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Los anuncios | | Jose Manuel Lopez Garcia. 06.05.17 | |  ”Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El Ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lucas 2, 7-9). Desde hace más de veinte siglos resuenan en el mundo estas palabras del anuncio a los pastores. Sabemos que rodando el tiempo nos ha llegado la hora de participar en los gozos que el tiempo nos concede, ya que, poco a poco, todos hemos ido entrando en el censo de este siglo XXI. Y henos aquí todos, a expensas de los anuncios, que ya no han sido siempre para alegrías. Hoy día, la publicidad se nos ha convertido en una segunda piel y ya nos sobra piel por todos lados. Y si algún partido político nos dice que “le ha faltado piel”, no lo podemos creer, porque sabemos que le ha sobrado piel y corteza y dinero (con largueza) y “sobrados” recursos para gastar hasta la saciedad en publicidad. Lo que nos está pasando con la publicidad es algo que no nos lo podíamos creer hace medio siglo. | Fuimos testigos de que, cuando un locutor o un artista estaba en pantalla, es decir, en las ondas, por su trabajo, no podía compaginarlo con prestaciones publicitarias. Como el capitalismo es el gran depredador, ahora no solamente hacen publicidad los locutores, sino que, además, nos la meten como si fuera una comunicación o noticia más, sin previo aviso, es decir: a lo bestia, sin corte alguno, limando las discontinuidad y precisamente en esta sociedad tan discriminadora y tan enfrentadora que nos deja muy pocas oportunidades para la paz y la tranquilidad. Los anuncios hasta se han convertido en noticias y las noticias, que tenían su carácter informativo, han estrechado sus miras al convertirse en propaganda política o en verdadera publicidad comercial. Es más, incluso los anuncios han sufrido una metamorfosis más que rápida, como es el caso de los productos farmacéuticos, que aconsejaban a consultar a “tu médico” para cambiar rápidamente diciéndonos “consulta a tu farmacéutico”. Hoy todos los anuncios tratan de atraer y de llamarnos la atención, al precio que sea. Se está llegando a peligrosos niveles de destrucción de la convivencia, de agresividad narrativa, auditiva y visual, que terminan incomodándonos profundamente. Como si no tuvieran bastante con crearnos un malestar personal, porque carecemos de tal o cual producto, que es el que nos va a dar la felicidad, o ,al menos, satisfacernos de alguna manera, que ya está preconcebida, categóricamente te meten prisa y te obligan. Es la publicidad la que nos pone en un estado de infelicidad permanente. A la publicidad todo le está permitido, hasta la mentira. Claro que se pueden justificar diciendo que es una representación, una ficción. Pero la verdad es que utilizan la autoridad o la fama de una persona, que no compraría ese producto ni muerto. Así la repetición de las mentiras se convierten en potentes verdades. Aun extrañas verdades que circulan: como la “ley del más fuerte”. A esta sociedad caprichosa, consentida y maleducada todo se le permite, se le concede, aunque ello nos lleve directamente al desastre. Así, para bombazo, el reciente bombardeo con “la madre de todas las bombas”, en Afganistán, que además tiene un componente de marketing, porque tienen que vender las que tienen guardadas, porque no saben lo que hacer con ellas. Saben que o las venden o las gastan. Por ambición y también por publicidad se montan guerras, sin asegurar que van a ser beneficiosas para los pueblos que las sufren, mediante una añadida publicidad malsana y la demonización del otro, aunque sea un santo. Es que la publicidad tiene gran poder narcótico. Parece ser que todos estamos vencidos. Los anuncios nos hacen seguir medias verdades y mentiras enteras. Nos hacen consumidores y hasta consumidores políticos, de la voz del amo. Noam Chomsky nos advierte que “los consumidores son personas desinformadas, que toman decisiones irracionales, incluso en contra de sus propios intereses”. Quizá, en el fondo, no nos venga bien del todo, ni nos interese ni nos entusiasme estar vencidos o vendidos. josemª
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