 Con el “paso del tiempo” hemos podido “tener lugar” de distinguir entre lo que se nos dice y lo que nos han dicho. Muchas veces no nos enteramos bien de lo que nos dicen. Al parecer, como cada cual tiene “su alma en su almario”, la lengua, sin querer, tiene unos deslices que nos hacen caer, y tarde, en la cuenta, cuando ya “está todo el pescado vendido”. Y es que, muchas veces, nos podemos sentir pescados o vendidos. Tenemos que tener mucho cuidado con lo que decimos y cómo lo decimos. Podríamos estar en el pretil de una delación, aunque sea en “nuestro tejado”. Recordamos que una vez nos contaron que se encontraron dos y va una persona y le dice a la otra: - Me he enterado de que te has casado. Entonces la otra, “ni corta ni perezosa”, le contesta: - Mira. Eso a ti te lo han dicho. Quien se ha enterado he sido yo. |
“Por decir, que no quede”; pero hay decires y decires, lo mismo que hay dichos y dichos. También hay dichos dichosos y felices, como los hay desventurados y molestos. No es lo mismo decir: “cumpleaños dichoso” (por feliz) que “dichoso día” (por chungo). Sabemos que la lengua no es lógica y por eso tenemos libertad para jugar con ella y así lo mismo podemos contar un chiste que escribir un poema. Ya nos lo tiene dicho el filósofo, matemático, lingüista y lógico austríaco Ludwig Wittgenstein, con su teoría de los «juegos de lenguaje». Para él “hablar es una técnica que se aprende en la práctica”. Sin embargo, será Erving Goffman, sociólogo y psicólogo canadiense, quien se acercó a nuestro pequeño mundo de las interrelaciones personales. Nos dice que los movimientos discursivos son «jugadas» en el juego de la interacción social del habla. Y se nos aproxima más, aclarándonos “que la relación entre el sujeto que habla y actúa se plantea bajo el 'binomio de la verdad y la mentira' y considera que “los hablantes son actores que gestionan su propia imagen delante de los demás”. Así resulta que “el juego de la interacción es una dinámica muy seria: en ella se negocia constantemente el valor social -la identidad- de los distintos participantes”. Por último nos aclara que hay que distinguir el grado de implicación que requieren las situaciones sociales, considerando que «la implicación es un proceso psicobiológico en el que el sujeto llega a no controlar, al menos parcialmente, la dirección de sus sentimientos y su atención cognitiva». Aunque sea solo para nosotros, nos podemos aclarar considerando que cuando hablamos somos actores y que tenemos una dimensión “de ficción” que nos puede delatar. O sea, como siempre se ha dicho: que “por la boca muere el pez”. Los españoles, “y muy españoles y muchos españoles” no vamos a ser menos en esto de los decires. Se dicen tantas cosas, que son pocas las que no “van de boca en boca” o de perfiles sociales en perfiles sociales. Nos cuesta creer que los decires abunden tanto y que se propaguen como algas, aunque el mar, siempre agitado, de la política intente cubrirlas con olas amables y respetuosas. En cualquier esquina emerge un político o un letrado que rompe el oleaje plácido del ir y venir de los decires creados y transmitidos por el pueblo. Sobre todo, como “no hay mal que por bien no venga”, cuando algunos hablan sin papel por delante “quedan como la chata” y al descubierto “por no frenar a tiempo”. “Las prisas son malas consejeras” y “a bote pronto” nos puede “llegar un revés”. Desde hace tiempo nos viene rodando y rondando por nuestras cabezas aquel dicho que nos quedó casi “grabado a fuego”, cuando alguien de un Consejo dijo que “lo dejaba, porque se aburría”. A nadie se le obliga a hablar con tanta sinceridad, sobre todo, cuando la política le ha concedido un retiro y no de la OTAN, precisamente. Sin ir tan lejos, en estos último días, un letrado nos ha confesado que “estaba levitando”, por la sentencia de un tribunal. Al parecer, no contaba con la magnanimidad del magno proceso, en el que no se vislumbraba ni “una luz al final del túnel”. . Es nuestra obligación “prestar atención” para poder comprobar que la “Antología de los decires” no está cerrada ni completa y acordarnos de los decires y de sus autores, porque lo mismo que “un vaso es un vaso”, la cultura es cultura, la educación es educación, y no solo, erudición. josemª
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