
Todo olía a muerte en aquel sitio: todas las caras que me cruzaba en ese largo pasillo; cada baldosa, cada tubo fluorescente extenuado por dar luz a un lugar donde solo habitaba la oscuridad, cada puerta en mi camino preservando dolorosos secretos.
-Es aquí, escuché.
Ante mí, la inexpresiva figura de un hombre de mediana edad, al que los muertos parecían haberle robado la capacidad de sonreír o llorar.
-Buenos días. Si es tan amable me puede seguir; tendrá que identificar a su mujer, fue lo que dijo el forense, como si de un guía turístico se tratase. En una camilla yacía lo que parecía un cadáver. A medida que me iba acercando a él me aferraba a la posibilidad de que Silvia aún estuviese viva.
-¿Se encuentra bien?, preguntó el forense.