Nada le resulta tan difícil al ser humano como renunciar un placer que haya saboreado alguna vez, en realidad, no renunciamos a nada, cambiamos unas cosas por otras. En este sentido, el adulto obligado por el crecimiento a abandonar el juego infantil que tantos placeres le acarreaba, en lugar de jugar, fantasea. Estas fantasías o sueños diurnos no son reconocidas a los demás, el adulto se avergüenza de ellas. Sabe que de él se espera su inclusión en el mundo real, además entre los deseos que generan sus fantasías hay algunos que le es preciso ocultar. Le ocurre muy al contrario que al niño, que imita en el juego la vida de los mayores y en el cual cumple su mayor deseo: ser mayor, no teniendo motivo alguno para ocultarlo a los ojos de los demás.
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Puede decirse que el hombre feliz jamás fantasea, y sí tan sólo el insatisfecho. Los deseos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y cada fantasía es una rectificación de la realidad insatisfactoria. Estas fantasías son de tres tipos: eróticas, ambiciosas y egoístas. Al contrario de lo que pudiéramos pensar, en la mujer predominan las de carácter erótico, pues su ambición generalmente se centra en la aspiración al amor. En el hombre predominan las fantasías de carácter egoísta y ambicioso, aunque Freud nos señala que tras ellas se encuentra siempre el deseo de conquista del objeto erótico. Generalmente hay motivos para ocultar dichas fantasías, a la mujer se le reconoce un mínimo de necesidad erótica y al hombre se le exige control sobre su exceso de egoísmo para lograr su socialización.
Los sueños diurnos aprovechan las circunstancias actuales para enlazarlas con deseos pretéritos, creando una situación futura en la que halla satisfacción. Pasado, presente y futuro se engarzan para lograr la satisfacción ilusoria del deseo. Fantasear, como vemos, es del orden de la normalidad, sin embargo en su exceso
encontramos el peligro de la neurosis o la psicosis. Bien es sabido que la salud tiene que ver con la capacidad de transformación de la realidad. Como bien indican los términos, las fantasías o sueños diurnos guardan bastantes semejanzas con los sueños nocturnos que, como ya puso de manifiesto el Psicoanálisis, son la realización alucinatoria de deseos infantiles. Vemos pues, que el ser humano tiende a la satisfacción de sus deseos y cuando no lo logra en la realidad, aspira a ello a través de los sueños, los síntomas, los chistes, los lapsus.
La persona normal, el neurótico y el poeta no se diferencian tanto, todos fantasean, tienen deseos insatisfechos, pero no se resuelven de la misma forma ante ellos. La persona normal transforma su realidad para poder satisfacer sus deseos, además de aceptar cierta cuota de insatisfacción. El poeta juega a través de su obra, creando un mundo en el que calma, a través de los personajes, sus insatisfacciones humanas. Hay que decir, sin embargo, que el poeta “trabaja”, crea un universo que causa placer al lector, al contrario de lo que resultaría de la revelación de nuestras fantasías diurnas. El poeta nos seduce a través del placer estético que nos permite identificarnos con su propia obra, es generoso, comparte y nos permite descargar en ella nuestras propias tensiones.
Freud, siempre atento en sus consideraciones, asevera que en cada hombre hay un poeta y que sólo con el último hombre morirá el último poeta. Podemos vivir insatisfechos, neuróticos, locos o podemos tomar caminos más civilizados. Acaso usted soñó alguna vez ser un poeta, ahora puede ser su oportunidad. Helena Trujillo Luque Psicoanalista de la Escuela Grupo Cero Teléfono 952 39 21 65 www.htpsicoanalisis.com |