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Tu diario. Libertad de expresion

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Las encantadoras
Jose Maria Barrionuevo Gil. 01.07.17 
“Espíritu sin nombre, indefinible esencia” llamaría Bécquer a la poesía. Todos los días nos podemos encontrar personas sin nombre, de esencia indefinible, que actúan, que realizan, que hacen, que crean (“poieo”, en griego). Son personas anónimas, sin nombre reconocido, personas encantadoras, más por dentro que por fuera. Son esas personas que pasan a nuestro lado. No podemos pensar, ni un momento, en encantadores de serpientes ni encantadoras de un ballet. Personas que apenas hacen ruido, que no nos congregan en ningún espectáculo; personas anónimas que no firman lo que hacen, que no convocan a los periodistas ni hacen declaraciones. Van y vienen, pero no les preocupa su dación, porque no es un pago, sino que se trata de un regalo.
Hace unos días pudimos ver, y además en un rincón de la ciudad, al que apenas llegaba la luz de las farolas, que una persona, que parecía mayor, por su andar cansado, pero que no tenía ningún deseo de ser grande, se sentaba en un banco y le echaba algo de comida a unos gatos huérfanos, que habían acudido al notar su presencia. De vez en cuando, se levantaba con dificultad y se dirigía a una papelera pública cercana y tiraba algo para que el suelo siguiera limpio para todos. Se levantaba, una y otra vez, del banco, torpemente y despacito depositaba algo dentro de la papelera. En ese momento, nos acordamos de un proverbio chino que decía: “Si cada uno barriera la puerta de su casa, el mundo estaría limpio”.
Una amiga nuestra que guardaba tapones de plástico para colaborar con distintas campañas que se promovían, nos contó que tuvo una ocurrencia. En una de las farolas, observó que había una botella grande de plástico con una apertura para que todo el que pasara pudiera depositar los tapones. Como resulta que nuestra amiga pasaba por allí de tarde en tarde, iba almacenando los tapones en una bolsa en su casa. Tenía dificultad para enganchar la bolsa  que aportaba y se le ocurrió llevar un gancho (garabato, que tiene forma de ese), que colocó en la cuerda que ataba al botellón-recolector a la farola. Cuando pasó otro día, pudo ver que habían recogido los tapones y la bolsa que ella había colgado del garabato, pero que el  garabato seguía allí, dispuesto a seguir sirviendo. Otro día pudo ver que del garabato colgaban dos bolsas con tapones, aparte de los tapones a granel que tenía el botellón. Otro día, podía estar el gancho solo. Más adelante, también había otra bolsa enganchada. Las personas encantadoras  también comprenden (“insiht” según Albert Bandura) lo que otras personas encantadoras proponen sin decir ni una palabra. Somos inteligentes, porque somos capaces de leer entre líneas (y sin líneas maestras), entresacar, comprender (“intellegere”). Nos damos cuenta de qué tenemos delante de los ojos y de cómo puede funcionar. Sin mucho esfuerzo comprendemos un cometido, una utilidad, una intención, un gesto.
    Así, podemos ver que las personas encantadoras son felices y por ello actúan y ponen en marcha  una disposición positiva y una ética desinteresada que son frutos propios de nuestra naturaleza humana y humanizadora, que no deja de ser una opción que podemos considerar mayoritaria, frente a las personas que se creen superiores y con encantos y distinciones superficiales y externas.
    Y no hablemos de la conciencia, del buen hacer de tantas personas generosas que se apuntan a un bombardeo, pero  de solidaridad. Los millones de personas que viven en el mundo y que no dan un ruido nos atestiguan que la crueldad y la violencia es obra de unos pocos, desalmados.
    Sin embargo las maquinarias del poder, procuran, por activa y por pasiva, adoctrinarnos con supuestos, con prejuicios, con calumnias y otras manipulaciones de mayor o menor calibre, de que este mundo es inhóspito; eso sí, invivible para la mayoría que sufre hambre, pobreza, ignorancia y, sobre todo, guerras, que la mayoría de las veces no sabemos de quiénes son. Claro está, que a esa minoría vividora y nada empática no les roza ninguna de las penurias que ellos mismos provocan.
    Pero, ahora, porque no queremos renunciar a un mundo mejor que depende de nosotros, mayoría silenciosa y educada de verdad, podemos suscribir  aquellas palabras de Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas puede cambiar el mundo”.   
                                                  
josemª         
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