Antonio Sánchez Valera.- Si nunca has llegado a sentir que la realidad era lo suficientemente dolorosa como para querer fundirte en la nada en un intento de escapar de lo que nunca serías capaz de escapar. Entonces, nada de lo que a continuación te pueda contar tendrá sentido alguno para ti…Una noche, un camino sin retorno y la culpa: una noche en la que todo lo que yo más quería me fue arrebatado, un camino que nunca debieron recorrer solas, y la culpa de no ser culpable.
La noche volvía reclamando la oscuridad de sus secretos. El móvil de Silvia seguía sonando en el salón, ajeno al destino de su propietaria. Otra taza de café; y ya había perdido la cuenta de cuántas llevaba para poder continuar buscando a mi mujer y a la hija que ella llevaba en sus entrañas. En la puerta, decenas de vecinos bloqueaban mis sentidos con sus muestras de afecto, al tiempo que me desconcertaban con su ira robada como si realmente fuesen maridos y futuros padres. Quizás fuese así: el miedo a compartir un destino similar era lo que alimentaba la ira de aquellas linternas que luchaban por esclarecer las penumbras. ¡Qué ironía! Al escuchar los perros no pude evitar recordar la imagen de la película Frankestein, cuando una muchedumbre enardecida iba en búsqueda de una supuesta venganza. Palmadas en el hombro en señal de ánimo, gritos en contra de Dios sabe qué, guardias civiles intentando poner orden en la enajenación colectiva del momento. Y yo, caminando sin saber muy bien hacia dónde, simplemente con la esperanza de volver a escuchar su voz una vez más.