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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Cumbia, sofocante cumbia… (O el día en que a “Mema”, un 8 de diciembre, le cogieron la…)

Cuentos y relatos globales. 25.12.16 
*“Más vale una noche de cumbia que toda una vida lavando y planchando ajeno”.

Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Seguido por una estruendosa bulla de tambores que erizaban la piel e incitaban al baile, aquella alegre y estrellada noche del 8 de diciembre, en plena fiesta patronal de la Inmaculada Concepción, José Ávila Charris, el flautero de la Cumbia de Chorrera, como si padeciera de asma repentina, metiendo y sacando aire de sus pulmones al carrizo de millo pegado por siempre a su boca, sin pausa, hinchados sus cachetes y brotados los ojos, tocaba y tocaba “El gallo giro”, una cumbia sofocante sin principio ni fin y que dando vueltas y más vueltas en la concurrida plaza del pueblo, cual una bendita “sonata inolvidable” traída de los lejanos montes, quería quedarse allí derrotando de manera contundente cualquier asomo de desconsuelo y tristeza.

Los presentes, hombres y mujeres estrenando vestidos de fiesta, tentados por los acompasados sonidos experimentaron de pronto una primitiva urgencia irresistible de danzar sin parar antes de morir y, animosos, luego de tres seguidos “guarripeos”, poblaron con encendidas luces de esperma el redondel de la secreta felicidad y, entonces, llevados de la mano por el embotellado milagro del “Ron Blanco”, sin darse más tregua porque la música estaba que se perdía a borbotones , impacientes, buscaron sus parejas.
Alfonso Ulises Molina y Ostasia, agresivos y sin sosiego, bailaban sin perder aliento revelando en los gráciles movimientos de sus cuerpos, un enamoramiento repentino y sin convencionalismos que, a lo mejor, quizás, encontraría reposo en una imaginaria cama de lienzo…
Otoniel y Lucía Gallo, disipando pisotones y antiguos dolores de callo, expulsando del cuerpo reumatismos, miasmas y dolencias, a pico de botella emborrachando hasta la muerte, igual, aplazaron para la madrugada, y mientras en el redondel daban vueltas, el recuento pormenorizado de sus cuitas y añoranzas de viejos amores…
Simeón y Dora, llevando el ritmo sosegado y serenitos, uno al otro, se acreditaban sin malicia ni maldad, silenciosas miradas de alegría y desahogo que el destino, hacía siglos, les tenía reprimidas desde los tiempos de escuela…
Sabios y suspicaces, con acendrada experiencia de veteranos, Bartolo y María Jesús, cómplices y secuaces del pasado, hacían de la danza una ilusión esquiva, eludiente, convencidos una vez más de que lo que entre ellos quiso pudo alguna vez suceder, nunca fue y que ahora ya viejos, mucho menos sería…
Carlos Arturo y “la Mona Púa”, matando tristezas con los pies y repudiando el tiempo que por majaderos antes no aprovecharon, quizá buscarían por ahí, más tarde, un traspatio alcahuete, oscuro y cercano…
Carlos Rafael y Hortensia, dueños de la mejor cara alegre de la vida, decían a todos que el bien y la felicidad se llama cumbia y, violando leyes absurdas y represoras preservadoras de la moral y las buenas costumbres, bailaban y bailaban haciendo de lo suyo un arte puro a punto de pecar…y bien morir…
…Y el viejo “Julio Cuero”, infaltable asimismo en la jornada, bailando con Fermina Albá, haciendo de la cumbia un efectivo remedio recetado en gramos de alegría, mutuamente satisfechos por necesidad y como si quisieran verse eternamente a los ojos, cara con cara, se confesaban nuevamente viejos nuevos amores…
La cumbiamba era un volcán encendido, muchedumbre sudorosa a la lumbre apremiante de prendidas velas que, en manos de la mujeres, sabían al dar la vuelta ponerlas a salvo de un golpe contrario e inesperado de brisa que las apagaran y que, con legítima prestancia hizo decir esto a una ellas: “Más vale una noche de cumbia que toda una vida lavando y planchando ajeno”…
“Mema Castro”, “la Negra Mema”, bailando con “Juanchopelea”, mientras tanto, presente también en la rueda de la cumbia, al embrujo endemoniado de los tambores y los cantos bullangueros, se hizo una provocación con ropa vestida; soplo voluptuoso de mujer bonita y joven; trampa diabólica de la apetitosa carne, de la mala pasión y los perversos pensamientos; desafío irrevocable y brutal de lo deseado; congoja de amor prohibido; anhelo hostigador del sexo de ocasión que busca ser accedido; cintura humedecida por el calor de la noche y de las velas en el círculo de fuego encendido; caderas de la exageración y la desmesura… temblorosos y palpitantes senos de melón que bajo del corpiño guardaban su impedimento con reticencia de dulzura… todo eso y más, todo eso era ella…todo eso y más ella era…
En el eco del entusiasmo, voces y gritos de alegría se pierden en el fandango de la ilusión, existencia tangible con amores de madurez en las callosas manos y con sabor a ron en los húmedos labios…; cerco de miradas veleidosas, desafiantes y vivas, donde ahora nadie estaba viejo para esas cosas y todos aún gozaban y gozaban y bebían y bebían de la empalagosa miel de la vida, quizás, la última gota…
De pronto, alguien que llevaba suelto por dentro el diablo indómito del atrevimiento y la osadía, amparado en la semipenumbra como abrigo, atendiendo lo que su salvaje instinto provocado y alborotado le pedía, en la rueda de la sofocante cumbia, por encima del canto imparable de la flauta y los tambores, hizo que una mujer sintiéndose en su intimidad tocada y ofendida, con voz doliente y fuerte gritara:
-¡¡¡ Hijueputaaaaaa… me cogieron la…¡¡¡
En efecto, una mano de hombre diestra en las cosas execrables e impuras del mundo y que padecía la punzante espina penetrante del amor frenado y solitario, intrusa, encubierta y repentina, y que no era precisamente la de su parejo “Juanchopelea”, abierta en toda su dimensión, estimando de un vigoroso zarpazo el valor erótico, exacto y justo de lo que con fuerza agarrara, en parte más que noble pero muy noble, le hizo a “Mema” “una caricia estremecedora y, por lo tanto, reverberó la cumbiamba en una enredada trifulca de seis mandíbulas rotas; doce labios y dientes partidos; cuatro orejas desprendidas; siete mujeres desgreñadas y dos tambores desfondados…y desatado en el tropelín el animal infernal que hace perder la paz en los espíritus buenos y mansos, desconociendo filiaciones, primazgos y compadrazgos, los ajumados bailadores, con la fuerza ciclónica de todos los borrachos del mundo, chapaleando en un pantano de esperma derretida y todavía humeante, por disgusto y hasta el cansancio, pelearon sin saber con quién y por qué hasta el punto de que nunca fue más fácil empezar una guerra que terminarla tan sólo porque en las cumbiambas, lo dice esta moraleja, exceptuando los tambores, hay cosas que no pueden tocarse con las manos…

Walter E. Pimienta Jiménez

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