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Tu diario. Libertad de expresion

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In memoriam
Eduardo Saez Maldonado. 21.07.17 
Desde niño quise tener un perro. Mi madre nunca transigió porque opinaba que un piso no era sitio para un perro; “Cuando tengas tu casa, tienes todos los perros que te de la gana” me decía. Y eso hice, pero no cuando tuve mi casa, sino algunos años después, cuando dispusimos de espacio suficiente dando implícitamente la razón a mi madre. En nuestra tradición cultural de origen rural los animales eran considerados herramientas de trabajo. Los perros eran útiles para defender las propiedades, y no era fácil encontrar una persona con raíces rurales que se detuviera en relacionarse con su perro más allá de lo más elemental. Pero si alguien se toma la molestia de intentar comunicarse con su perro, de hablar con él, de mirarle a los ojos, de observar su comportamiento, entonces igual se sorprende. Quizás vea algo más de lo que esperaba encontrar. Y quizás establezca un vínculo emocional de una intensidad y de una pureza desconcertantes. Y que es, lo acepto, difícilmente comprensible para aquéllos que, por educación o por las circunstancias vitales, son ajenos a este sentimiento. 
Yo, que siempre los he observado detenidamente, que siempre los he admirado, aún me sorprendo de su cercanía, de su cariño, de su abnegación, de su fidelidad , de su paciencia infinita.
Una buena amiga me contó una vez que, cuando su perro murió, iba por la calle con síntomas evidentes de haber estado llorando cuando se encontró con un conocido que, percatándose de tal circunstancia, se interesó por el motivo. “Es que mi perro ha muerto” le dijo. Y su interlocutor le contestó aliviado “Ah, bueno; ¡qué susto me habías dado!”.  Mi amiga me confesó que hubo de hacer un enorme esfuerzo para reprimirse las ganas de estrangularlo que le asaltaron. Su amigo era, como tantas personas, insensible a las relaciones distintas de las humanas. Quizá pensó, irreflexiva pero irrespetuosamente,  que se comportaba como una niña pequeña. Los sentimientos son, por suerte o por desgracia, poco dependientes de la razón. Y eso es lo que los hace tan maravillosos, tan gratos, tan duros, tan enigmáticos.
La persona que nos la regaló nos la señaló en la camada de entre sus hermanos. “Llevaos esa”, nos dijo, “es la más espabilada”. Y no sólo fue espabilada. Kira fue una perra tremendamente cariñosa, siempre junto a nosotros, siempre acompañándonos, siempre demandando atenciones, siempre queriéndonos. Salir al campo era su mayor satisfacción. Allí, en la montaña, se sentía, como nosotros: libre, auténtica, feliz en su entorno primitivo, ancestral, como el lobo que, al fin y al cabo, todos los perros llevan dentro. Y nos lo transmitía, con esa mirada limpia, con esa inocencia salvaje. Gracias a esta común afición compartimos inolvidables paseos por las sierras cercanas, donde tantas piñas fue a buscar, donde tantas veces nos sentimos plenamente felices, hasta que los achaques de la edad le  impidieron salir y hubo de quedarse en casa.
Hasta que un día ocurrió.
Y nunca me podré quitar de encima el enorme peso de la responsabilidad de haber decidido su muerte…mientras me miraba.
Mi querida perra Kira. Descanse en paz.
Eduardo Sáez Maldonado
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