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Las tradiciones | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 27.08.17 | |  A todos los seres vivos, y especialmente entre nosotros no nos guían solamente las fuerzas genéticas. El proceso de humanización ha tenido su despliegue desde tiempos en los que no tenemos memoria, ya que la memoria no contaba con técnicas mínimas para darnos noticias de este largo camino de vida y vivencias. Cuando encontramos vestigios de nuestra presencia en el planeta, ya sabemos que la labor y la laboriosidad ha sido muy amplia y larga. Primero serían solo huellas y materiales y ya, bastante tarde, algunas pinturas y artesanías que habían hecho madurar nuestro cerebro además de desarrollar nuestra inteligencia. Hace bastantes años Edward Wilson nos hizo una propuesta de comprensión de nuestra humanidad con su “sociobiología”, que nos concedía un respaldo científico a nuestro comportamiento animal colectivo. Es él quien asigna a la cultura un peso específico en la consistencia de nuestra especie, pero evitando una interpretación determinista se muestra verdaderamente pluralista y, en todo caso, si hay alguna fuerza determinante en nuestro ser es precisamente a favor de la la construcción de la cultura. Hoy lo tenemos claro, pues es enorme la cantidad de manifestaciones culturales en todos los pueblos y etnias de la Tierra. | En todas las manifestaciones culturales hay hitos que parecen haberse consagrado con el paso del tiempo y, lo que es más fuerte todavía, como si esas manifestaciones arrancaran desde la noche de los tiempos, cuando precisamente había poca cultura y la que se manejaba era al servicio de la supervivencia. En principio, las tradiciones no tienen nada de malo, a no ser que en el devenir de la naturaleza humana hayan consolidado verdaderas salvajadas, que, quizá, en su momento no tuvieran tanto rechazo. Siempre nos resultaron emblemáticas la crueldad de los asirios o la dureza de los espartanos. También existió una tradición de echar cristianos a las fieras o hacer ejecuciones públicas a manos de la Inquisición o de la Revolución Francesa. Hoy sabemos que esas tradiciones no existieron siempre, sino que fueron hijas de un momento histórico y que ya también tuvieron su San Martín. Hay tradiciones que, como los desconchones, no tienen por qué ser eternas. Más de una vez hemos oído la expresión italiana “Traduttore, traditore”, refiriéndose a cómo el personal culto se aprovecha para darnos gato por liebre, si no estamos avisados. También podemos considerar del mismo calibre una frase que se nos ocurre y que podría concretarse en “Tradición, traición”. Veamos, pues las tradiciones surgen en un momento histórico, no son eternas, son hijas de su tiempo y de una cultura de otro tiempo. Su supervivencia estará supeditada a la oportunidad de mantenerse, porque comulgan con las consideraciones éticas y sociales que las dejen convivir con nuevos tiempos. Si en la naturaleza, todo cambia, tampoco tiene por qué tener fe de vida ni seguro de vida una tradición, que puede chirriar con la evolución ética actual o posterior. ¿En qué sentido una tradición puede ser una traición? Sabemos que una tradición nos sorprende siempre por la espalda (es lo suyo), desde unos tiempos pasados, que nos impiden mirar al lado y hacia adelante, en ese proceso de humanización en el que estamos viendo, con más claridad que nunca, una nueva ética, una convivencia más humana y en un medio más feliz, si cabe. Si la conciencia no se reviste de lucidez al hacer espectáculo de un derroche de alimentos (tomatina) en un mundo en el que faltan recursos, porque el hambre crece; si se derrocha agua, cuando estamos ya en medio de una seria sequía; si se hacen bromas de cámara oculta, cuando se está abusando de la paciencia de las personas; si se hace espectáculo de la tortura a un animal, cuya “fiesta” cada día goza de menos simpatías, podemos decir que tenemos el alma embotada y que hay que afilarla de dignidad para cortar los hilos que nos atan por la espalda y nos impiden avanzar. En democracia no hay libertad para todo, sino para construir una sociedad que convive en valores que pueden dispensar más dignidad y felicidad a cada uno de sus miembros, porque el diálogo y el contraste de pareceres nos hará más sabios y más cultos y no nos dejará expuestos a una conformidad con seguir siendo el “eslabón perdido” entre el mono y el “homo sapiens”, como nos manifestó, con cierta ironía, el ilustre Konrad Lorenz. josemª
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