- Vigilen que esas gallinas no se les mueran antes de llegar a Barranquilla; no quiero llevar animales muertos en el bus- nos advirtió Napoleón, el cobrador de los pasajes. - Son inmortales- le contestó mi madre. - ¿Inmortales? Las de mi mamá no le amanecieron vivas. La peste se las llevó todas- contestó él, con voz de desánimo y burla. - Verás que sí las vendo- le ripostó mi mamá. - Ojalá y se salve siquiera uno de los que se las coma- auguró burlón y bromista Napoleón contando billetes y regresando vueltos de la paga a los demás pasajeros. Abriéndose paso por la sinuosa y tortuosa Carretera del Algodón, procedente de Juan de Acosta, el bus que manejaba Marcial Cantillo (“Vacaloca”), llegó a Barranquilla y con las aves de corral cargadas en andas, nos bajamos de éste en la carrera 38 con calle 72, más exactamente en el conocido y emblemático tanque del barrio Las Delicias. Ya en tierra, mi mamá, en sus mejores días de “comercianta”, con un “apúrate que todavía están vivas”, emprendió conmigo la apremiante venta sin reconocer a primera vista cuáles gallinas eran las más delicadas. A las quince gallinas, poco a poco, se les acababa el mundo, y como las llevábamos boca abajo, botaban agua por el pico. La más vieja, de plumaje negro, con cara de gallina abuela, cerraba y abría los ojos como si tuviera sueño. Yo oía que mi mamá rezaba con una angustia queda… Y de pronto, he aquí que sin pregonarlas, diciéndole al comprador que eran criollas y de pueblo, alimentas con millo y maíz, vendimos la primera a un tipo que tenía cara de yugoslavo. Alegre, quise recitar de memoria un pregón de venta que me había inventado, pero me daba pena. Llevada por el entusiasmo de la primera venta que persignándose hizo en nombre de Dios y sin saber si éramos infractores de la sanidad, en una bonita casa quinta del mismo sector, sin reparos nos compraron tres . - Miré, señora, qué lindas… estaban estudiando pa’ pavas. Ya iban por el quinto semestre en la universidad de Juan de Acosya- dijo mi madre entre sonrisas a la satisfecha y contenta compradora. Once gallinas nos sobrevivían sin saber, ni ellas ni nosotros, en qué momento, ya no en el gallinero de la casa sino en las desconocidas calles de Barranquilla, como gallinas en patio ajeno, morirían. - De que las vendo, las vendo, así me toque ir a Cartagena- se dijo mi mamá dándose vida ella misma y de paso a sus casi agonizantes emplumadas. Llevando la incertidumbre de una catástrofe avícola cargada en los hombros, repentinamente fuimos interceptados por un grupo de señoras que salieron de la Iglesia de San Francisco vestidas de oscuridad y con unas medallas del sagrado Corazón colgándoles del cuello, Estas, con vos de salvación nos llamaron y compraron tres más, diciendo que le ofrecerían el sábado un suculento sancocho reparador al padre Gabriel quien al parecer, por lo que escuché y por achaques de salud que padecía, ya era un caso perdido… pero quién sabe...Ahora nos quedaban ocho. Al paso, porque la misericordia de Dios funcionaba y no nos abandonaba, un señor de sandalias, compró dos. Decía que eran para una amiga con la que bailaba vals en los espectáculos culturales que en esos años presentaban en el Teatro Metro. Estaba a la moda el señor. Lucía poblado bigote silvestre, de cabellos canos alborotados, de pantalón a rayas con cargadores y una camisa de color equivocado. Parecía un tipo de dinero porque ni rebaja nos pidió en el negocio. Por sed; queríamos agua, y por descansar un momento y por un cumplido infaltable, con las seis gallinas restantes, llegamos donde mi tía Julia, hermana de mi mamá, quien vivía en el mismo sector. Aquello fue el alborozo de dos hermanas que hacía rato no se veían; fuimos recibidos con halagos y refrescos y entre ellas se conversaba ahora de lo apremiante que era vender cuanto antes las gallinas que faltaban. Era determinante que éstas, si en verdad tenían peste o no, murieran en manos de sus compradores antes que en las nuestras. A mí, aquello no me parecía muy noble, pero no tenía ni voz ni voto para considerar algo en contra… Coloqué las seis gallinas aún amarradas en el piso del patio de la casa de mi tía. La negra estaba triste… lo confieso ahora… qué triste es ver a una gallina triste… A la blanca jabada, la cresta se le había puesto algo negra. El resto respiraba con dificultad y se les había amorsillado un poco el cuello, no paraban de echar agua por el pico y me parecía que pataleaban arrepentidas de no haber muerto antes en las garras de un gavilán en lugar de ser llevadas en forma colectiva por la sombra de una inconfirmada peste. Pretendí decirle a mi mamá que les diera suero; el suero, oía decir en ese tiempo, servía para todo; pero dándome ánimo sacado no sé de dónde, me dije: Las gallinas de mi mamá, mueren de pie… La ciudad, en sí misma, ignoraba que mi mamá y yo, por sus calles vendíamos gallinas quizá enfermas o quizá no; pero ella, tranquila y como si nada, sin tiempo que perder, por insinuación de mi tía Julia, conmigo se dirigía a la Clínica de la Asunción donde se sabía que con caldos de paloma y de gallina de pueblo, los enfermos se recuperaban y entre susurros de moribundos pedían más sopa recuperando enseguida la palabra perdida y salían a los jardines de aquel centro médico a ver el cielo en medio de una primavera de aire renovado y flores de siempre estar. Hasta allí, consideré que haríamos bien a los pacientes si por su salud vendíamos algunas gallinas a las religiosas que dirigían la institución…, ¿pero qué tal si éstas, en efecto, tenían peste? La verdad, con aire ausente y algo preocupado, acompañaba a mi mamá a la clínica pensando en que si uno está enfermo, lógico es muera por causa misma de la enfermedad que se padezca; de pronto hasta por efectos del clima o, incluso, por haber cogido una rabia muda; pero nunca por haberse comido un suculento sancocho de gallina criolla de la que inocentemente nadie sabía estubiera apestada. Di un último vistazo a las gallinas creyendo que ya estaban muertas, pero no. Parecía más bien que tenían asma averiguando dónde había aire. Les queda poco tiempo, estimé. El caso fue que, entre dos extremos, la vida y la muerte, la Madre Religiosa Sor Lucía, española ella por su tono de voz, al ver las gallinas enloqueció de entusiasmo y, lejos de sospechar cualquier cosa, las compró todas confiada en la gordura y en el concejo de mi madre al decirle: - Dan un sancho que revive a un muerto y son de carne blandita, de poco fuego. Las vendo porque no tienen gallo y pueden morir aburridas de soledad. Sin más indicaciones, sor Lucía pagó las gallinas y franca y simpática, con alma de santa, hasta nos dio las gracias por tan oportuna llegada a donde éstas se requerían con urgencia. Acción seguida, mi mamá me dio una mirada que traducida en el lenguaje de la prevención materna y sin correa en la mano quería decir: “quédate cayado” aunque mi rostro expresara otra cosa… Y saliendo de allí apresurados, con otro… “apúrate que nos van a coger presos. Vayámonos para Juan de Acosta en el primer carro que pase”, sin que ella tuviera presente la posible gravedad de los hechos, vendió sus quince gallinas sin ser depositaria, hasta ese momento, de ninguna presunta muerte. ¿De qué hablará esta crónica a continuación?... Se preguntarán ustedes; pues de mi profunda intranquilidad al día siguiente, y, en consecuencia, al mediodía, luego de regresar de la escuela, intrigado y moviendo para uno y otro lado el dial, comencé a buscar en un radio Philips que teníamos la segunda emisión del noticiero Forero Sanmiguel Informa. - ¿Qué tienes? ¿Por qué estas así? ¿Te fue mal en la escuela?... Habla- me inquirió. Su exigencia me hizo recordar lo del día anterior y siendo así, con voz de asustado y lloroso, le dije: - Es que estoy buscando la noticia en que digan que los enfermos de la clínica donde vendimos las gallinas, por culpa de nosotros, se murieron todos…Acuérdate que Napoleón, el de Arcelia, nos dijo que ojalá y se salve siquiera uno de los que se las coman. Como entenderán, ni lleguen ustedes a imaginar siquiera que lo de mi viaje a Barranquilla ese día, para ayudar a mi madre a vender sus gallinas pecadoras por ser gordas, fue un cándido y delicioso paseo porque cuando dije lo anterior, larga y diligente y como para acabar ahora de contarlo, con decisión de regaño que no olvidaré nunca en la vida, hago memoria hoy de que esto, de manera tajante y dictatorial, ella me dijo;: - ¡Tú eres pendejo¡… ¡Nada ha pasado¡… ¡Ya se supiera¡ ¡No ves que lo que no mata engorda! …Y entonces, desde esa vez entendí que la verdadera vocación futura de mi vida sería escribir y nunca convertirme en un mal vendedor de gallinas.
Walter E. Pimienta Jiménez
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