
Los kilómetros se transformaban en eternos metros que lo distanciaban peligrosamente de la seguridad del garaje de su casa. Cada cruce. Cada coche de color verde. Cada persona que lo reconociese al pasar, podría ser el que pusiera fin a todos sus esfuerzos para haber conseguido acabar la carrera de medicina y encontrar la forma de alcanzar el respeto que un médico sin especialidad difícilmente alcanzaría.
-¡No ha sido mi culpa!, grito Mario con la imagen de la chica rodando colina abajo como si tan solo se tratase de uno de los cientos de troncos que cortaban en esa zona para convertirlos en papel. De repente le pareció ver, al final de una recta, el coche de Felipe. Casi con total seguridad habría parado a tomar la antepenúltima copa antes de proseguir. Entonces, el pánico se apodero de Mario: su colega podría llegar a ver la abolladura de su coche y hacerle preguntas de difícil respuesta; aunque era posible que con lo que hubiese bebido ya no se acordase de nada al día siguiente. Lo mejor sería parar un momento en el arcén. Su corazón se aceleró ante la posibilidad de perderlo absolutamente todo, y sin pensarlo más, apretó con fuerza el pedal del acelerador y puso las luces largas: la recta se acababa y la distancia entre ambos vehículos se reducía. Al final había una curva con línea continúa hasta entrar en la autopsita, de manera que debía hacerlo ahora. Aceleró aún más para conseguir adelantar a Felipe en el último segundo. Éste le tocó la bocina y le puso las luces largas para recriminarle las molestias de no llevar la iluminación correcta. Lo había conseguido: disponía de un testigo de que su coche estaba bien y de que no había tenido tiempo a deshacerse de ningún cadáver.