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Los Gibelinos
(Religión aparte XLVII)

Jose Maria Barrionuevo Gil. 27.03.17 
Ya en nuestros años jóvenes, cuando cursábamos tercero del Antiguo Bachillerato Elemental, estudiamos una Historia de la Iglesia que nos informaba algo de la andadura histórica de la Religión, la reconocida oficialmente. Entonces pudimos estar informados de las luces y sombras de la Iglesia durante la Edad Media, que nos sirven de reflexión en este estrenado siglo XXI.
Supimos que desde la coronación de Carlomagno (año 800), las relaciones entre la iglesia y el estado no habían sido precisadas debidamente y dieron lugar a bastantes problemas. Así se llegó a que la autoridad civil podía presentar a los candidatos para cargos eclesiásticos a quienes habían beneficiado a la Iglesia con sus contribuciones y ayudas. Esta especie de “puerta giratoria”, como todas, se salió de madre, hasta que el papa Gregorio VII en el 1075 decreta rotundamente la prohibición de “las investiduras” de manos del poder civil. En nuestro recuerdo quedaron fijados  para siempre los tres días que se rascó Enrique IV de Germania, vestido con hábito de penitente en la nieve de Canosa, antes de que lo recibiera el Papa, que al final le levantó la excomunión.
Pasando el tiempo, el poder Imperial y el Eclesiástico tuvieron sus fricciones en tanto que se quería dilucidar el tema de la supremacía de poderes, ya que la Iglesia contaba también con sus feudos. Estaba en juego el poder temporal de la misma Iglesia. Así surgieron dos grupos y la sociedad quedó escindida: los güelfos apoyaban a la Iglesia en contraposición al Imperio, mientras que los gibelinos se oponían al poder excesivo por parte del Papa, afirmando la supremacía de la institución imperial. Fue el conflicto secular entre el Pontificado y el Sacro Imperio Romano Germánico. De pasada diremos que hasta nuestro Alfonso X el Sabio, simpatizó con los gibelinos.
    Durante la Dictadura, en España, para el nombramiento de un obispo, se le tenía que presentar una terna de nombres al Jefe del Estado, para que decidiera quien formaría parte del episcopado español. Parece ser que no había total confianza ni separación de poderes y se seguía actuando según la sospecha, mejor que el principio, de que “quien no está conmigo está contra mí”. Daba la impresión de que se comulgaba con la tan castiza tutela del poder civil en esta Celtiberia de siempre, en donde la Iglesia no ha dejado de tomar partido ni de reconocer a ciertos poderes civiles.
    Actualmente, llevamos una racha, que va camino de superar los cuarenta años, en la que todavía nos sentimos algo huérfanos de la separación de poderes, ya sean el legislativo, el ejecutivo, el judicial, el mediático o el eclesial. No sabemos si atribuirlo a nuestra falta de preparación y entendimiento o al exceso de desconfianza de los poderes que nos embargan. Nos parece que la alienación ciudadana nos está resultando ya como demasiado vocacional.
    Más de una vez hemos podido observar la unidad de criterios entre el poder religioso y el político. Desde algunos medios de comunicación se nos ha regañado, amenazado, demonizado, como si la ciudadanía fuera totalmente díscola. No sabemos, pero podríamos decir que sí, si los poderes se ponen de acuerdo para no renunciar a sus servidumbres y hasta connivencias mutuas, y que, en muchos casos, han sido unidireccionales y han constituido un espaldarazo al poder político. En este sentido la modélica transición no ha sido transigente con ese lento proceso de secularización de España y de Europa, que ya viene de lejos con el Renacimiento y, sobre todo, con el nuevo régimen democrático de libertad y respeto que nos merecemos.
    Bien es verdad, como ha sido en el caso del anuncio del desarme de ETA, que la coincidencia de criterios y de discurso entre el ejecutivo y el episcopal haya podido ser producto de un sentir universal, en el cual todos nos tenemos que andar con pies de plomo, o que el episcopado una vez más reconoce la supremacía del poder temporal, aunque solo sea temporalmente. Esto significaría cierto débito de corte gibelino. También cabe la posibilidad de que haya sido el poder mediático quien ha resumido a su parecer y antojo y ha emparejado astutamente los dos informes.
    Es verdad que los tiempos están cambiando y siempre lo han hecho; sin embargo, ya es hora para aprender de la historia y no seguir con las banderías de güelfos y gibelinos y mucho menos que se repita el modelo gibelino, que reconoce la supremacía de Rajoy y éste, la de la Merkel, germana.

josemª
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