No hay poeta en el mundo que no haya cantado en sus versos al amor en todas sus formas y maneras y desde todos sus ángulos y dimensiones: amor celoso y posesivo, sumiso o tiránico, carnal y arrebatador; amor incondicional o interesado, pasional, violento, egoísta, destructivo o regenerador; quizá sea del amor de lo que más ha tratado la pluma del poeta a través de los años. Sin embargo, no es necesario serlo para cantarle al más profundo y sincero, al más firme y abnegado, al más indulgente y comprensivo y al más tolerante y desprendido de todos los amores; el amor de la madre.
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El de la madre es el único amor que acepta darlo todo sin recibir nada a cambio; el único capaz de los mayores sacrificios sin pensar en recompensa alguna, el único que no es tratado como mercancía sujeta a intercambio ni reembolso, que no tiene fecha de caducidad, y que se entrega generosa y silenciosamente; el amor materno no necesita de pregoneros que voceen que es el más grande y hermoso de los amores.
Y cada mujer, cada hombre, sin ser poeta, tiene escrito en su pecho un poema para rendirle homenaje a su madre desde lo más profundo de su corazón. Como el que le dedicas, Juan Manuel Mancebo, a esas dos madres a las que con tanto amor distingues. Y no te preocupes, Juan Manuel, no es blasfemia colocar a la madre por encima de todo y de todos. Permíteme que desde aquí felicite a las dos madres de tu vida, como hago con las mías y con las madres de todo el mundo.
MADRE
De ti, madre, brota el maná fluido por tu morena y apetitosa mama como Láctea Vía que amalgama sueño, paz, luz, aromas y sonido.
Palpitante, tu seno es ofrecido a mi voracidad que lo reclama; y generoso, en ríos se derrama provocando mi eructo agradecido.
Desde el día feliz que me pariste, toda tu amada sangre convertiste en leche, miel, azúcar y en pan tierno.
Eres odre repleto de ambrosía que yo tomo con ansias cada día de la espita de tu pezón materno. |