Domingo 6 de mayo, publica el Diario Sur un artículo sobre la agorafobia, miedo a los espacios abiertos, y su lectura más que despertar mi miedo o deseo a salir, despertó mi deseo de escribir. En pleno Siglo XXI seguimos comportándonos como primitivos, máxime cuando aún no se tienen en consideración los aportes de la ciencia psicoanalítica en los procesos psíquicos humanos. El artículo adolecía de la consideración del deseo inconsciente, motor de nuestra vida, pero que necesita del trabajo teórico para su conocimiento. Aún los que se consideran científicos o conocedores del funcionamiento humano se dejan llevar por las apariencias de nuestro comportamiento. Como si en el año 2007 no hiciéramos uso de microscopios y creyéramos sólo lo que nuestros ojos ven.
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La vida es compleja y para su conocimiento precisamos de instrumentos teóricos de lectura. En el caso del funcionamiento psíquico el Psicoanálisis, producción científica del Siglo XX, nos brinda el entramado teórico que nos permite conocer los mecanismos de nuestra vida psíquica. Volviendo al tema de la agorafobia, a nada tememos sino a nuestros propios deseos, Sigmund Freud hace un siglo ya advertía que el agorafóbico temía despertar sus deseos y, más que eso, dejarse llevar por ellos. Por dicho motivo se recluía o se hacía acompañar por otras personas. Curiosamente, puede ir acompañado o desplazarse a lugares conocidos, desapareciendo o mitigando con ello su temor. Controla, inconscientemente, su desenfreno, aunque el Psicoanálisis nos ha descubierto que el propio síntoma es una satisfacción sustitutiva, por ello tanta resistencia a su curación. Apelo desde aquí a la responsabilidad de los periodistas de consultar a todas las fuentes, ofreciendo una información actual y real; así como a ciertos profesionales que vetan el progreso científico cuando se creen en posesión de alguna verdad. Muchos psicólogos, y yo soy licenciada en Psicología, son los primeros en maltratar a esta disciplina cuando ofrecen consejos baratos y caseros como remedios al malestar de las personas. Las enfermedades psíquicas no son ningún capricho y no se curan caprichosamente. Su curación requiere el trabajo del profesional que aplique los conocimientos técnicos y teóricos precisos. Reír artificialmente no alegra el alma, hablar por obligación no es hablar. El deseo es el motor de nuestras vidas y sólo trabajando sobre el deseo inconsciente del paciente podrá producir una salud y una vida diferentes.
Helena Trujillo Luque Psicoanalista de la Escuela Grupo Cero Telf. 952 39 21 65 www.htpsicoanalisis.com |