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Celos
Religión aparte XLVI
| | Jose Maria Barrionuevo Gil. 29.01.17 | |  Ya se han dicho bastantes cositas del patriarcado. Estamos en un mundo en el que el patriarcado no cesa, y, además, por supuesto, tampoco cede mucho. La apropiación indebida de los demás que conlleva el patriarcado, eso sí, sea ejercido por un hombre o por una mujer, es una cuestión que se nos plantea todos los días y que nos trae de cabeza. Parece ser que el patriarcado se ha instalado entre nosotros desde los tiempos bíblicos y con él el monoteismo ha hecho siempre de las suyas, considerando suyas todas las propiedades, aunque se trate de seres humanos. “Porque yo soy Jehová, tu Dios, fuerte, celoso... Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso” (Éxodo, 20: 4-5). | Los otros días, estábamos hablando de duelos, y todavía no se nos quitan de la cabeza esos dolorosos momentos de un adiós. Pero, como a veces somos insaciables, por reflexivos, nuestra curiosidad se abre a todo el panorama de nuestra vida humana. Ya hace siglos que Grecia nos sacó de dudas y nos puso de modelo una triada (porque la vida nos resulta dramática, cómica y trágica, a la vez) que es el condimento de la vida humana, considerando que nos vemos obligados a vivir y convivir con amor, con humor y con dolor. Y es que la vida nos puede poner transcendentes con el amor, inmanentes con el humor y condescendientes con el dolor. La vida nos hace subir y bajar entre estas coordenadas, pero sabemos que lo que no nos está permitido es abusar de las asíntotas. Nos barajamos en unos límites bastante precisos y modestos. La verdad es que siempre nos la estamos jugando y no por mucho jugar a amar, a reír o a doler, ni la vida ni estas tres dimensiones se nos van a hacer infinitas y eternas. El problema que tenemos ahora y, quizá desde hace mucho tiempo, es el de los celos. Parece ser que el patriarcado, celoso en sus propias entrañas, nos ha legado un Dios celoso que ha ido modelando y justificando todos los quehaceres de derechos exclusivos; “Cuando seas padre, comerás huevos”. Quedó demasiado atrás y muy olvidado aquel interrogante divino con que Dios le pedía cuentas a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”. Si Dios tenía celo (en singular) es porque su imagen era la de un cuidador, y quería que las cosas y las personas marcharan bien. Se trataba de un Dios activo, diligente (“amante”), pero nunca tremendo. Jesús estaba en esa línea. El tremendismo se instalaba con el afán de dominio, con el prurito de dominarlo todo. Esta versión tremenda de Dios es la que ha llegado a nuestros días y ha tomado carta de naturaleza entre nosotros. Los celos (en plural) ya no corresponden a la dimensión del amor, del cuidado, del tener en cuenta, aunque se venda como tal, sino que hace deriva con el troquelado (casi desde que nacemos) que se ha acuñado en nuestras relaciones y que consideran a las otras personas como una propiedad y que nos ha ido educando en la desconfianza y no precisamente en el amor. Se nos ha hipotecado mentalmente con el temor a perder y todo lo que nos embarga es el miedo. El poder y la fuerza (celadores) han hecho causa común y se han dejado de miramientos, de consideraciones, de atenciones, que serían los frutos del celo y del amor; del amor que se nos antoja como calor y no como frío. El celo y el amor reparten la vida, pero los celos la enferman y la matan. Hoy día se está volviendo (¿para qué y por qué volver?) a los celos patrios, a los celos religiosos igual que a los celos personales. Es más, los celos patrios y religiosos se confabulan entre sí, una vez más, y se alimentan mutuamente de fábulas y prejuicios, avivando los celos personales, que les sirven de lacayos domesticados que, a su vez, dan crédito a los celos institucionales. “Celo” viene del griego zeín, “hervir”, y así es como entendemos el “ardor” de los animales. Nos hemos dado cuenta de que si nuestra sociedad está en celos no es por amor ni “fervor” y bueno sería que se dejara de celos, porque lo que le falta es, al menos, un “hervor” para su madurez (para una madurez de amistad y amor), aunque sólo fuera “al baño María” para que no se nos pegue ni se nos queme el corazón. No podemos dejarnos hacer por el poder, (otra vez con “un orden nuevo”) que, como los caballos de Atila, no deja crecer la hierba. Hasta la ecología clama por toda la Tierra. Las religiones no deben usar el poder y sí ayudar a que los poderes se queden solos y avergonzados de su fuerza bruta. Si no, con Jorge Manrique, iremos antes a “la muerte, celada en la que caemos”.
josemª |
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