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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido- El profesor Rodríguez
| | Cuentos y relatos globales. 05.02.17 | | *Si tienes que poner a alguien en un pedestal, pon a los maestros. Son los héroes de la sociedad.-Gay Kawasaki. (Reconocido especialista de las nuevas tecnologías y el marketing.) Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Del siempre recordado y bien querido profesor Rafael Rodríguez, cuentan quienes fueron sus consagrados discípulos, sacaba de la maravillosa caja de su fresca memoria, los maravillosos relatos de las intrépidas batallas de Bolívar como si a caballo y haciendo de aguerrido lancero, hubiese estado en ellas; así refieren también que, más que profesor en su esencia, él era para ellos un erudito cuentista de aquellos memorables sucesos, usando para el asunto un candente verbo patriótico y enérgico de arengas y discursos que, allá, en los años de mi niñez, ahora me hacen recordarle cada 20 de julio -día memorable de la patria- cuando frente a la alcaldía del pueblo, en los actos cívicos de la escuela primaria, con su lengua de fuego, reprimía y sometía españoles que, de pronto, por ahí todavía sobrevivían escondidos, y contra los cuales echaba rabiosos vivas a Colombia, haciendo por igual de Nariño y Santander; de Córdoba y Girardot, apologías y elogios capaces de resucitarles y así tomaran nuevamente el fusil en busca de cobardes chapetones atrincherados en las amarillentas páginas de los libros de nuestra historia, y de los cuales, en estampida y cagados de miedo salían, gracias a su nacionalismo y a su imaginación elocuente y desbordada… | Ante la presencia del profesor Rodríguez, siempre se sentía uno un recluta de cabeza rapada y uniforme kaki, de aquellos que corriendo a formar filas, altivos y sacando el pecho, firmes, entonan con el alma el himno nacional… Yo creo que para él, la escuela toda era un rígido cuartel donde bajo su égida, la sociedad ganaba un buen y correcto ciudadano y la patria un futuro soldado capaz de dar la vida por su tierra… y que además, enseñado por él, sabía leer y escribir correctamente, lo mismo que sumar llevando, restar prestando, multiplicar abreviadamente y dividir por tres cifras, entendiendo por demás, de las bondades de Dios y de la Naturaleza, el correcto trato social para con los demás… Pero es lo cierto que escuchando los marciales discursos del buen maestro, dispuesto soñaba yo con batallas en las cuales, con una espada de palo por mi hecha, marchaba a la guerra para ponerme a las órdenes del “General Rodríguez”. Felizmente esto no llegó a ser y puedo decir ahora, cuando ya casi empiezo la vejez, que nunca le volé la cabeza a ninguno de estos imaginarios enemigos y que ni siquiera le ocasioné a uno de ellos, “con mi cortante y filosa arma”, una herida mortal…
El profesor Rodríguez, todo figura él, de pulcro pantalón y chaqueta marrón correctamente vestido, zapatos de dos tonos, sombrero recortado, corbata y paraguas- hiciese o no buen o mal tiempo- amable de pie a cabeza, pintoresco, respetable y respetado por añadidura, con cara de militar retirado, rumbo a al colegio cambiaba con la gente sencilla algunas conversaciones y, ya en este, atravesando en silencio el salón de clases sin un esbozo de sonrisa dibujado en su rostro, mirando fijo a través de sus gruesos lentes a sus estudiantes como si sospechase del buen comportamiento de aquellos que, ante su presencia, puestos de pie y a la voz de…¡Buenos días querido profesor!... Guardaban silencio esperando, tímidos y humildes, la orden de volver a sus puestos sin que nadie osara hacerlo antes, pues era el rígido docente dueño de unos extraordinarios jalones de oreja y de “cloche” que infundían respeto a toda la escuela, rematados con un… “¡Y ahora sí, siéntese y que Dios le bendiga! ¡Hace usted desde hoy parte del ejército perdedor!
Nadie por mi conocido hasta hoy en el pueblo, penetraba con tanto ardor en los dominios de la historia patria como el profesor Rodríguez. Hablaba con denuedo de la irreductible Cartagena, su tierra natal, sitiada por Morillo en la Época del Terror y los cañones…y al referirse a la Batalla del Pantano de Vargas, era el crujir de dientes… Se sabía de memoria el incendiario Memorial de Agravios que contra los españoles escribiera Camilo Torres Tenorio y la última proclama de Bolívar…” Colombianos…Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad…”. Y mantuvo siempre vivo, entre estrellamientos de mosquetes, bayonetas caladas, cañones de descargas y chopos de yesca, su creciente amor por este suelo hasta exhalar su último suspiro.
Con soldados muertos y heridos, las alegóricas clases de historia patria del profesor Rodríguez, en el fuego generalizado de su voz eran un cruzar de proyectiles de los que, por fortuna, sus estudiantes, atrincherados en sus pupitres, no salían alcanzados pero sí aprendían en vivo y “a sangre y fuego” para el recuerdo eterno de las mismas… …En honor de la verdad, “el ejército enemigo” siempre le tuvo miedo al profesor Rodríguez quien, para mí, sin haber ido jamás a una batalla, se quedó para siempre inscrito en la historia del pueblo como el más valeroso soldado de la educación dispuesto a la lucha armada contra la ignorancia, siendo, además, todo un caudillo de enérgicas ideas en defensa del honor patrio digno aprobación y de aplausos…
Hoy, cuando de esto hago memoria sentado en una de las bancas del parque central , vuelvo la vista a las puertas del palacio municipal y, evocando un lejano 20 de julio, de nuevo me parece estar viendo al profesor Rafael Rodríguez formando en fila de a dos en dos a sus estudiantes sacando pecho y con orden militar y combatiente, a la voz de …¡Firmes!... esto hacerles con orgullo cantar: Saludo adorada bandera que un día Batiendo tus pliegues allá en Boyacá Sellaste por siempre la lucha bravía De un pueblo que ansiaba tener libertad. ¡Si! De un pueblo que ansiaba tener libertad
Saludo adorada bandera que un día Batiendo tus pliegues allá en Boyacá Sellaste por siempre la lucha bravía De un pueblo que ansiaba tener libertad. ¡Si! De un pueblo que ansiaba tener libertad
Oh, santa bandera nosotros te amamos Porque eres la gloria, la dicha y la paz Por ti moriremos felices cantando Que viva el sublime pendón tricolor. (Bis)
En paz te ofrecemos de olivos mil ramos Del andes las flores en gran profusión Y en torno a tu escudo feliz cantamos Los himnos más puros que da el corazón. (Bis)
Saludo adorada bandera que un día Batiendo tus pliegues allá en Boyacá Sellaste por siempre la lucha bravía De un pueblo que ansiaba tener libertad. ¡Si!
De un pueblo que ansiaba tener libertad
Walter E. Pimienta Jiménez |
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