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Los trapitos
Jose Maria Barrionuevo Gil. 27.05.17 
Ahora, con los calorcitos y la luz de la primavera, podemos escuchar la frase tan cansina de “No sé lo que ponerme”. Es que, además, a medio día hace calor y luego, a la caída de la tarde, se nota un fresquito que nos pone medio malos. Podemos ver que todo en estas fechas es cuestión de trapitos. No digamos si el tema es protagonizado por la juventud, ya que todos nos sentimos jóvenes, que está en un disparadero, cada vez mayor, de consumo de trapitos, que además de ser, cada día, más endebles y menos ponibles pasadas algunas fechas, da al traste con toda la oleada de austeridad tan galopante a la que nos están sometiendo por el solo hecho de ser mayoría (y silenciosa).
Estamos hablando de esto, porque Amnistía Internacional nos viene recordando que, por estas fechas, más en concreto el 25 de abril del 2013, ya hace cuatro años, tuvo lugar el derrumbe del edificio Rana Plaza en Dacca, capital de Bangladesh, donde perdieron la vida 1.129 personas. A pesar de las grietas que tenía el edificio, los trabajadores y trabajadoras fueron obligados a trabajar. Un edificio que se aprovecha para poner talleres y al que se le obliga a albergar más y más personas, más y más máquinas, no está libre de venirse abajo, porque no ha sido construido para sostener tanta presión ni tanta actividad. Lo cual nos denuncia a las claras que las condiciones laborales y de seguridad eran ínfimas y, además, indignas. De los salarios ni hablamos, porque allí los trabajadores ganaban 28 euros al mes.
Las condiciones de trabajo, en este caso no eran una excepción. Ya estábamos avisados con el incendio de otra fábrica de ropa, cerca de la capital, en noviembre del año anterior (2012) “que había desatado una gran polémica sobre las condiciones de trabajo y de seguridad y que provocó la muerte a 111 trabajadores, casi en su totalidad mujeres y hasta niñas. En este caso la fábrica no tenía equipos contra incendios ni salidas de emergencias expeditas”. Hay casos en los que niñas y adolescentes trabajan sin contrato en condiciones de evidente falta de higiene. Y lo hacen con un sueldazo de 0.88 euros al día, con un horario semanal de unas setenta horas.
    Podemos considerar que la denuncia que realiza  Amnistia Internacional en contra de las condiciones laborales tan indignas y contra la vulneración de derechos que sufren muchos millones de personas trabajadoras en muchos países, no está fuera de lugar ni fuera de tiempo. Aunque sea verdad que el tiempo pasa, ni el tiempo ni los lugares se nos olvidan. Otra cosita es que nos estén distrayendo con otros lugares o con otros tiempos.
     En las noticias que nos largan a diario los medios, desde las cabeceras nos procuran llamar la atención con sucesos desgraciados, que muchas veces están acompañados de morbo. Rodando la información se van desplazando artísticamente los hechos hacia lo más próximo e inmediato y, hasta en un requiebro entre cultural y publicitario, se nos habla con verdadera fruición y casi cándidamente de lo bien que estamos por estos lares, sobre todo más en la costa del Este que en las demás. La inocencia perdida acerca a nuestros ojos los eventos de ocio más nuestros, porque seguimos siendo celtíberos. La contaminación próxima nos provoca que el chovinismo patrio sea contagioso y todos nos volvemos demasiado locales y nos olvidamos de nuestra ciudadanía mundial. No se trata de otra cosa sino de seguir hablando, aunque con otra temática, de nuestros trapitos.
    Siempre se ha dicho que “los trapos sucios se lavan en casa”, pero con las derivas que conllevan las justificaciones, que no la justicia, nos ahorramos hasta el agua limpia de las comparecencias presenciales y desde casa lo hacemos por plasma. De esta manera no hay ni que centrifugar, o darle al ventilador, y solo nos basta, ya que estamos en casa, con barrer rápido y cubrirlo todo con las alfombras. Así, las alfombras se convierten en grandes trapos, que son lo suficientemente gruesos, como para evitar más transparencias, ya que a la gente se les van los ojos con las transparencias.
    También nos hemos enterado de los trabajos en condiciones insalubres de los cultivadores de algodón, tanto en la India como en Bangladesh. Todas las personas están expuestas a productos fitosanitarios    o plaguicidas que tienen efectos secundarios sobre la salud.
    Podemos considerar que, en general, tenemos todavía mucha tela que cortar y no sabemos cómo nos va a quedar la ropa, cuando ya estamos sospechando que “no nos va a llegar la ropa al cuerpo”. Lo mismo, nos puede suceder que no contemos con  suficiente tela para poder cubrir nuestras vergüenzas, tanto  nacionales como internacionales.

josemª                                                                                                                                                  
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