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Razones ecológicas y consideraciones políticas
“Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del reflejo del agua, ¿cómo podréis comprarlos?” *

Eduardo Saez Maldonado. 23.05.07 

Históricamente el hombre ha tomado de la naturaleza lo que ha necesitado para su provecho, tal y como han hecho todas las especies de seres vivos que comparten con nosotros este planeta. El descubrimiento del fuego puso a nuestra disposición el aprovechamiento de una energía distinta a la propiamente muscular, única disponible hasta entonces. Otras revoluciones como la invención de la agricultura y, posteriormente de la metalurgia permitieron al hombre alterar significativamente su entorno físico. Sin embargo, lejos de ser un problema, esto no ha sido más que la evolución normal de las interacciones entre los habitantes de la Tierra y su entorno. Pero el desarrollo cultural del hombre provocó que llegara a un momento crítico, quizá uno de los más decisivos en la historia de la Tierra: la Revolución Industrial.

El hombre aprendió a utilizar la energía solar latente en los restos vegetales fosilizados desde hace millones de años para mover ingenios capaces de realizar un trabajo muy superior al posible hasta ese momento. Desde entonces hasta ahora, en menos de dos siglos, la explotación de los recursos naturales y la generación de residuos por parte de la pequeña parte de la humanidad que se pudo subir al tren del desarrollo, ha llegado a ser insostenible y la capacidad de nuestra tecnología de alterar la superficie de la Tierra es ya sobrecogedora. El planeta no es ya capaz de amortiguar el impacto producido por nuestra civilización.

La actual ideología neoliberal imperante en el mundo civilizado se sostiene en el paradigma de que los recursos naturales son infinitos. Esta premisa, que pudo considerarse cierta en las épocas preindustriales a efectos prácticos, y que fue asumible hasta bien entrado el siglo XX, es peligrosamente falsa en la actualidad. El crecimiento desbocado hacia el infinito, que es otra de las premisas necesarias de nuestro sistema económico, está demostrando que los recursos no son eternos, y muchos de ellos están dando síntomas de agotamiento. El más evidente es el petróleo, que independientemente de cualquier consideración de tipo climático, generará en breve una enorme crisis económica de repercusiones imprevisibles a medida que se vaya agotando y, por tanto, encareciendo.

El interés por conservar los cada vez más escasos lugares aún no destruidos, por reciclar todo lo posible para disminuir la demanda de recursos vírgenes, por hacer un uso racional del agua y la energía, por buscar e incentivar el uso de energías renovables que nos permita abandonar nuestra absoluta dependencia de los combustibles fósiles etcétera, es una inquietud cada vez más generalizada. Esto, sin embargo, es visto con suficiencia por aquellos que tienen la responsabilidad de gobernarnos (nuestros representantes) y que están convencidos de que no son más que tonterías de cuatro iluminados ignorantes que no saben qué es lo que realmente les conviene, que no es otra cosa que la creación inmediata de riqueza a costa de lo que sea. Sin embargo, cada vez son más los que militan en el respeto al planeta, los que creen que hay que cambiar nuestro modelo de desarrollo cuanto antes, los que están convencidos de que en nuestro entorno, en nuestro país, en nuestro planeta existen muchos lugares ecológicamente interesantes, bellos y/o de alta biodiversidad que deben ser conservados antes de que sea demasiado tarde, aunque esto suponga un freno en el enriquecimiento inmediato de unos pocos y en el crecimiento ilimitado de nuestra economía. Y cada vez hay más razones que apoyan esta utópica visión del mundo.


RAZONES DE TIPO “CULTURAL”

Nosotros no somos los dueños de los recursos, sino que forman parte del Planeta y son testimonio de su naturaleza e historia. Nadie destruiría la Catedral de Málaga aunque los sillares que la componen sean de magnífica caliza, ideal para ser utilizada en las próximas obras del puerto y aunque esto supusiera un enorme ahorro de dinero en transporte ya que está al lado. La catedral es bella en sí misma, es un testimonio de nuestra historia, un patrimonio de la humanidad y debe ser conservada. Como el Lince que resiste en Sierra Morena o el Pinsapo en la Sierra de las Nieves, y que sucumben inexorablemente a la presión ecológica de nuestro modelo de desarrollo que ahoga sus necesarios espacios vitales.


RAZONES DE TIPO MORAL

¿Con qué derecho llevamos a la extinción a las especies que conviven con nosotros? ¿Es nuestro desarrollo más importante que su existencia? ¿No somos nosotros, al fin y al cabo, parte de la biosfera? ¿Tendrían derecho los habitantes de lejanos planetas a venir y explotar nuestros recursos por la fuerza (como siempre hizo Occidente en sus colonias) o incluso a exterminarnos en su provecho (como se hizo en concreto con los indígenas norteamericanos)? Nuestra responsabilidad con un planeta que ha posibilitado nuestra evolución biológica y nuestro desarrollo cultural e intelectual nos obliga moralmente a ser respetuosos con nuestro entorno ecológico y a hacer lo posible para la conservación del mismo, que al fin y al cabo es nuestro único hogar. Por otra parte, tenemos también la obligación de implicarnos en la salvación de los pueblos que, tras el abandono colonial de occidente se desangran ante nuestra opulencia indiferente e interesada. La globalización (que es sólo económica, pero no social) supone la potenciación del flujo de energía existente desde los países pobres a los ricos, necesario para el mantenimiento de esa diferencia que alimenta nuestro bienestar a la vez que la miseria del tercer mundo. Y esta obligación moral no es sólo ya de origen ecológico (que también) sino puramente ética.


RAZONES DE TIPO PRÁCTICO

La extinción de especies limita las posibilidades de desarrollar fármacos o aplicaciones útiles para la humanidad. Así, el enorme desarrollo de la Biología Molecular se debe a un enzima que fue aislado de una bacteria que vivía en condiciones extremas de temperatura. De haberse extinguido no hubiera sido posible la actual Biotecnología. Hace poco leímos en la prensa que una especie de rana tropical tenía la sorprendente capacidad de albergar en su estómago a sus renacuajos lo que implica que son capaces de inhibir la digestión selectivamente. Cuando un grupo de científicos fueron a buscar ejemplares para desarrollar el enorme potencial terapéutico de esta fascinante adaptación metabólica no encontraron ninguno. La rana se había extinguido. La presión a la que hemos sometido a nuestras selvas tropicales nos dejará sin saber los avances que el fabuloso anfibio nos hubiera proporcionado.
Por otro lado, la creciente disminución de la diversidad de especies cultivadas, hace que seamos más vulnerables a posibles plagas que las afecten lo que, unido a la disminución general de la biodiversidad, limita las posibilidades de encontrar en el futuro, en caso de ser necesario, especies que puedan ser utilizadas como alimento. Esto se une al control que las grandes empresas multinacionales del sector agrario tienen sobre la venta de semillas al promover el cultivo de especies genéticamente modificadas que son además estériles. Con ello, y disfrazándolo de grandes beneficios para la humanidad, lo que consiguen es el control cada vez mayor del importantísimo sector agrícola.

Finalmente, el modelo energético basado en la quema de combustibles fósiles en que irresponsablemente hemos fundamentado el modelo económico de crecimiento ilimitado, junto a la brutal e irrefrenable deforestación de la superficie de la tierra, está lanzando a la atmósfera una cantidad de CO2 tan grande y en tan poco tiempo, que no somos capaces de predecir las consecuencias que tendrá en un futuro cada vez más cercano. Hace tiempo que empezamos a oír voces autorizadas preocupadas por las catastróficas consecuencias que se nos vienen encima, no ya sólo medioambientales (que eso importa poco a nuestros gobernantes) sino también, sociales e incluso, según estamos leyendo últimamente, económicas a nivel planetario. Esto por no hablar de la desestabilización política y social que sufrirá nuestra sociedad a medida que el petróleo se vaya agotando y las guerras por su control se recrudezcan. Pero las medidas que se toman son claramente insuficientes. Últimamente los países de la Unión Europea acordaron que para el año 2020 el 20% de la energía se obtendrá de forma renovable. Es un paso, obviamente, pero no solucionará gran cosa (y eso en el caso de que se cumpla). Necesitamos más: una revolución energética, un cambio radical en nuestra manera de entender el uso de la energía y en la manera de obtenerla. Se dice que la energía solar es cara. Pero sólo lo es si no se consideran los perjuicios ecológicos que la combustión de combustibles fósiles produce. Si éstos se tuvieran en cuenta tendríamos que considerar la energía solar como la mas barata de todas.

Las civilizaciones no son eternas y nuestra Civilización Occidental, ya con síntomas de decadencia, puede llegar a colapsar (como ya ocurrió a otros imperios) ya sea por su propia degradación moral interna (creciente), como por los desajustes socioeconómicos que sin duda serán producidos por el agotamiento de los recursos y por unas catástrofes naturales cada vez más frecuentes, o incluso por la presión de los hambrientos del tercer mundo cada vez más informados e inconformistas. O por las tres cosas a la vez.

Y son estas razones prácticas, ya que no aquellas más etéreas, las que deberían hacer pensar a nuestros gobernantes que es en sus manos en las que está el futuro del planeta. Del único planeta que tenemos. Pero no sólo a nuestros gobernantes, sino también a nosotros mismos que, con nuestro ejemplo y actitud inconformista podemos demostrar que verdaderamente “otro mundo posible”, arrastrando así a nuestros representantes a actuar. Y debemos ser conscientes del poder que nos da el hecho de ser cada vez más numerosos, que es lo único que hace reflexionar a los políticos,  y de que pacíficamente, en una sociedad democrática, podemos empezar por apartar del poder a aquellos políticos que con sus hechos (con las políticas que han desarrollado desde que tenemos memoria) han demostrado un absoluto desprecio por su entorno y por sus semejantes, actuando sólo para favorecer unos siempre ocultos intereses. En Alhaurín de la Torre, sin ir más lejos, tenemos claros ejemplos de los criterios con los que se mueven los grandes partidos. El PP sigue defendiendo un desarrollismo demagógico devastador y el PSOE, llegada la hora de la verdad, elimina de sus listas a los elementos que amenazaban el desarrollismo demagógico y devastador.

Sin embargo, las políticas que han de desarrollarse en el futuro deberán tener en cuenta ineludiblemente criterios medioambientales. Algo está empezando a cambiar. Y no debemos olvidar que somos nosotros, y nadie más, los que cada cuatro años elegimos a nuestros gobernantes. Y que tenemos la responsabilidad moral, con nuestro planeta, con nuestros semejantes y con nuestros hijos, de hacerlo con la mirada puesta en el horizonte.

* Cita extraída de la premonitoria respuesta que el Gran Jefe Indio Seattle (jefe de una de las últimas tribus autóctonas de Norteamérica) dio en 1885 al presidente de la nación invasora cuando pretendió comprarle sus tierras.

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