
Entre unos y otros pudimos llegar a un análisis en positivo de aquellos años, de aquel tiempo transcurrido, que para todos fue tan fecundo por la diversidad de actividades que se fueron poniendo en marcha. Así nos fueron recordando las actividades de atletismo y balonmano con don Manuel y sus trofeos; el coro mixto de voces blancas y el conjunto de flautas con don José; la rondalla y el himno de la Escuela Hogar con don Francisco, el Director; el baloncesto y las lecciones de cine y los cinefórums con José María; el taller de maderas de desecho que se convertían en maderas nobles con don Francisco; el laboratorio de fotografías con don Miguel, por el que pasaban los mayores en pequeños grupos; las representaciones teatrales de cada año; las labores de plástica y de costura con Regina, Carmen, Ana Teresa, Trini... así como las clases de Sofía, Esperanza, Iris, Elvira, Ana, Félix, Javier, José, Aquilino, Ildefonso, Francisco, Gertrudis... También nos recordaron cómo estaban entonces encantados con la decoración de la Escuela Hogar a base de pinturas murales como la divertida del salón de actos y las que culminaban los frontones de las puertas y ventanas de la galería de la planta baja, a propuesta de don Miguel... ¡Cómo iban a olvidar los bailes organizados algunos fines de semana en que bailaban todos, chicos y grandes! También podemos añadir que las clases eran mixtas, coeducativas, cuando casi todos los colegios discriminaban todavía por razón de sexo (la dictadura imperaba aún), como hacen ahora en el siglo XXI algunos coles concertados que se han sacado de la manga el eufemismo de “educación diferenciada”, que no deja de ser discriminatoria y por tanto anticonstitucional. Todos y todas nos hicieron reconocer que aquella Escuela Hogar era más un Hogar que una Escuela. Y es que aquella Escuela Hogar no era un internado al uso, como otros laicos o religiosos. Cuando nos dispusimos a pasar al comedor, dos maestros nos organizaron amenamente en dos filas, de “niñas y niños”, al toque de unos silbatos. En el comedor todo estaba perfectamente organizado desde la misma entrada. Además, tras la comida, se pasó a las sorpresas del día, que fueron exquisitamente presentadas por Carmen Castillo, alma de la organización de estos nuestros reencuentros. José María nos ofreció una breve velada poética con la lectura tanto individual como colectiva de algunos de sus poemas. También un antiguo alumno, Antonio Núñez Azuaga, nos leyó un capítulo de su libro “Cuentos para una tarde de verano”. Entre otras muchas actividades pudimos presenciar una exhibición de baile de salsa a cargo de Francisco y Gertrudis, así como otras manifestaciones de distintas clases de bailes más modernos, que fueron desarrollando antiguas alumnas de aquellos tiempos, a caballo (“militar”) entre la dictadura y la democracia. Como colofón nos hicimos unas fotos de hermandad en el patio, para recordar un día pleno de miradas al pasado, pero sin perder la vista que siempre tenemos que tener hacia el futuro, porque la memoria no nos debe impedir seguir con los ojos más abiertos que nunca, porque los tiempos que se avecinan no se van a mostrar fáciles, según nos vamos percatando, para vivir y convivir. Y ¡cómo no agradecer que nadie nos tildara de “yayos” a los maestros! La Educación de verdad no pone etiquetas ni dispensa capillismos, porque es responsabilidad de todos seguir juntos. josemª
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