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Las siete trompetas
Eduardo Saez Maldonado. 23.06.17 
“…y se quemó la tercera parte de la tierra, se quemó la tercera parte de los árboles y se quemó toda la hierba verde.” (Ap 8,7)
El terrorífico incendio que ha arrasado estos días Portugal nos pone de actualidad, como cada vez que hay un fuego importante (y en particular si hay casi 70 muertos como ha sido el caso) el eterno debate sobre sus causas y maneras de prevenirlos. Y aunque es evidente que el innegable cambio climático, la manifiesta subida de las temperaturas y el previsto incremento en la frecuencia de eventos catastróficos (por lo demás constatado) deberá ser tenido en cuenta en los análisis que se hagan en adelante (a ver si es verdad) yo me quería centrar en aspectos más directos de la prevención. Una de las quejas más oídas estos días es la socorrida frase de que “los fuegos se apagan en invierno” si se lleva a cabo una exhaustiva labor de limpieza de los bosques. Pero ¿por qué hay que limpiar los bosques? ¿Acaso están sucios?

Un bosque, desde un punto de vista ecológico, no se compone sólo de árboles. Si esto fuera así llamaríamos bosques a las dehesas (bosque adehesado es el eufemismo), o incluso a los olivares. Sin embargo, todos estamos de acuerdo en que un olivar no es un bosque, porque un bosque tiene, además de árboles, arbustos variados, matorrales y plantas herbácea así como toda la variada fauna que esta diversidad vegetal es capaz de albergar dando alimento y cobijo a infinidad de animales, desde grandes mamíferos (digamos ciervos) hasta diminutos invertebrados y microorganismos que pueblan los suelos del sotobosque. Un olivar, por el contrario, es un cultivo de árboles orientado a la producción de aceituna (que no es poco). Si “limpiamos” el bosque desbrozando el sotobosque, lo convertimos en una dehesa con una biodiversidad muchísimo menor.
En nuestra antropocéntrica e inculta arrogancia pensamos que toda la naturaleza depende de nuestros cuidados para sobrevivir, y esto, en el fondo, tiene una explicación razonable: las zonas muy transformadas por el hombre están tan alteradas, tan alejadas del equilibrio ecológico original, que frecuentemente requieren de la intervención humana para no ir a peor o para acelerar los procesos de recuperación. Y la alteración que, a estas alturas de la historia, la humanidad ha infligido al entorno natural es tan descomunal que apenas quedan zonas sin modificar. Nuestra acción es, por tanto, si no necesaria (Gaia nos sobrevivirá), sí al menos aconsejable en ciertas áreas si no queremos que se nos vaya esto de las manos.
Nuestra forma de vida basada en una economía cada vez más especulativa (y dependiente) ha concentrado toda la población en las costas despoblando los campos permitiendo la regeneración forestal espontánea. En zonas de climas más atlánticos, como el norte húmedo, disponen de bosques más densos (robledales, hayedos) muchos de los cuales están sometidos aún a explotaciones madereras más o menos razonables (Irati, por ejemplo, en Navarra). En zonas del sur de Andalucía, se mantiene una actividad muy importante de explotación de corcho en los extensos alcornocales que por allí aún persisten, en un claro ejemplo de actividad sostenible y respetuosa. Las ya comentadas dehesas, por su parte, son otras formas sensatas de actividad económica sostenible, asociada en este caso a la ganadería extensiva. Pero muchos de los bosques abandonados, que deberían ser (por clima) bosques mediterráneos relativamente resistentes al fuego (encinares, alcornocales con árboles más o menos concentrados), son sin embargo otros tipos de “bosques”: pinares y los eucaliptales de repoblación, mucho más peligrosos en este sentido. Y son estos bosques, y no otros, los que sí requieren un trabajo selvícola preventivo intenso.
Los eucaliptos (de origen australiano), que se usaron cuando fueron introducidos en Europa para desecar zonas pantanosas, se usan ahora fundamentalmente en repoblaciones orientadas a alimentar fábricas de celulosa. Galicia y Huelva (y Portugal como hemos visto estos días) tienen enormes extensiones (desmedidas en mi opinión) de este árbol de rápido crecimiento y fácil combustión. Deberemos, por tanto, tomar decisiones acerca de qué extensiones dedicamos a esta actividad de forma que no sean tan extensas y anárquicas (la foto adjunta fue tomada hace unos días entre los límites provinciales de Huelva y Badajoz) y cuidarlas adecuadamente para evitar problemas. El resto de eucaliptos requerirán de una planificación para su sustitución progresiva por bosque mediterráneo. Por cierto que el gobierno prorrogó hace un año (estando en funciones, además) la concesión de explotación por 60 años más a la papelera ENCE, responsable directa o indirecta de la mayor parte de las extensiones de eucaliptos de Galicia y Andalucía.
Los pinares de repoblación, por su parte, no sólo se han usado para explotación maderera sino también como regeneradores de suelo (sobre todo el pino carrasco y el resinero) en zonas muy degradadas por explotaciones históricas. Se hicieron a mediados del siglo XX repoblaciones muy densas (un pino cada dos o tres  metros) de manera que, al ser un árbol de rápido crecimiento y bajos requerimientos de suelo y agua  regeneran en pocas décadas suelo y sombra suficientes para que, con el adecuado clareo (entresaca), permiten a otras especies más “nobles” (encinas, quejigos…) ir diversificando el bosque hasta regenerarlo completamente al cabo de muchas décadas. Pero claro, en muchísimos casos las labores de regeneración no se han hecho, o de forma escasa e inconexa. Nos encontramos pues con densísimos pinares, sin apenas sotobosque y con gran cantidad de restos secos que  (además de favorecer otras plagas como la procesionaria etc.) son susceptibles de arder de forma descontrolada cuando alguna circunstancia fortuita, algún irresponsable o algún delincuente provocan una chispa.
Los trabajos selvícolas de “limpieza” y entresaca en estos bosques (tanto eucaliptos como pinos) servirían, durante las décadas que se tardara en concluir la regeneración, para producir madera, por una parte, y combustible orgánico por otra que alimente a plantas de producción de energía eléctrica con un balance neto de CO2 cercano a cero. Otras masas boscosas podrían mantenerse como explotaciones madereras directamente como ocurre en muchos lugares.
Se trataría al final de hacer una verdadera planificación territorial con cierta altura de miras, preservando zonas para recuperación de ecosistemas naturales a modo de red interconectada (la figura de Parque Natural es la adecuada) que garantizara el mantenimiento de la biodiversidad. Estos bosques no deberían ser “limpiados”, por lo tanto. Estas áreas estarían salpicadas con otras zonas de actividades económicas (muchas de las cuales estarían más o menos integradas en dichos espacios naturales, dependiendo del grado de impacto ambiental que generen como hemos visto) y otras zonas agrícolas y urbanas  teniendo en cuenta los límites físicos que tenemos que, a las alturas de desarrollo a que estamos, empiezan a ser aparentes.
Empezamos pues ya a tener cierta prisa por acometer reformas globales porque los problemas ambientales generados por nuestra forma de vida (cambio climático, agotamiento de los recursos, del suelo, disminución de la biodiversidad…) y sus consecuencias en nuestras vidas cada vez más claras y evidentes son ya mucho más que preocupantes. Hace ya dos mil años, un tal Juan, autor de uno de los cuatro Evangelios ortodoxos (el más “místico” por cierto), escribió también el libro del Apocalipsis (de donde está extraída la cita que encabeza este escrito), y ya temía al fuego como una fuerza devastadora incontrolable que podía acabar con la Tierra. Esperemos que sus alucinaciones apocalípticas no fueran premonitorias.
 
Eduardo Sáez Maldonado
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