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El Impuesto de Sucesiones | | Eduardo Saez Maldonado. 06.08.17 | |  El tema del impuesto de sucesiones es algo que crea una enorme controversia porque parece “natural” que los hijos hereden de los padres. En España tenemos la especial circunstancia de que en cada región hay una normativa distinta lo que hace objetivamente injusta y discriminatoria la aplicación de este impuesto. No parece una cuestión compleja aunque ahora está en plena discusión, especialmente en Andalucía. La herencia es una tradición de derecho a la propiedad muy arraigada y que apela, por tanto, a los sentimientos primarios e innatos de posesión. “Yo hago con lo mío lo que quiero”. Alguna vez he sorprendido a mi perro cogiendo una barra de pan de la mesa dela cocina. Si lo sorprendo justo antes del “delito” es receptivo a la reprimenda y baja de inmediato las orejas aceptando su derrota. Pero si ya la ha cogido, lo más que puedo hacer es quitarle los trozos de barra que le sobresalen por los lados de la boca, pero lo que tiene mordido ya no lo suelta. “Esto lo he cogido yo y es mío”, parece querer decir (y de hecho dice). Nosotros tenemos un comportamiento, guardando las distancias de educación y urbanidad, muy similar en el fondo. | Hasta la llegada de las grandes revoluciones humanísticas (la francesa en particular, donde todo comenzó) nadie cuestionaba el hecho consustancial con la humanidad de que la propiedad estaba en manos de las clases privilegiadas que lo eran por tradición y que, independientemente de como hubieran conseguido el patrimonio (guerras, rapiñas, esfuerzo y trabajo duro, habilidad comercial…) las familias poderosas perpetuaban sus privilegios de generación en generación mientras que los plebeyos, salvo algún golpe de suerte, vivían ajenos a tales ventajas hereditarias. Esto es, por otra parte, el rasgo más característico que define a la derecha política: las clases sociales y los privilegios que arrastran son una circunstancia natural y lógica y no hay que tratar de oponerse a este hecho histórico inevitable. Sin embargo, las ideas que se iniciaron en las revoluciones comentadas, y que dieron lugar con el paso de los años a la izquierda política (no confundir el liberalismo social que nació con la revolución francesa con el liberalismo económico actual, que nació de la derecha política) empezaron a cuestionar algunas de estas bases paradigmáticas. Y se empezó a considerar que el ser humano, por el hecho de nacer, ya tenía unos derechos básicos que la ley debía proteger. En este sentido, uno de los logros históricos de la izquierda (que se ha de desenvolver en un entorno de capitalismo salvaje en el que no cree) es la implantación de un impuesto de sucesiones. Sus detractores aducen, más allá de los argumentos más viscerales que hemos comentado más arriba, que es volver a tributar por un ingreso por el que ya se ha pagado el impuesto correspondiente cuando se ha obtenido (no sabemos cuántas generaciones atrás). Sin embargo este impuesto tiene como objetivo paliar este acúmulo incesante y creciente de riquezas alrededor de las grandes familias históricas gravando las herencias de manera que, en cada generación, se devuelve a la sociedad una parte del patrimonio hereditario evitando así que las familias sean cada vez más poderosas (tanto que, como estamos viendo, llegan a condicionar las políticas estatales) contribuyendo a una redistribución social de la riqueza. Este impuesto, que debería plantearse con mucho sosiego y a través de un amplio debate social, tendría que ser muy progresivo de forma que el que herede un pisito de sus padres (o dos), no tenga que pagar nada; el que herede 10 pisitos, tenga que pagar un porcentaje no demasiado alto (no se… a lo mejor algo que le obligue a vender uno de los 10 pisitos para pagar el impuesto, quedándose con los otros 9); y el que herede un imperio inmobiliario con cientos de viviendas, locales y aparcamientos, con fincas cinegéticas de miles de hectáreas en Ciudad Real y porcentajes relevantes en acciones de Repsol, BBVA y Endesa, entonces que deba pagar un porcentaje importante de lo que ha obtenido por el hecho haber nacido en determinada cuna. Habría que arbitrar, además, medidas para evitar las artimañas elusivas habituales de que se sirven los poderosos para evadir impuestos como vemos todos los días. Y es que el fondo es una discusión filosófica porque cuestiona el paradigma indiscutible de que tiene más derechos (muchos más) el heredero del tercer caso que el del primero. Un derecho dinástico, de cuna y, por tanto discutible y modulable desde un estado que se plantee cuestiones de justicia universal. Hablamos, obviamente, de izquierda y derecha, porque aunque está de moda decir que son conceptos obsoletos (y si algo de obsoleto tienen, es por el tema ecológico, en el que aquí no entramos hoy) que se lo pregunten al hijo de un jornalero del campo andaluz cuando se cruce en la feria de Sevilla con el hijo de la Duquesa de Alba. Sin embargo, la demagogia y falta de reflexión nos está llevando a aplaudir las iniciativas de la derecha (de quién si no) encaminadas a abolir este impuesto de manera que hasta los trabajadores más humildes (o muchos de ellos) que difícilmente podrán dejar a sus hijos un piso hipotecado, defienden airadamente la supresión del mismo para regocijo de los poderosos que se deben estar muriendo de la risa. No se quién decía que no hay cosa más tonta que un obrero de derechas. Definitivamente la derecha está ganando esta batalla.
Eduardo Sáez Maldonado |
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