajo, le da novio a las mujeres quedadas- me dijo “el Curita”.. -No los da de pie; los va a dar de cabeza- apuntó “Pajarito” del otro lado del mostrador. Los tres se miraron; cada uno dijo una cosa impublicable y se rieron. -San Juan no ha podio agachar el dedo… lleva años intentándolo- dijo el viejo Uribe.
-No lo agacha porque esa es su marca oficial- consideró “el Curita Ferreira”.
-Vea, cuando yo era un pelao - dijo “el Curita”- ya lo tenía levantao y ya tengo como mil años y todavía no lo agacha…Yo creo que le faltan unos meses. -Yo, por mi parte, creo que si le dan un cucurucho de maní, lo agacha; pero debe ser en Semana Santa- apuntó “Pajarito, y surtió de risas el recinto. Y el viejo Uribe que no se sabía estar callado, dijo; -Y lo cansao que debe estar ese tipo con esa chiva cargá debajo del brazo. Y entonces sí que la risa fue total. …Eso fue nostálgicamente ayer; sí, ayer… y hoy, hoy la Cantina de “Pajarito”, que es la misma cantina de “la Niña Sara, es la única que en el pueblo permanece sin mudarse, con su estantería de palo, de cajones y cajoncitos guardando un tiempo que de allí no quiere irse, como se guardan las cosas de valor en una caja fuerte…Cuántos botines viejos y nuevos pisaron su piso petrolizado y aseado en tiempos de fiesta patronal…Y sus puertas de dos hojas que permiten ver desde adentro el paso de la vida y sus sueños…Y un caballo afuera… y un borracho que no atina a meter su pie en el estribo de la montura de la misma bestia…Y adentro, el mostrador, el viejo mostrador que ha perdido su primitiva tez. Siempre tuve la idea de que en la Cantina de “Pajarito”, la misma que fuese la de “la Niña Sara, se vivía como en otro mundo, me inspiraba cierto recogimiento cual templo sagrado de borrachos señores a punta de “ron anizao”, fumando tabaco arrellenados en asientos sin tiempo hasta cuando ella, “la Niña Sara, cambiante de maneras y de carácter según las fases de la Luna, los mandara al carajo o a comer de la que sabemos a sus casas…
¡Oh qué ratos los que allí se pasaban! Era un precepto de ley ir todos los días a la cantina de “Pajarito”, lugar donde se sabía lo que pasaba en el mundo… y entonces, echándose uno más para atrás en el asiento de cuero, hacía de la “paja” que hablaba una filosófica consideración en la discusión sin fin de contrariar si la casa de mi abuelo Hernán estaba pintado de amarillo o de verdecito…O si en la botella de Ron Blanco venía un hombre pintado con un filoso machete en la mano tumbando caña o cogiendo algodón en Codazzi… O si el toro que Aquileo Molina había sacrificado para el expendio publico aquella mañana, pesó 20 arrobas o 18…Y entonces vienen a mi mente las imágenes del San Juan que no agacha el dedo… Imágenes, imágenes… como la vez en que Rafael Ángel, con media ricita en la cara, llevó donde “Pajarito” un par de botines y los dejó empeñados por una botella de ron y alguien dijo: -¡Ahora sí se jodió la vaina!… ¡No tendrá con qué ir a la fiesta! A lo que “Pajarito” dijo: -Bonito negocio… y sin embetunarlos. …Pero los recibió. Y entonces concluí que en la vida todo tiene trueque. Y por ahora, por ahora esto que aquí termina sin ganas de terminarlo, pero antes debo decir que la bruja de cartulina que había en la Cantina de “Pajarito” que era la misma de “la Niña Sara”, voló del lugar pero no de mi mente… |
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