
Mario había borrado de su conciencia el más mínimo rastro de culpa después de haber atropellado a aquella mujer con la facilidad que había construido su día a día, auto erigiéndose en una especie de justiciero de los falsos damnificados en siniestros de tráfico: para él, todos trataban de aprovecharse de las compañías aseguradoras. Todos los ¨bichos¨, como le gustaba llamar a los accidentados a los que debía valorar sus lesiones corporales, mentían por defecto. Sobre esta premisa había construido una vida de un mediocre médico transformado por la casualidad en valorador de daño corporal, haciendo de su profesión un negocio; uno, increíblemente lucrativo.
Mario también había borrado cualquier rastro del impacto del cuerpo de
Silvia contra su flamante deportivo. Únicamente tuvo que dar unas
cuantas vueltas en la rotonda con más siniestros de la ciudad a la hora
adecuada, esperando que algún conductor despistado o apresurado
eliminase la pequeña abolladura producida por un pequeño cuerpo que
había dado su vida en un intento de proteger la que había llevado en su
interior durante siete meses. Un golpe borraba a otro como las manchas
rojas del vino tinto son borradas por el blanco. Lo que no sabía Mario
es que esa sangre roja de miserable culpa nunca terminaría de secar. Al
fin y al cabo, tal vez el atropello de Silvia hubiese sido un accidente
fortuito en la oscuridad de la noche, pero el tiempo que su hija tuvo
que sufrir una agonía en medio de un monte, privada del oxígeno de los
pulmones de su madre, había sido el asesinato más cruel que nadie
hubiese podido cometer.