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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Comiendo con las manos | | Cuentos y relatos globales. 02.07.17 | | …Siempre habrá manos bien prestas para una comida en la mesa dispuesta Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Cuando mi mamá, de niño, me veía comer con las manos; es decir, usando apenas una cuchara de platina y jalando a placer el gozoso pedazo de carne frita, guisada o asada que completaba mi plato junto con una porción de “arroz volao”, dos tajadas de plátano frito, y dos o tres rodajas de bollo de yuca chorrerano, todo aquello complementado con un vaso de agua de panela...ah…y masticando ruidosamente, haciendo muecas y gesticulaciones, me decía: “Ves hoy mismo donde Josefa para que veas como come la gente”. …Y fui… ¡Y oh sorpresa la que me llevé! Los comensales del restaurante de Josefa, comían todos armados de cucharas, trinches y cuchillos, sin ensuciarse las manos y saliendo ilesos del peligroso lance… Comían o más bien almorzaban en el restaurante referido, entre otros, los profesores: Casalins, Álvarez, Torres, Henríquez y Acosta; el recordado padre Robles, el juez, de vez en cuando la telegrafista, los empleados de la Caja Agraria, los conductores y ayudantes de los camiones que traían de Barranquilla las bebidas gaseosas y la cerveza; algunos policías y ocasionales visitantes y vendedores de cosas (¿?), que en diligencias de negocios llegan diariamente al pueblo. | Sentado en uno de los tantos taburetes que la amigable mujer en el comedor de su casa disponía, calladito, y para aprender, lo vi todo. La escena me hizo recordar algunos coloridos cuadros vistos en la Urbanidad de Carreño donde la etiqueta y los códigos y costumbres de Versalles, en Francia, desde la corte de Luis XVI, quien igual que yo también comía horriblemente con las manos, enseñaban como comer “con las herramientas del caso”…pero que en mi infancia nunca ponía en práctica porque, con las manos y a satisfacción, veía comer a mis abuelos. Los comensales del restaurante de Josefa, a manteles, correctamente sentados a la mesa, sin poner los codos en esta y sin hablar, luego de bendecir la comida, con un punzante y penetrante trinche en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha, acuchillaban en fracciones la carne llevándola a la boca sin atragantarse y con el refinamiento magistral de los artistas que veía en el cine. Era admirable cómo sostenían en el tenedor el arroz sin que se les cayera un grano y todo aquello con la mayor sobriedad del caso… sin eructar, sin mirar el plato del vecino y usando la servilleta no para secarse el sudor sino para limpiarse la boca… Todo aquello con esta consabida y redundante advertencia general de Josefa: “Cuidao que el picante está picante”…Tampoco enfriaban la sopa desatando con sus cachetes inflados un vendaval sobre ella; no levantaban la cuchara para dejarla caer luego sobre el plato salpicándolo todo ni sorbían con ruido el caldo o consomé que se tomaban. Y como en ciertos casos algunos después de consumido lo pedido solicitaban un café, con una cucharita que estaba dentro de la azucarera que había en la mesa, sin hacer ruido en la taza lo endulzaban…y entonces, acabada la ceremonia, y habiendo comido hasta donde les alcanzó el hambre, caballerosamente de la mesa se levantaban, metían la silla tomaban un palillo para hurgarse los dientes y con educación daban las gracias.
Salí de allí y de regreso a casa me iba diciendo una y otra vez: Fácil, tenedor en la mano izquierda, cuchillo en la mano derecha… tenedor en la mano izquierda, cuchillo en la mano derecha… tenedor en la mano izquierda, cuchillo en la mano derecha… …Y claro, mi mamá ensayó conmigo una y otra vez; pero la gastronomía de trinche y cuchillo. en tal tiempo no era para mí, aquel refinamiento exótico hacía que yo en la mesa, sintiéndome zurdo de las dos manos, hiciera un reguero en la mesa y que la carne, a veces, como si estuviera viva, se me saltara del plato…por lo tanto, en irreconciliable divorcio con las herramientas de comer, solo como a los doce años pude mostrarle al mundo que “sabía comer trinchando”, no con toda la capacidad del caso pero sí como “para picármelas” en el afán de rendir tributo a Carreño y pasando la prueba ante la exigente y castrense tía Dora. Desde luego, no lo he de negar, y públicamente lo digo ahora: ante el hecho de comer con tenedores, siento mucho más humano el acto de comer con las manos al grado de civilización del primer “pitecántropos erectus” que lo hiciera…porque, me ocurría y me sigue ocurriendo que frente a un banquetes como el de un muslo de gallina, el de una chuleta o un pescado frito, las manos, que son la mejor invención de una verdadera y eficaz herramienta por parte Dios creada, son las que trabajan dejando de lado las reglas del comportarme correctamente y, en tal caso, saliéndoseme de muy adentro el animal humano, hago lo que muchos hacen y han hecho y que con esto se testimonian y justifican: “la mujer, el pollo y el marrono se comen con la mano”…. ¿Que por qué de niño hacía esto?...Porque para mí era “todo un espectáculo” ver a mi abuelo Hernán comiendo con las manos limpias hasta quedar sin hambre, llevado por el impulso natural de que sería con las manos -las primeras herramientas con las que conseguiría crear su mundo- él, y todos los abuelos del mundo de antes, le dieron forma a la naturaleza que les rodeaba y empezaron un proceso de innovación tecnológica creando utensilios con los que luego, entre otras cosas, cocinarían, beberían y comerían.. Por ello, cuando a veces, y porque me da la gana, con las manos como, lo hago a modo de regresión al estado más primigenio en el cual nos encontramos con nosotros mismos sin artificios ni meticulosidades falsas y, en tal caso, lleno de gozo me siento a la mesa en complicidad con Dios que también partió el pan con las manos… |
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