*Nadie muere en la vispera, pero sí algún día.Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Cuando Aurelio de Jesús Morales Galvis, "Yeyo", como le decían en toda Baranoa, a sus 85 años de edad, después del último ataque de asma que sufriera se enteró aquel viernes 12 de agosto que nada más le faltaban cuatro meses y doce días para morir, resignado y pleno de razón dejó de beber pociones de ioduro de potasio, de bromuro y extracto de opio y, entonces, impulsado por la aplastante realidad, a fin de evitarse imprevistos y "correquetecojos", sin que sus familiares lo supieran, por la suma de $ 35.000, pesos se mandó a hacer su propio ataúd con Juan José, el carpintero del pueblo. Sin alarmarse, sin extrañeza alguna, con la compostura de un veterano del Ëjercito Nacional y cuadrándose firme como en los tiempos en que siendo soldado sobreviviera a las emboscadas de "Sangrenegra" y "Tirofijo" en los montes de Cajamarca, departamento del Tolima, adoptando la colaboración de quien con gusto ordena a su sastre la confección de una camisa y un pantalón, "Yeyo", hundido en su propio alivio, se dejó tomar las medidas. |
Había previsto aquel momento. Lo esperó por muchos años y por eso, sin menor prisa, conocedor como el que más, "Yeyo" escogió para su ataúd la mejor madera y sin argumento anticipado no propuso un modelo de lujo porque le costaba más, y a él lo que le interesaba era que lo ordenado le sirviera para dejar este mundo con precisión calculada envuelto entre espesas nebulosas de paz y lejendarios coros gregorianos de tranquilidad. Cuatro días después, con el asombro de su mujer y de sus tres hijas, susurrando algo entre sus escasos dientes, manso de corazón y diríase también que hasta satisfecho y contento, "Yeyo" recibió su caja mortuoria augurándose al verla un viaje feliz y directo a la otra vida. -No vale mucho morir, un poco menos de $ 40.000 pesos, y deja uno este mundo sin ser estorbo para otros- pensó. ...Pero he aquí que el encanto inicial de "Yeyo" se acabó muy pronto porque, llegado el féretro a su casa, luego de examinarlo con detenimiento, acostándose dentro de este para medirselo, lo encontró estrecho, muy ajustado y severo para sus dimensiones. Lo sintió, además, algo duro, falto de suavidad y ofensivo a sus nalgas y al tacto. No quiso dar importancia al caso pero, siendo razonable y diciéndose que cuando uno va a morir debe morir bien, le defraudó el hecho de no poder gozar de su propia comodidad después de muerto, condición humana a la que, desde luego, tenía derecho por pudor y dignidad y, por ello, desencajonándose con esfuerzo, ya de pie, lanzó un suspiro y ofendido, con la mirada fija en el ataud, dijo: -No joda, nada más esto me faltaba...Que el cajón no me quedara bueno. ...Y en consecuencia, "Yeyo" se sintió arruinado y estafado, pues Juan José, con elogiosas palabras le aseguró que había seleccionado una buena madera y que perdiera cuidado, que le prometía un trabajo de calidad y de primera; pero no siendo así, sentenció que su ataúd, en tales condiciones, era caro. No pudo "Yeyo" esperar hasta el día siguiente y viéndose muy viejo para buscar enredos y pleitos, sin violencia y más lúcido que nunca, estas plabras transfirió con Juan José, el carpintero, en el taller de este: -Aquí estoy para decirte que me probé el cajón y no me quedó bueno. Imagínate...si no quepo en él ahora que estoy vivo, ¿cómo será cuando me atiese? Recuerda que el muerto crece- señaló con aire indefenso al tiempo que, en medio del molor a cola pegante, agregó: Allá en la casa dejé tu romántico cajón guardado entre las tirantas del techo esperando difunto. Yo no soy carpintero. En mi vida nunca he cogido un martillo. Fui soldado y después boticario, pero lo que sí te puedo asegurar es que hay quien trabaje cajones mortuorios menos martirizantes que los tuyos. "Yeyo" se derrumbó sobre un taburete que le ofreció Juan José, quien, sin contestarle, le escuchaba porque ante una persona que tiene los días contados toca darse por entendido cerrando la boca por dentro y por fuera. -No sé que te pasó. En algo fallaste...y yo que ya me hacía a la idea de que en mi ataúd me vería admirable... como pez en el agua... acostado boca arriba y oyendo claritico los pésames hipócritas de quienes fueran a mi velorio porque...¿sabes una cosa?...por ahí diecen que el muerto no ve pero sí oye...Y yo que me figuraba los gritos de mi mujer y de mis hijas llorándome desconsoladas y diciendo lo que todas las viudas y las huérfanas dicen ante el rígido cadáver de su esposo y padre: que van a quedar desvalidas en la tierra porque tan bueno que era uno. Juan José, paciente escuchaba al viejo; hizo una pausa en su labor aquella tarde llegando a estimar que "Yeyo" gemía era de desolación y siempre, sin contestarle nada, lo volvía a mirar por un momento en tanto el anciano, de vuelta esto le decía: -Ten más cuidado la próxima vez. Debes hacer los cajones un poco más anchos y de tapa más alta. Procura que en tus ataúdes las personas no nos veamos tan extraños y como si no quisiéramos morir. Censurable me pare eso Juan. Cuando uno muere, muere y ¡Zas!... se acabó... que ya habrá quien lleve a uno en hombros al cementerio porque el muerto hiede. Sin alterarse, el carpintero, algo encogido de hombros, seguía escuchando a "Yeyo" quien, como un baúl abierto, con sus palabras dejaba oír y ver lo que sentía por dentro. -Debo decirte que después de reparar en tu trabajo he sacado las peores conclusiones. Por ejemplo, no amas tu trabajo y haces a los futuros difuntos unos cajones de cualquier manera porque, como el muerto no siente, que se joda...pero conmigo te fregaste. Ves averlo, hasta puntillas por fuera le dejaste al mío. Lo que soy yo ahí no me encajono. Se que voy a morir. Sé que me quedan cuatro meses y doce días para ello y te sobra tiempo para hacerme otro sin carreras y como Dios manda pues ya está pago. No todo en la vida es dinero Juan José. Tu obligación al hacer ataúdes es que los difuntos se vayan en ellos bien muertos, es cierto, pero contenstos no joda. Entonces el carpintero asintió con la cabeza, se puso una mano en la barbilla, en la otra cargaba una escuadra y un metro y, sin indignación alguna, dejó a "Yeyo" decir estas otras cosas: -Sólo me falta decirte esto: Ves a mi casa y recoge ese cajón e intenta hacerme otro que me quede bueno y todo volverá a estar en su sitio. Yo te prometo que si en el nuevo ataúd quepo con comodidad, te escribiré antes de morir una carta de gratitud y copia de la misma enviaré a los venideros difuntos del pueblo presentándote en ella como hombre cumplido y modelo de carpintero. No se te olvide, soy "Yeyo" tu amigo sincero. ...Y cuentan en Baranoa los hombres dignos de fe que al día siguiente, sin tiempo para ajustar con Dios las cuentas del alma, víctima de una desentería aguda que no tuvo bismuto que la parara, en la caja mortuoria de "Yeyo", ellos llevaron a enterrar a Juan José, el carpintero del pueblo, y que de Aurelio de Jesús Morales Galvis leyeron los carteles de muerto cinco años después.
Walter E. Pimienta Jiménez
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