
Mis puños sangraban por cada golpe dado negando lo que la noche parecía haberse llevado para siempre. Ya no sentía mis piernas después de haber caminado en la oscuridad del bosque, de los caminos en su búsqueda. Familia, vecinos, la Guardia Civil; todos los que queríamos y sabíamos lo especial que era Silvia, y que seguro que sería Laura recorrimos cada lugar de los que ella solía frecuentar. Mi corazón se encogía al ritmo en que los rayos de sol lo iban iluminando todo. Tan solo una esperanza, un engaño, al que aferrarme. Si aún no había aparecido, todavía era posible que aquella pesadilla quedase en eso: en un horrible mal sueño. Al fin y al cabo Silvia no tenía enemigos. Y a pesar de su belleza, ningún perturbado le haría daño a una mujer evidentemente embarazada.
El sonido de mi móvil me trajo de vuelta a un salón ahora muerto sin la presencia de la persona que le daba vida. No quería cogerlo; el miedo a la noticia definitiva, a la que pusiera fin a mi vida a su vida, me había atenazado. Sonó una vez, dos veces, tres veces. Hasta que finalmente decidí acercarme a el con el miedo de aquel que se enfrenta a su destino. En la pantalla aparecía el nombre ¨abogado¨. Descolgué desconcertado por su llamada en ese preciso momento.