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Las mentiras | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 21.03.17 | |  Estamos viviendo unos días y unos meses y unos años que para nosotros se quedan. O si queremos decirlo de otra manera, diciéndolo sin decir lo mismo, como Mariano: “estamos viviendo unos días y unos meses y unos años que se quedan con nosotros o que se están quedando con nosotros”. La verdad es que nos estamos echando a las espaldas una cantidad de mentiras y de medias verdades, que cada día nos pesan más, nos cargan más. ¡Qué cargante y cómo nos pesan las mentiras! Sí, las mentiras ancestrales, las históricas, las actuales. Estamos sitiados de mentiras. Podemos observar que hasta en el fútbol van quedando cada vez menos verdades. No estamos hablando de la habilidad que pueda tener un jugador para hacer una finta (sin ayudarse con el brazo a lo Maradona) para descolocar al oponente. Hablamos de acciones que se nos arrojan a la cara sin que nos lo echen en cara. Somos demasiado buena feligresía para no creer lo que estamos viendo. Podemos ver cómo “se tiran a la piscina” por si traga el árbitro de las verdades. Podemos ver, al igual que en la política, cómo los jugadores que cometen faltas se hacen las víctimas. Podemos ver cómo el público forofo no ve lo que no quiere ver, cuando tendría que verlo. Como nos dice José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven». Esta ceguera pandémica ya está llegando a los árbitros, que no ven lo que ven o ven lo que no hay (en Barcelona). Después, pasa lo que pasa, que el respetable está perdiendo el respeto, además de la vista. ¡No hay más que ver! | Podemos saber, conforme va pasando el tiempo, que la justicia deportiva también tiene sus fallos, sus decisiones y sus condenas. Unas veces por mor de las prisas y otras por las dudas que a todos nos pueden asaltar en momentos decisivos. Es difícil acertar, cuando de siempre sabemos que cuatro ojos ven más que dos, pero sobre todo, si muchos andan ciegos con sus amores incondicionales a sus colores. El circo futbolístico mira por todos lados y desde todos los ángulos y la ceguera le puede hacer salirse por la tangente. Esta ceguera generalizada se va de calle, cuando abandona los estadios y las canchas y ya no se ve lo que hay, sino que se hace trabajar a la memoria, que también suele estar bastante ciega y no poco desmemoriada. Y es que se recuerda ciegamente lo que ciegamente se vio. Con todo, en el circo político, no debería haber mentiras, ni redes ni dagas traperas; sin embargo se enredan y ponen a funcionar los ventiladores que nos recuerdan aquel dicho infantil antiguo: “el tuyo más zambullo”. Ahora bien, si se dicen las verdades, eso no quita que mientan. Pero hay mentiras y mentiras; hasta mentiras que llaman piadosas. Pero cuando la ceguera se generaliza, el personal español, y “muy español”, ya no ve lo que pasó, por su indulgente paciencia, y olvida porque ni quiere ver ni quiere verse. Tampoco le va el ver el presente, la realidad hecha miseria y hecha despilfarro y hecha consuelos fáciles y hecha humor barato y hecha alegría sucedánea, que son otras tantas cortinas de humo que nublan aún más la vista. Y he aquí, el chocolate del loro, tratando como pequeños los males que tenemos encima, nos lo ahorramos con un subidón, eso sí, de esperanza inducida, que despilfarramos por las numerosas y grandes promesas que nos hacen los partidos ultramontanos, conservadores y encubridores de la corrupción, entre los que están muchos de los que no han conservado ni la vergüenza. Así se ven con claridad las promesas que nos lo van a arreglar todo, cuando no se ha sido capaz de ver ni lo pasado ni lo presente. Mal vamos con esta estrategia de hacer caso a los predicadores políticos y adivinos de turno, que nos hacen creer lo que de ninguna manera se puede ver. Todas las mentiras, perdón, todas las promesas, se convierten en mantras que se repiten y resultan, tremendamente eficaces, instrumentalizándolas, como podemos ver día a día. No en vano la televisión ayuda a subrayar nuestro (falso) estado de bienestar, cuando nos pone compatriotas que vuelven de los viajes llenos de alegría, protagonizando la película de la felicidad española. También se nos regala un mantra gubernamental: "No hay apellidos ni cargos que valgan para la Justicia en nuestro país: quien la hace, la paga". Pero los que votan a los corruptos y mendaces sí que la pagan.
josemª |
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