Explicado lo previo, convengamos ahora en decir que nadie era más infeliz entre los mortales que quien, en la aldea, para tal tiempo, se proponía de igual modo la antiquísima, popular y sobada cuestión de disfrazarse de “monocuco o monacuca”, doméstico atavío para el cual, en el almacén de “la Nené”, se tenía, llenos de polvo y colgados en una cuerda en un rincón del mismo, cinco viejos capuchones esperando todo el año a quien o a quienes se acordaran de alquilarlos por tres pesos con cincuenta centavos y, con alguno de ellos arropado, romper la sumisa paz de la tranquila población y por lo tanto, en honor a los dioses de las bacanales, rentar uno queriendo hacer con ello que su parranda fuese infinita importándole a quien lo hiciera un soberano carajo que el caluroso evento tuviese sus altos grados de molestia aprehensiva más que de dicha y pasando el mismo impertinente por los consabidos…”Ya sé quién es…es mujé pocque tiene el tobillo fino”… o por el sustentado y denunciante grito de: “¡Ese es Juancho el de Ana por la forma e’ caminaaaá!”…
No bahía en el pueblo ni en los campos circunvecinos quien no conociera los cinco capuchones del almacén de “la Nené”. Uno iba allí a comprar correderas, botones, agujas e hilos y en el lugar de costumbre, concluyentes y como testigos de la última broma, chanza, mascarada, inocentada o fantochada, estaban aquellos sin aún haberle dicho adiós al postrero bullicio. El más usado era amarillo con azul, anaranjado y rojo; otro, azul con blanco y negro; el tercero, rojo con verde y blanco; uno más, verde con pepas blancas y rojas y, el quinto, rojo total; todos confeccionados en tela de brillante satín, agradecidos en grado superlativo con colores chillones y predicando mudos este anti litúrgico mensaje… “llévame, llévame ahora, no importa que estemos en Semana Santa si la vida es un eterno carnaval”.
Dado que disfrazarse de “monocuco o monacuca” no requiere de un mayor ingenio que no sea colocarse una absurda capucha con careta, todo ello aparejado a unas excelsas e innatas condiciones físicas para bailar brincoteando, discurramos también en quienes trocados de tal, admitían las consecuencias que “el deleite” corporal conllevaba y así tenemos que Higinia Arrechea, “probando tal encanto”, alguna vez echó mano al camufle para, sucediera lo que sucediera, en el salón burrero de Vicente Cabo pillar infraganti a Vito Andrés, su marido, quien amorosa, afectuosa, entrañable, apasionada y tiernamente bailaba con Astrojilda, su acérrima antagonista, “caro objeto” de sus patológicos celos y de su inaguantable desdicha… y entonces ocurre que, en forma inesperada, ella, descubriéndose frente a ellos, haciéndola ambos en su casa, descarga sobre la otra “su santa indignación” y de aquí en adelante incluya el amable lector en la esperada refriega: mentadas de madre en ininteligible yugoslavo, jalones de pelo, furibundas cachetadas, arrastradas y revolcones…y todo, todo porculpa de uno de los cinco capuchones de carnaval que en su almacén “la Nené” alquilaba por tres pesos con cincuenta centavos…
…Y es lo cierto que, a la inversa, una noche toda llena de pitones y prolongadas cornamentas, muy propia de las noches de carnaval, fue Cornelius del Toro quien igual que Higinia, llegó a conocer mejor que nadie los dolores de la traición ardorosa y desnaturalizada cuando, disfrazado de “monocuco bovino”, comprobó con humedad de ojos y párpados caídos, lo que todo el mundo sabía menos él; que Macaria de Jesús Santurbán y Ahumada, su mujer, e Isaías, el zapatero, gastando suela en el “Salón Pueblito Viejo”, le enderezaba y de qué manera el tacón de la zapatilla a ésta…Y para él, quitándose de un tirón la burlona careta, se hizo más triste la enastada oscuridad ordenando enseguida le hicieran sonar en el picó la más infeliz de las canciones que el mundo conoce: “/ Dicen que los hombres no deben llorar/ por una mujer que ha pagado mal/”…, y todo, todo por culpa de uno de los cinco capuchones de carnaval que en su almacén “la Nené” alquilaba por tres pesos con cincuenta centavos…
“Monocucos” hubo en el pueblo, artífices del engaño y que sin sombra de ser quienes en verdad eran, con manos enguantadas, cambiando ademanes y caminado, trasegando en un muy fino movimiento de caderas, dominando altos tacones de domingo, estrecharon cintura bailando con otro hombre que, seguramente borracho, no caía en la cuenta de estar bailando toda la noche con uno de su misma especie y género, ensimismado y entregado en complacencias etílicas con “la rara mujer” vuelta todo deseo y que en el aprendizaje de su papel, fingiendo una desbordad pasión con moraleja, del otro se reía por dentro hasta cuando de golpe su disparejo parejo, llevado de la mano por el diablo del ron, agarrando “de aquella” lo que “aquella” no tenía porque era aquel, descubre la pesada broma y puesto en propalada afrenta, decido a matar, ciego de la ira, con gritos de…¡Párate ahí marica! Corre detrás de un escurridizo disfrazado… y todo, todo porculpa de uno de los cinco capuchones de carnaval que en su almacén “la Nené” alquilaba por tres pesos con cincuenta centavos…
…Y nadie vio nada, nadie… aunque todos lo vieran: la “maléfica e irresistible mujer” del capuchón verde con pepas blancas y rojas, en veloz carrera, como alma que lleva el que sabemos, una zapatilla rota deja en el camino y huyendo de la tragedia, como pudo, voló cercas y tras el estrepito de una puerta que se abrió y se cerró de topetazo, escapa del risible melodrama mientras en lontananza una lejana canción de carnaval que sale de la bocina del picó del “Salón el Rodadero”, turba el silencio de la noche… y todo, todo porculpa de uno de los cinco capuchones de carnaval que en su almacén “la Nené” alquilaba por tres pesos con cincuenta centavos…
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