
Dicen que el nacionalismo es un sentimiento. Un sentimiento que los que intentamos apreciarlo desde fuera no entendemos en toda su dimensión, y los que lo tienen no consiguen transmitirlo de una forma inteligible o al menos empática.
A mi juicio los sentimientos se comparten, no se imponen; y el nacionalismo catalán se nos pretendido imponer de una forma ladina, torticeras y programada. Durante más de treinta años, además de utilizarlo como moneda de cambio insolidaria para obtener beneficios, bajo la amenaza de “que viene el lobo”. Pues bien “el lobo” ya está aquí.
Las amenazas, los chantajes, las extorsiones, la prevaricación y hasta el chalaneo continuo parecen haber llegado a su fin con la declaración de la mítica independencia. Una independencia sin contenido y sin futuro que se ha escenificado al margen del resto de los catalanes que no comparten el mismo sentimiento, y a espaldas del resto de los españoles.