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-Historias para ganarle al olvido-
Charles Atlas y yo ...
| | Cuentos y relatos globales. 13.08.17 | | *Aprende a decir no a la publicidad, te valdrá más que saber latín. Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- En la contra caratula de los paquitos que Josefa en su tienda “EL TRIUNFO” por quince centavos me alquilaba, en calzoneta blanca, venía retratado Carles Atlas. Ofrecía cursos por correspondencia para que uno fuera como él. Con el paquito a mi alcance, tenía siempre la sensación de estar frente al fortachón de la llamativa ilustración saludándonos con un fuerte apretón de manos, acción de la cual salía más dolida la mía según de fuerza poseía la fornido personaje que hasta músculos de acero en las orejas tenía. Cuando vi a Charles Atlas por primera vez, tendría yo unos diez años de edad y pensé enseguida que de buscar ese tipo peleas callejeras por ahí, para ponerlo preso se necesitarían por lo menos ocho policías que le amarrasen como a un toro, y que los atrevidos gendarmes no fuesen unos alfañiques iguales a mí sino unos cipotes zamarros de hombres como decía mi tía Carlota. | En la pubertad y saliendo de niño, mirándome al espejo, me afligía por el hecho de ser flaco, casi un enclenque, y me preocupaba porque siendo así, nunca tendría novia…Y lo confieso ahora; pensando en cómo buscarle peleas a los compañeros más grandes de la escuela, pensé en tomar el curso que anunciaban los poquitos llenando con bolígrafo y sin permiso de la dueña del comic, un cupón que así decía y que estos datos exigía: Nombre completo: Walter Enrique Pimienta Jiménez. Dirección: Calle de El Repaso (diagonal a la casa de Conchita). Municipio: Juan de Acosta, Departamento del Atlántico. País: Colombia. Edad: 10 años. …Mas no pude comprar la historieta para recortar el cupón y mucho menos tenía dinero para mandarlo por el correo. El bono decía, en una nota aparte, que el curso completo duraba un año, entregándole al comprador, por la suma de 30 pesos, 14 folletos ilustrados con clases de 15 minutos al día y una carta firmada por Charles Atlas reconocido que el estudiante había llevado a cabo los ejercicios de tensión dinámica, consistentes en dar a determinado músculo del cuerpo, el desarrollo que uno quisiera e imprimiéndole al mismo una dureza de acero…Todo ello con las preguntas y exclamaciones de la publicidad de entonces en tal caso: “¿Quiere ser usted un hombre de pelo en pecho?” “¿Quiere dejar de ser delgado y débil? “¿Se fatiga con el menor esfuerzo?” “¡En sólo quince días usted será un Carles Atlas! ¡Pruebe nuestros cursos y se volverá un hombre saludable, lleno de confianza en sí mismo y en su fuerza! ¡No requiere de aparatos mecánicos que lesionen su corazón! ¡No necesita ingerir píldoras! ¡Es toda una diversión! Leía y releía y miraba mis pobres bíceps, y me imaginaba de espalda ensanchada, de fuertes piernas y capaz de derribar de un pescozón al “Compae Chicho”, el hombre más robusto, fuerte y alto del pueblo… El tipo de la foto (Charles Atlas), era una estatua mitológica; miraba fijo y yo quería ser igualito…y en tal caso, en el afán de alcanzar mi ambición, pulseaba con otros en la escuela; a pulso y tirando cabuya, sacaba diez baldes de agua del pozo de la casa para llenar la alberca donde la vaca Regalito bebía; molía el maíz de las arepas; golpeaba el millo de las gallinas; alzaba en vilo cuanta piedra grande veía y ayudaba a empujaba carros varados diciéndome: “Si Charles Atlas me viera”… Vivía una fantasía sin lítes…Tanto que frente al espejo, en calzoncillos, ponía mis manos entrelazadas detrás de mi cabeza, inclinaba ligeramente el cuerpo, sacaba los pectorales, juntaba las piernas, alzaba un hombro más que el otro y al desesperado grito de mi madre diciéndome preocupada: ¡Te vas a torcer mijo!... al descubierto y visible quedaba el déficit de mis bíceps de latas…¡Qué decepción! No había oficio casero que no me sirviera de ejercicio físico, desde la llevada a la boca del pocillo de café con leche a la hora del desayuno, que era uno de ellos, hasta la de hurgarme con un palillo los dientes después de cada comita, el otro. Pero algo iba a ocurrir. Galo, mi vecino y compañero de escuela, crítico de mi “charlesatletismo”, llegó una tarde a mi casa con cara alegre para él y triste para la mía y, al rompe, me dijo: -Ujuuu…Charles Atlas no existe, es un invento publicitario; lo dijo Casimiro en una esquina de la Calle del Palenque. Casimiro era el notario del pueblo que todo lo sabía gracias a la segura erudición que le daban las lecturas de la Revista Life, Selecciones y Bohemia. -¡Qué va… si existe!- Le contesté. -¡Qué va…! No le gana en fuerza al hombre de la Emulsión de Scott que se rumanea en la espalda un bacalao como de 160 kilos- me respondió en tono impuro. …Y era verdad. Observador de la circunstancia, algo había pasado. Charles Atlas no salió más nunca en las contra caratulas de los paquitos que Josefa me alquilaba por 15 centavos. Nunca más salió su dimensión de cuerpo gigantesco y musculoso. Galo y Casimiro tenían razón…Charles Atlas era una fantasía que jamás había existido puesta al descubierto como un engaño publicitario y fotográfico. Ante aquello, me vine abajo en mi “charlesatletismo” y menguó mentalmente mi salud, a cada rato me daba catarro y me decía que nunca tendría novia ni hijos ni bíceps de acero sino de lata. Mi desilusión fue total. Ahora, en los comienzos de mi vejez, escribo esto y todavía me cuesta trabajo creer que Charles Atlas jamás hubiese existido… Y me acuerdo del cupón. Nunca levanté pesas. Mi cuerpo siempre fue el mismo. No se me cuadró la espalda. Me quede con mis bíceps de lata y, sin embargo, engendré tres hijos…
Walter E. Pimienta Jiménez
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